LUCES, MÚSICA Y AQUELLA BARRA DE LABIOS, AUTORA: Ana Melgosa

Último toque, los labios. Es una costumbre, siempre deja para el final pintarse los labios. Enfundada en esos pantalones negros, con las botas de tacón y esa blusa granate que sabe la favorece especialmente, sale de casa dispuesta a comerse el mundo. Bajando las escaleras hacia el portal, se mira en el espejo que está al lado de los buzones. De frente, de perfil, a la cara … Está guapa y lo sabe. Huele bien y aquel carmín que utiliza hoy por primera vez, le dice que será su noche.

   Ya en el coche, vuelve a mirarse los ojos en el espejo retrovisor, están perfectamente pintados. Le gusta ese efecto que causa en sus pestañas su rímel nuevo. Arranca y enciende la radio, busca música entre las emisoras grabadas. Esta, piensa. Mola esta canción.

https://youtu.be/Hx6aO-vdpNQ

  Llega como siempre unos minutos antes de la hora, lo que le permite aparcar tranquilamente y fumarse un cigarro mientras revisa su teléfono. Contesta un mensaje y saliendo del coche se dirige al lugar de la cita.

   Por la mañana, cuando habían estado hablando  para ultimar los detalles, él le había pedido que al encontrarse se dieran un beso en los labios, de esa manera sería menos frío el encuentro. Ella aceptó con la convicción de que no le iba a disgustar nada hacerlo.

   Eran las nueve en punto cuando llegaba a la puerta del restaurante donde habían quedado, él estaba esperando. Se miraron sonriendo y se dieron ese beso convenido. Intercambio de hola, ¿cómo estás? Mientras entraban y él confirmaba con la camarera la reserva.

   Había pedido una mesa que estaba en un rincón del restaurante, en una parte en la que la pared hacía un semicírculo. Era bonita y les permitía sentarse juntos. Sin embargo, él optó por ponerse frente a ella. Así puedo ver mejor tus ojos, le dijo.

   Dos horas volaron repletas de risa, de confesiones, de anécdotas y recuerdos de tiempos compartidos. De Ribera del Duero y chupitos de hierbas. El café me lo tomo a tu lado, dijo él. Y ella supo que había llegado el momento del beso.

   Salieron del restaurante cogidos de la mano, besándose a cada paso y sin parar de reír. Con esa complicidad que da el alcohol y muchas cosas en común. Paseando, descubrieron un sitio donde había música, se miraron y con una gran carcajada, dijeron los dos al mismo tiempo, síííí. Entraron en aquel lugar que sorprendió a ambos. Era un amplio jardín, con mesas y sillas de hierro forjado, bombillas de colores entre la hiedra y un gran piano en una esquina. Sin separarse caminaron entre las mesas hasta que llegaron a aquella azul que estaba libre. Sentados uno al lado del otro, una mirada y un beso indicaban que habían acertado al entrar allí.

   Una copa y otra, la música y la buena temperatura de la noche de verano hacían que poco a poco fueran olvidándose del mundo. Cada vez sus cuerpos más cerca, eran pocos los minutos que a estas alturas sus labios se despegaban. La mano de él subía poco a poco por la pierna de ella. Correspondida la caricia con otra en el pecho de él. Se levantó y cogiéndola de la mano la sacó hacia la calle mientras al oído le susurró: “Vámonos”. Llamó a un taxi, subieron ambos sonrientes con esa expresión que nace de la mezcla con deseo.

   -¿Dónde me llevas? -preguntó ella.

   -A un sitio que te gusta.

   Llegaron a aquel hotel y apenas unos minutos eternos para dar los datos y mostrar sus carnets, rozando sus cuerpos, compartiendo sonrisas cómplices.

   Ya en el ascensor comenzaron a desabrocharse la ropa. Las manos eran cohetes que se movían veloces sobre sus cuerpos. Ese clic y la luz verde de la puerta de la habitación abierta. Mientras subía la camisa granate besaba el cuello de ella que aprovechaba para desabrochar el pantalón de él. No había tiempo de llegar a la cama y el marco de la puerta del baño hizo las veces de ello. La excitación se convirtió casi en violencia, en esa en que la humedad y la pasión hacen eterna cualquier pintura de labios.

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