ARRIBA Y ABAJO, Autor: Carlos Fernández-Barrutia

 

 

Son exactamente las cinco menos cuatro minutos. Cuando a las cinco en punto suenen las campanadas del reloj, cambiará mi semblante y volveré a ser el gordito divertido de cara redonda que a mí me gusta, porque mientras esté aquí trabajando sentiré que estoy en los huesos, escuálido y casi transparente. Cada mañana, cuando a las ocho y media enciendo el ordenador noto que mi cuerpo adelgaza y mi cerebro se diluye, entro en lo que yo llamo el “efecto Gámez”.

Gámez sabe que el miedo gobierna el mundo y nos tiene bien amarrados. De vez en cuando nos aprieta un poco para recordarnos que puede acabar con nosotros cuando quiera. Yo con los mil doscientos que me paga y los cuatrocientos que tengo que pasar para la manutención de la cría, vivo en un aprieto permanente. Mientras tanto, por esos mil doscientos, elaboraré para Gámez todas las estadísticas de ventas de camisetas y calzoncillos que él necesite, las realizaré por modelos, colores o por lo que haga falta.

Solo faltan tres minutos para las cinco y todavía me siento espiado, como si el propio señor Gámez o algunos de sus secuaces, por ejemplo el estúpido de Felipe, estuviera a mis espaldas para observar todos mis gestos y leer mis pensamientos. Y ahora que hablo de Felipe, no soporto de él ni el sudor constante de su despoblado cráneo, ni esos ojillos redondos y marrones que utiliza para vigilar y que parecen más los de un animalillo que los de un ser humano.

Aprovecho los dos minutos que me quedan para hacer el recuento de ventas del día. No quiero escuchar en el último momento la voz agria de Gámez: “Gutiérrez, ¡qué ha ocurrido con los camisetas blancas de caballero!, ¡aquí falta el dato de Galicia!” Y yo con la cabeza baja volviendo a encender el ordenador y buscando en sus tripas qué narices ha pasado con los gallegos y las camisetas interiores.

Quedan unos segundos y miro con sorpresa la papelera metálica negra que está pegada a mi mesa de trabajo; está abarrotada de papeles. No es posible que yo haya trabajado tanto, quizás a media mañana me haya dedicado a hacer bolitas de papel hasta llenarla, pero ya me extraña con lo controlado que me tienen.

Ordeno los papeles que tengo esparcidos por la mesa, los meto en sus correspondientes carpetillas y coloco todo en las aburridas bandejas de plástico color crema que hay en un extremo. En un lateral de la mesa hay unos cajones que están repletos de documentos antiguos  que me da miedo tirar y de algunas de mis pertenencias que con el tiempo he ido abandonando: una caja de mondadientes redondos, dos o tres mecheros fuera de uso, una pipa que me regaló Margarita poco antes de que nos divorciáramos, una navaja multiusos algo oxidada y un sinfín de cosas inclasificables. Tengo la sensación de estar rodeado de objetos inservibles y que aquí se amontonan unos cuantos desechos de mi vida.

Son las cinco. Antes de levantarme muevo la cabeza a un lado y a otro como si fuera un periscopio, no quiero ser el primero en dejar el puesto de trabajo. Cuando observo que alguien se levanta, apago el ordenador, me acerco al perchero metálico que cuelga de la pared para coger la gabardina, digo adiós a Felipe, el espía y trabajador incansable de la empresa y llego hasta el ascensor. Somos seis o siete los que estamos esperando, me subo el último y justo cuando se están cerrando las puertas oigo unas risas, más bien carcajadas y luego un grito largo lleno de dolor. Resultan tan desacostumbrados estos sonidos, que pulso el botón para abrir de nuevo las puertas y no responde. Todos nos miramos confundidos. El ascensor baja lentamente hasta la planta sexta y se queda parado con las puertas cerradas. Nadie sale y nadie entra.

