LOS PROFETAS (2ª parte de Heredero del Golem), U.S.E.

(2ª parte de Heredero del Golem)

LOS PROFETAS

2ª profecia

Matt Drake. 19/02/2018. Sunday Express*
Los humanos estarán a punto de conseguir la inmortalidad para el año 2050, según un experto la inmortalidad se ha considerado como mitología y ciencia ficción durante años, pero los seres humanos están cerca de desafiar a la muerte debido a varios avances científicos importantes que nos brindarán una gran cantidad de opciones sobre cómo vivir para siempre para el año 2050…
Traducido de https://www.express.co.uk/news/science/920735/Science-news-immortal-live-forever-2050-sex-robots-androids-virtual-reality-technology (9/11/2018)

Il Giornale della Valle, 2 de marzo de 2040
El misterio del anciano
Lucia Santivieri 

   Conocí la existencia del anciano por una cuidadora jubilada de la residencia. Aquella vez no le presté mucha atención a la historia. Me pareció un chismorreo. Hoy la recupero. Volví a oírla por boca de otra persona y ya no de una auxiliar, sino un médico que pasaba consulta en la residencia, el doctor Vietto. Yo asistía a la presentación de un libro sobre longevidad que se celebraba en esta ciudad y que yo debía cubrir para el periódico. El doctor hablaba con el autor del libro en el cóctel que se sirvió al terminar la conferencia. Cuando pasaba por su lado capté parte de lo que hablaban.

   —…la edad que pueda tener, pero debe estar por encima de los cien años. En los archivos no figura cuándo ingresó en la residencia y él no recuerda su edad.

   —Me comunicaron otro caso parecido en la ciudad de Brasov. Nunca lo comprobé. Me sonaba a cuento de viejas y a leyenda de Drácula. Pero, a pesar de mi incredulidad, me interesaría entrevistar a ese anciano y tratar de averiguar su edad.

   En aquel momento intervine.

   —Si no les molesta, me interesa su conversación, ¿podría participar en ella?

   Los dos hicieron un gesto de sorpresa y desagrado. Para aclararles mi interés comenté:

   —Perdonen. Soy Lucía Santivieri. Trabajo para el periódico local. Estoy aquí por la presentación de su libro —dije mirando al profesor Kunst—. Al oírles he pensado que para completar la crónica de la presentación de su libro podría contar algo sobre ese anciano, del que hace ya varios años oí hablar. En aquel momento me pasó como a usted y pensé que eran cuentos de viejas…

   —No nos importa que esté presente en la conversación —dijo el doctor Vietto, el médico de la residencia—, pero le ruego que, por ahora, esto no salga a la luz. Puede crear una ambiente enrarecido alrededor del anciano.

   Después de prometerles que no publicaría nada sin contar con ellos y sin que lo autorizase el Dr. Vietto, la conversación siguió entre los dos. En el encuentro lo único que hice fue estar presente y muchos de los términos médicos que utilizaron no los llegué a entender. Sólo hacia el final intervine, cuando el Dr. Vietto le propuso al Dr. Kunst visitar al anciano.

   —Si me lo permiten, me gustaría acompañarles en su visita. Si en algún momento me autorizan a publicar esta historia me gustaría saber de qué estoy hablando…

   Los dos se miraron como si de pronto se percataran de que yo había estado presente en su conversación desde el principio. El médico de la residencia, después de preguntarle al Dr. Kunst su opinión, me dijo que podía acompañarles siempre y cuando no interviniera, y me comprometiera, esta vez por escrito, a no publicarlo sin su autorización.

   Al día siguiente los tres emprendimos el viaje hacia la residencia que se encontraba en la parte alta de la montaña, a unos dos mil quinientos metros de altitud. Nunca la había visitado. Para ser más precisa, era la primera vez que iba a una residencia geriátrica. Siempre me habían parecido pudrideros donde se lleva a la gente a morir y en la que los residentes se dedican a dormitar y a vivir entre recuerdos de un mundo ya desaparecido.
Durante el viaje ambos médicos hablaron del anciano. El Dr. Vietto le explicó al Dr. Kunst que era una persona extraña. No había conseguido establecer una conversación con él y sólo respondía con monosílabos. Mostraba un desdén exagerado hacia lo que le rodeaba, pero que a pesar de eso tenía una mirada a la que no parecía escapársele nada de lo que acaecía a su alrededor.

