EL EQUILIBRIO DE LOS ELEMENTOS, Autora: Silvia Sánchez Muñoz

 

(Relato Ganador del 2º Premio del XV Certamen de Relato Corto de la Uned de Plasencia 2018).

 

 

Tumbada sobre la hierba fresca de la colina, con la humedad de la tierra bajo su espalda, Olivia rumiaba la idea mientras seguía el brillo de las estrellas. Lo haría al día siguiente, más allá de la medianoche, cuando todos se hubiesen ido a dormir. Bajo ese cielo lleno de vida, tenía la extraña sensación de que no era ella quien habitaba su propio cuerpo, sino algo desconocido a lo que en cierto modo se teme.

Llevaba preparándose durante más de un año. Había aprendido a desmontar la red sola, colándose a hurtadillas en la carpa principal en momentos en los que sabía que no habría nadie merodeando cerca, especialmente la noche de los domingos, cuando todos se habían retirado a sus caravanas para descansar tras cuatro días seguidos de función.

En realidad, no había ninguna diferencia con lo que llevaba haciendo desde que tenía seis años, primero con su madre y poco después con su hermano Gregor: andar sobre un cable de cinco centímetros de diámetro y sentir el peso de su propio cuerpo según avanzaba con pasos de bailarina; en sus manos, la firmeza de la pértiga anclándola en su horizontalidad, y bajo sus pies, la tensión del acero en sintonía con los elementos, tal y como a menudo decía su padre.

El padre de Olivia, Igor Omankowsky, se negaba a hacer de su vida y de la de su familia un suicidio colectivo. Ya habían sido varios Omankowsky quienes habían caído por un mal paso en espectáculos mortales décadas atrás. Por ello, debido a la enorme dificultad que entrañaban sus números de equilibrios y también por los continuos desafíos a los que exponía a su familia, siempre exigía la seguridad de una red, ya que de igual modo, pensaba él, recibían los aplausos y la admiración de un público boquiabierto. Así, tanto Olivia como su familia, sabían que lo único que podría hacerse añicos era el espectáculo, no sus cabezas. Quizás, pensaba ella, su padre lo hacía porque nunca perdonó a su propia madre —la abuela de Olivia—, que osara desafiar a la vida tal y como hizo décadas atrás.

Si su padre se enterara de lo que estaba intentando hacer, le cruzaría la cara de un bofetón y le prohibiría actuar, enviándola a la escuela del pueblo más cercano lejos del cable y las alturas. Y es que nada podía compararse al momento en el que sentía ese hormigueo recorrer su cuerpo poco antes de dar los primeros pasos en el cable. Allí arriba, el mundo era otro, sobre ese fino hilo de acero sus sentidos se agudizaban como el de un ave rapaz, envuelta por un silencio que no encontraba en otro lugar.

Echada sobre la hierba, recordaba las palabras que un día le dijo su hermano después de un ensayo.

—Oli, ¿te lo imaginas sin red? Algún día lo haré, sin que Papá lo sepa. El cielo, el cable y yo, nada más.

— ¡Papá te mataría! Lo sabes, ¿no?

Su hermano soltó una carcajada prometiendo que nunca lo haría, pero Olivia no pudo olvidar la mirada de Gregor cuando le decía esas palabras: el cielo, el cable y yo, con una mezcla de verdad y locura que jamás había visto en sus ojos. Y fue esa sensación la que se apoderó de ella día tras día repiqueteando en su cabeza como el vigoroso aleteo de un colibrí.

Al día siguiente, un nudo en el estómago le impidió comer en toda la jornada, y el ligero tartamudeo en su voz no pasó desapercibido a su madre que le preguntó si estaba nerviosa por la actuación de esa noche. Poco después de las doce, cuando todos se habían retirado a descansar después de la rutina de siempre, dijo a sus padres que se iba a la colina. Tras cerrar la puerta de la caravana, Olivia se dirigió a la carpa principal a hurtadillas, comprobando que no había nadie alrededor que pudiera ver cómo quitaba la red casi a oscuras.

