ROSAS Y GRISES, Autora: Ana Melgosa

Tengo que decírselo, tengo que invitarla a un café… Un día tras otro, al verla bajar las escaleras cada tarde, se hacía el firme propósito de abordarla.

Hace seis meses que aquella sugerente mujer se mudó a vivir en frente de él. Seis meses en los que él no ha faltado ni una sola tarde a su cita de las ocho; cuando ella llega de trabajar y baja de aquella manera tan sensual cada uno de los escalones que le llevan al portal de su casa, justo frente a la terraza del café donde él está una hora antes para poder asegurar sentarse en esa mesa; la de la esquina, la soleada, esa desde donde puede verla en el momento en el que ella se acerca al primer escalón.

Le gustan especialmente las tardes donde el viento mueve suavemente la falda de grises y rosas; esa de viscosa, no muy larga. La que deja entrever el interior de sus muslos a cada paso. Esa que ella combina con los tacones del mismo tono grisáceo de la falda, con ese suéter rosa ajustado a su pecho que también marca sus redondeces y largos pendientes de plata. Los pañuelos y los bolsos; cada día diferentes. Esperarla cada tarde es una apuesta constante por el que llevará hoy. Excepto los viernes, siempre enfundada en esos vaqueros casual que tan bien combina con esas camisetas de diferentes colores. Y sus tacones, da igual zapatos, botas o botines. Siempre tacones.

La mira de arriba abajo, de abajo a arriba, y nunca le encuentra un defecto. Ella siempre elegante, sexy y seguro que huele bien, piensa cuando la ve. Su melena, morena, tan bien peinada. Ese contoneo, el sonido de sus pulseras al sacar las llaves de su bolso. Verla como lleva su pelo detrás de la oreja antes de introducir la llave en la cerradura del portal. Su cuerpo empujando la puerta pesada mientras esta se abre, ese momento en el que su cadera va hacia un lado y él siente como su corazón se acelera y como poco a poco va encogiendo la tela de la entrepierna de su pantalón. La tengo que invitar a un café, tengo que hacerlo.

Y como cada tarde desde hace seis meses, regresa a su casa a paso rápido y tímido, con el pudor del que se sabe excitado y está en el convencimiento de que si se encuentra con alguien, se lo va a notar.

Tumbado en el sofá de su casa, con una cerveza en la mano y en la otra el mando de la televisión, escucha sin oír lo que el presentador del programa está diciendo. En su cabeza solo hay espacio para ese pelo, para esos pechos, para esas caderas y esos muslos; en sus oídos, el toc, toc, de esos tacones. Da un sorbo de cerveza, está fría, muy fría. Acomodándose en el asiento, se la imagina al lado, sonriéndole, humedeciendo sus labios mientras cruza las piernas bajo los rosas y grises… Acercando la boca a su cuello, aspira el olor que ella desprende; sabía que olería bien. La mano se dirige a esas piernas entreabiertas y sin freno comienza a subir lentamente, sin prisa pero sin pausa… La besa y ella gime, se retuerce levemente mientras el suéter rosa comienza a desaparecer detrás de esa melena morena. Y del cuello va bajando con ya una excitación imparable; un pecho, luego el otro. Continua bajando por el ombligo hasta que su boca se funde con su mano en ese punto donde todo arde. Siente como ella está ya encima de él, como poco a poco entra en ella hasta final del camino. El placer es ya ilimitado, la penetra con un deseo incontrolado. Mientras ella jadea sin cesar pidiendo más.

De pronto, un estruendo le despierta, la televisión encendida, las tres menos diez de la madrugada, la cerveza sobre la mesa y ya caliente. Sus pantalones en el suelo y sobre el sofá los restos de la contienda… Mañana a las ocho de la tarde volverá a esa mesa, la de la esquina, la soleada y lo hará. La invitará a un café.

1 Comment

  1. Gracias a tu descripción, todavía puedo ver caminar a la mujer, la de la falda de viscosa y ajustado jersey rosa, con todos sus complementos. ¡Pobre hombre que se queda colgado de un “sueño”! Gracias por compartirlo.

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