   Cuando llegamos a la residencia me quedé asombrada de su aspecto. No me la había figurado así, en mi imaginación la había visto como un edificio de dos o tres plantas de paredes lisas y pequeños ventanales. Nada más lejos de la realidad. Su estilo neogótico no llamaba la atención ni por su tamaño ni por sus formas. Recordaba un castillo, pero en él predominaba la originalidad ecléctica de su arquitectura. Al expresar mi asombro, el Dr. Vietto nos explicó que dos siglos atrás había sido un antiguo pabellón de caza de un aristócrata. La sociedad que lo restauró, nos explicó, había pensado ya en su uso actual: una residencia de lujo para personas de alto poder adquisitivo, de forma que no echaran de menos nada de lo que habían disfrutado en el pasado.

   El interior no desmerecía de la fachada, con el vestíbulo cubierto de grandes alfombras. Pero a partir de ese punto todo traslucía un ambiente moderno: a lo largo de las paredes de unos amplios pasillos se veían unas líneas de colores vivos que el Dr. Vietto nos explicó que indicaban: las rojas, el camino hacia el comedor; las verdes, a la piscina y la sauna… Excepto esa nota de color, el resto era tan blanco como la nieve que cubría el exterior del edificio.

   El Dr. Vietto nos condujo por aquellos pasillos hacia un salón en el que destacaba un mirador enorme desde el que se observaba el grandioso paisaje que rodeaba a la residencia. La vista abarcaba desde los enormes picos que rodeaban al edificio al barranco que se extendía justo delante del mirador y en el que en sus profundidades se podía adivinar la existencia de un ruidoso río con sus cascadas.
Delante del mirador, sentado en una silla automática, un anciano solitario tenía concentrada su mirada en el paisaje. Otros ancianos de aspecto lamentable, acompañados por enfermeras, deambulaban lentamente por la estancia o permanecían sentados.

   —Ahí lo tienen —dijo el Dr. Vietto en un tono susurrante—. A pesar de su edad tiene un oído magnífico. Permanece la mayor parte del día sentado en la silla automática, que realmente no necesita, delante del mirador y algunas veces parece que habla con alguien, pero nunca hemos podido oír nada.

   Cuando nos acercamos y el Dr. Vietto nos presentó, el anciano hizo un gesto de disgusto, pero no se le escuchó ningún comentario. Tenía un aspecto que, según me pareció en aquel momento y que posteriormente el Dr. Kunst corroboró, podía ser de unos ciento diez años o algo más, aunque el médico de la residencia nos dijo que su aspecto no había cambiado desde que llegó hacía unos diecisiete años y que, ya entonces, debería llevar allí unos veinte años, si bien el registro de su llegada había desaparecido. A continuación, el Dr. Vietto se dirigió al anciano y le preguntó:

   —¿Qué tal se encuentra hoy?

   Su respuesta, mirando al Dr. Kunst y a mí, fue un gesto que igual podía significar bien, mal o igual que todos los días. El interrogatorio siguió con otras preguntas sobre si recordaba su edad (no), si sabía su nombre (sí), si… A todo respondía con monosílabos que a lo más que llegaban era a bien o mal. A pesar de su reducido vocabulario se le veía totalmente consciente y nos dirigía una mirada que parecía introducirse en nuestros pensamientos más íntimos. Reflejaba una inteligencia plenamente consciente de su poder. De vez en cuando dejaba de mirarnos para volver su vista hacia el paisaje y en esos momentos parecía perderse y dejar de atender a las preguntas que le dirigían, lo que hacía necesario repetirlas. Después de unos veinte minutos de estar con el anciano nos despedimos y el Dr. Vietto nos llevó a su despacho, cuyas vistas no desmerecían de las que habíamos contemplado desde el salón. Allí comentó que lo que más le había llamado la atención desde que llegó era la mirada del anciano, que parecía adivinar sus pensamientos más ocultos, lo que nunca había logrado averiguar si era cierto debido a la imposibilidad de mantener una mínima conversación. Tanto el Dr. Kunst como yo corroboramos esa sensación. El Dr. Kunst añadió cuando ya nos dirigíamos a la salida que le interesaría seguir informado sobre el estado del anciano y su evolución. De pronto, el Dr. Kunst se quedó pensativo y le preguntó al Dr. Vietto:

   —¿Quién paga las facturas, sin duda elevadas, de su estancia?

   —Ese es otro de los misterios que le rodean. Todos los meses llega una transferencia por la cantidad correspondiente y siempre proviene de un banco distinto. Como siempre ha pagado su estancia nunca se han hecho mayores averiguaciones —dijo el Dr. Vietto.

   Después de seguir la conversación con otros temas como el origen de la residencia, el Dr. Vietto nos devolvió al valle, no sin recordarme antes que me había comprometido a no publicar nada hasta que él diera el visto bueno.