Los nudos gruesos se le resistieron como nunca, le temblaban los dedos y el sudor en las palmas de las manos hacía que fuera incapaz de tirar de las sogas con fuerza. Cuando por fin terminó con la cuarta esquina, respiró hondo, encendió las luces secundarias y se subió a la plataforma con la agilidad de un mono. La sombra de su perfil se recortaba ostentosamente en la lona de la carpa. Respiró profundamente, midiendo el espacio existente entre una y otra plataforma en un lenguaje que solo ella entendía. Se acercó más al borde, antes de dar el primer paso con el cuerpo en crucifixión, perpendicular al hilo de acero. Al instante, una gran bocanada de corriente fría revoloteó alrededor de su nuca. La firmeza de los pies sobre el cable la ancló al espacio y en ese momento, el tiempo dormido en su complicidad, la sostuvo en el aire con sus manos invisibles.

Nunca supo cuántos segundos, o quizás minutos, estuvo así, con el vacío asomando bajo sus pies. La voluntad férrea propia de los Omankowsky la llevó a dar los siguientes pasos hasta el otro lado, con elegancia, sin titubear, como si anduviera descalza sobre nubes esponjosas de algodón. Al llegar a la plataforma, un sudor frío recorrió su espalda, balbuceó un tímido «lo he conseguido», y tras recuperar el control de su cuerpo, frunció el ceño, se rascó la frente y girando sobre sí misma, volvió su mirada al otro extremo del cable.

Cuando los pies de Olivia se acercaban de nuevo al extremo de la plataforma, su padre Igor Omankowsky la observaba con el corazón encogido desde un rincón en penumbra del escenario.

Igor llevaba observando a su hija desde hacía mucho tiempo, en los ensayos, durante las actuaciones, incluso cuando se iba a la colina a tumbarse sobre la hierba, después de cenar. Bajo esa apariencia de hombre frío y racional, de ambiciones excéntricas y exigencias imposibles sobre el cable, se escondía una persona llena de recovecos y aristas difíciles de descifrar que tan sólo perseguía la necesidad de proteger a los suyos. No le había dicho nada a su esposa Ivelina, ni a Gregor, ni siquiera a su hermano León, pero sabía que Olivia estaba detrás de ello.

Siempre se preguntó quién seguiría los pasos de su madre y en cuanto Olivia empezó a realizar sus primeros números sobre el cable, lo supo. Lo vio en la naturalidad de sus movimientos en el aire, y en los músculos relajados sin ningún atisbo de temblor, al contrario de lo que le pasaba a su hijo Gregor. Parecía que el cuerpo de Olivia —cada  partícula de su piel—, estaba hecho para habitar las alturas y andar sobre el cable de una manera congénita, absoluta. Pese a la dificultad que él ponía en las distintas variantes y escenografías que con frecuencia innovaba, en los últimos meses la veía demasiado relajada, incluso aburrida, ya fuera durante los ensayos o en las actuaciones. Por eso sabía que no podía perderla de vista, tenía la certeza de que algo dentro de su propio ser la impulsaría a querer ir más allá.

Con el rostro ardiéndole, los puños apretados y los hombros encogidos —cualquier movimiento o palabra que dirigiese a Olivia la precipitaría al suelo en décimas de segundos—, Igor Omankowsky tuvo que conformarse con seguir los movimientos de su hija y el ángulo perfecto de noventa grados que Olivia formaba mientras se deslizaba sobre el cable. En ese momento, su hija era dueña absoluta de su vida, como él hace años y como a su vez también lo fue su madre. Hasta aquel día lluvioso en el bosque, cuando resbaló como una novata sobre un cable que cruzaba dos árboles a treinta metros de altura, mientras él la veía caer sin poder hacer nada. ¡Cómo olvidar aquel sonido hueco de su cuerpo chocando contra el suelo, sintiendo que su vida se acababa de partir en dos!

Así que cuando Olivia llegó a la plataforma, suspiró aliviado. Pero al verla girar y acercarse de nuevo al borde, entendió que solo era el principio: el veneno que corría dentro de las venas de su hija, era el mismo que él había heredado de su propia madre.

 

(Fotografía de cabecera, Autora: Yovana Cueto)

 

 

3 Comentarios

  1. Equilibrista la autora, conteniendo nuestras emociones mientras elevamos la vista hacia el cable sabiendo que no hay red. ¡Enhorabuena por el premio!

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