   Ayer recibí la autorización del Dr. Vietto para publicar esta extraña historia y la razón no es que el anciano haya fallecido. El motivo es tan extraño como la existencia del anciano. Dos semanas atrás había abandonado la residencia rumbo a otra, de la cual el Dr. Vietto no sabía nada. Había recibido una comunicación en la que el director de su nuevo hogar le comunicaba que tenía una autorización escrita y firmada por el anciano para trasladarlo. Así, el anciano abandonó aquellas alturas rumbo a otro sitio, sitio que se desvaneció en la niebla tan pronto como desapareció en la ambulancia que le trasladaba. Cuando el Dr. Vietto trató de saber cómo se encontraba el anciano en su nuevo destino, le comunicaron que el mismo día que habían ido a recogerlo les llegó una comunicación que les solicitaba que le llevaran a otro lugar. Cuando intentó localizar donde se encontraba la nueva residencia averiguó que esa nunca había existido.

* Matt Drake. 19/02/2018. Sunday Express
Human beings on brink of achieving immortality by year 2050, expert reveals
immortality has been the regarded as mythology and science fiction for years but now human beings are close to defying death due to several major scientific breakthroughs which will give humans a plethora of choice on how to live forever by the year 2050, according to a top futurologist.
https://www.express.co.uk/news/science/920735/Science-news-immortal-live-forever-2050-sex-robots-androids-virtual-reality-technology

Tercera profecía

28 de agosto de 1859. La súper tormenta. Solarstorms.
28 de agosto a 2 de septiembre de 1859. La tormenta de 1859 fue el primer suceso recordado por los humanos desde una perspectiva realmente global y no se repitió hasta la erupción del Krakatoa en 1883, que hizo que la puesta de sol se volviera carmesí en todo el globo. Periódicos como el New York Times refirieron historias de diversos lugares del mundo acerca de la tormenta solar de 1859. La gran tormenta geomagnética constó de dos auroras boreales masivas. La primera empezó el 26 de agosto y la segunda, el 2 de septiembre. Esta segunda fue consecuencia de la llamarada blanca Carrington-Hodgson que tuvo lugar el 1 de septiembre en el sol y que produjo además interferencias en el telégrafo de la época.
Traducido de http://www.solarstorms.org/SS1859.html

Halloween

   ¿Cómo describir lo ocurrido? ¿Comienzo con las explicaciones elaboradas a posteriori o trato de transmitir las sensaciones que tuve o…? Describir las emociones que sentí durante esas tres horas me va a suponer un esfuerzo con el que no sé si reflejare la angustia que sentí. Trataré de reproducir aquellas tres horas. Las percibí como el final de una cómoda y segura existencia. De pronto, me hallé en un laberinto sin salida esperando la embestida de la fatalidad.

   ¡Ya se me ha vuelto a estropear! Quizá debería cambiar de ordenador. ¡No es sólo el ordenador! ¡Me he quedado sin luz! No es en mi casa… No ha saltado el interruptor… Es en todo el edificio. No hay luz en la escalera.

   —Ha debido ser el interruptor general.

   ¡Vaya escándalo! Todos los vecinos hemos salido al mismo tiempo para ver si ha sido sólo en nuestra casa o es un fallo general… El teléfono tampoco funciona… y lo que es más raro, tampoco el móvil… En la calle los semáforos se han detenido… ¡Vaya ruido! Todos castigando el claxon… Tampoco funcionan la radio ni la televisión… Debe ser en toda la ciudad… ¿Qué ocurre? Me estoy poniendo nervioso… ¿Cómo puedo saber que sucede? Estoy incomunicado… Me arriesgaré a bajar las escaleras a oscuras… ¡Vaya procesión! Todos hemos tenido la misma idea. ¡A la calle a ver si nos enteramos de algo! Parece que es general. Han fallado todos los sistemas. ¿Cómo han podido fallar todos? ¡Y todos al mismo tiempo! Nadie lo entiende y no hay forma de obtener información, sólo funciona el boca a boca. ¿Qué hacen esos? ¡Están asaltando ese comercio! ¿Dónde está la policía? Claro, las alarmas no funcionan. Es la ley de la selva… ¿Cuánto va a durar? Debo volver a casa… La calle se está volviendo peligrosa… mi casa… también está desprotegida… tampoco es segura… su sistema de alarma no funciona… han arramblado con todo lo que han encontrado en esa casa… no sé si mi casa será segura… ¡Aquí tampoco estoy seguro! ¡Nadie ha hecho nada cuando le han robado a ese el maletín que llevaba! Menos mal que yo he salido a la calle con la ropa que llevaba en ese momento. Así parezco un mendigo… Voy a buscar a mis hijos al colegio. No puedo dejarlos que vuelvan solos. No veo a ningún policía. Deberían estar en la calle. Así evitarían los asaltos. ¡Ahí veo a una pareja!.. ¡No saben nada, están como todos nosotros! Por lo menos podían evitar los ataques a las personas… Tienen razón. Son sólo dos y, ¿a quién detienen primero?..

   Con las anteriores líneas he tratado de reproducir la desesperación de las dos primeras horas, dramáticas horas que empezaron a las diez cuarenta. Yo daba clases en la universidad. Debía estar allí a las doce del mediodía. El nerviosismo hizo que en cuanto salí a la calle me olvidara de la clase y sólo pensara en mis hijos y mi pareja. La preocupación por mi familia coincidió con la visión de los primeros asaltos. Lo que ocupaba mi mente hasta ese momento era tratar de entender qué estaba pasando, cosa que nadie sabía explicar ni los que nos lanzamos a las calles ni los agentes municipales con los que me crucé. Ellos tampoco recibían ningún aviso. Sólo obtuve información de los policías estatales, que sólo sirvió para que desapareciera el temor de un ataque terrorista a la central nuclear próxima a la ciudad.

   En el colegio de mis hijos sólo quedaban los más pequeños. A los que iban solos al colegio les habían dejado irse a su casa. Entre ellos estaban los míos. Pensé que probablemente mi mujer también habría abandonado su trabajo y me pareció que lo más adecuado era volver a casa y ver si mis hijos habían vuelto sanos y salvos.

   ―Se ruega a la población que no salga de sus domicilios. Una vez restablecidos los servicios se les informará de lo ocurrido, las consecuencias y la actitud a tomar por los medios habituales. Se ruega a la población…

   El mensaje reiterado machaconamente por los altavoces de la policía que había tomado las calles se repetía a través de los altavoces y me acompañaba en la vuelta a mi casa. La poca gente que deambulaba por la calle miraba a todos lados temiendo que alguien les asaltara. Yo era uno más y mi pinta me ubicaba en el bando de los asaltantes. La única seguridad procedía de los policías que patrullaban las calles.

   Encontré a mis hijos en casa más asustados aún que yo. No entendían nada y nadie les había explicado nada. La sensación de aislamiento, miedo y provisionalidad se agudizaba según pasaba el tiempo y la situación no revertía. Constantemente nos asomábamos al balcón para ver si llegaba su madre. Al cabo de una hora la vimos acercarse y a pesar de la oscuridad de la escalera nos abalanzamos hacia la calle. Justo delante del portal los cuatro nos abrazamos formando una piña. En aquel mismo momento, como si alguien estuviera esperando nuestro reencuentro, la corriente eléctrica se recuperó. Todo acabó de la misma forma que había empezado: de un momento a otro. Todos en mi casa, y supongo que pasó lo mismo en todas, nos lanzamos a conectar la radio, la televisión, los ordenadores… todo lo que nos pudiera dar alguna indicación de lo sucedido.

   La información vino después de unos diez minutos en un comunicado del alcalde. Después de dar las gracias a la población por haber mantenido la calma, nos informaba que debido a un máximo en la actividad solar se habían visto afectados todos los sistemas eléctricos y electrónicos con las consecuencias que todos habíamos padecido. El efecto de la tormenta había sido mundial y en las siguientes horas se nos iría informando de los efectos, tanto locales como mundiales, que había tenido y los que podría haber, pues aún no habían podido evaluarse todas sus consecuencias.

   Las horas, hasta que al día siguiente a la caída de la tarde se restablecieron todos los servicios, discurrieron lentas, muy lentas…

   A aquella tormenta solar se la denominó la tormenta solar de Halloween, que duró trece días. En el transcurso de esos días se pudieron observar auroras boreales en lugares muy al sur como Florida. Varios satélites acabaron inutilizados, entre ellos uno en el que participé en su programación. Fallaron los GPS. Los aviones tuvieron que modificar sus rutas para evitar interferencias y en mi ciudad se interrumpió el fluido eléctrico durante tres horas. Aún hoy día se piensa que ese corte fue debido a un sobrecalentamiento de la central nuclear que nos abastecía.

   Al recordar aquel día me pregunto qué ocurrirá cuando vuelva a aparecer. Estoy seguro de que surgirá otra tormenta como la denominada Carrington de 1859.

 

FIN DE LA 2ª PARTE

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