 A mí las risas y el grito me han sorprendido, pero me han dejado indiferente, lo que quiero es largarme a casa cuánto antes. Miro a mi alrededor y compruebo que hay compañeros que parecen afectados y se han puesto nerviosos. Al final somos seis los que estamos encerrados en este espacio metálico de acero inoxidable, de más o menos metro y medio por metro y medio. Y uno de ellos es el pelota Felipe, el que cuando yo me marchaba parecía que seguía trabajando y en un suspiro se ha colado en el ascensor. La imagen de su calva sudorosa me repele.

Empiezo a pensar que esta encerrona del ascensor es otra jugada del señor Gámez. Como si hubiera dado órdenes a Felipe: “vamos, entra en el ascensor y a ver qué se dice, sobre todo atento a ese vago de Gutiérrez, anota todas las conversaciones”.

Me miro en el espejo que cubre la pared contraria a las puertas y me alegra comprobar que mi cara ha recuperado su redondez y que mis mofletes aparecen rojizos. A pesar de las ocho horas de tiranía consigo salir vivo. La niebla del miedo va desapareciendo. Será la costumbre. Miro de nuevo al espejo y veo dos Felipes, no sé si es más real el que está pegado a mí o el reflejado. Los dos sudan copiosamente y justo a la vez han sacado el teléfono móvil, a los dos se les ve con cara de preocupación. Parece que se preguntan: ¿será nuestro bienamado jefe el que ha gritado?, ¿o tal vez el que ha reído? Estoy a punto de decirles que descarten esta segunda opción, Gámez nació sin risas, vive sin risas y así dejará este mundo.

Los teléfonos móviles trabajan sin pausa dentro del ascensor. Comienzan los rumores: “qué si a Góngora le ha tocado la primitiva y ha entrado haciendo piruetas en el despacho de Gámez, qué si a Gámez le ha dado un infarto en medio de la reunión con los suecos, qué si Elvira, que está de ocho meses, se ha puesto de parto, que parece que han encontrado a dos en el cuarto de baño haciendo cosas inapropiadas”, todo esto lo ha contado muy deprisa Loli, la compañera de Marketing que está en la esquina contraria del ascensor. En fin, todo es posible, ya me enteraré.

De pronto tengo la sensación de que el tiempo se ha parado, de que ha dejado de existir. Todo me parece extraño en este rato que llevamos encerrados. Pienso en la vida de cualquier ser humano, en la mía propia, en lo absurdo y casual que resulta, si yo hubiera llegado unos minutos más tarde no estaría atrapado con estos cinco.

Inesperadamente el ascensor se vuelve a poner en marcha y a trompicones llega hasta la quinta planta. Del susto los móviles se paran. Desaparecen las voces. Me fijo ahora en Caterine, la francesa alta y delgada con aspecto de cigüeña. Se ha dejado un mechón rubio en forma de escoba que en mi opinión no le favorece. Debe estar muy asustada con esa cara de ir a dar un chillido que se le ha quedado. Yo la entiendo, seguro que en las empresas francesas, tan europeas, no ocurren estos contratiempos.

Empieza a confirmarse el rumor de que a Góngora le ha tocado un buen pellizco y que ha ido a restregárselo a Gámez a su propio despacho y que Gámez, que estaba intentando vender la empresa a unos suecos muy importantes, ha dado un alarido y que los suecos, pensando que todo era una representación, han soltado unas buenas carcajadas. Esta es la versión que ha dado Palmira, que es la secretaria de Recursos Humanos, que está a mi izquierda en el ascensor. Me alegro por Góngora, es un buen chico, se merece dejar esta casa con todos los honores. Si pudiera salir del ascensor le daría un fuerte abrazo.

Hay un último rumor que dice que Góngora se ha bailado un zapateado en la mesa de Gámez y que los suecos han gritado varias veces “olé” y se han puesto a aplaudir. Es Giménez el que ha pasado esta información, pero este chico es poco fiable, todos sabemos que le encanta exagerar.

De pronto parece que el ascensor entra en caída libre y bajamos rápidamente. El estómago se me sube a la garganta, mientras pienso lo peor. Como ocurre en las películas empiezo a recorrer  mi vida a toda velocidad, pero me paro pronto, no merece la pena el repaso, mi vida ha sido siempre demasiado tediosa.

Mientras descendemos vertiginosamente, suelto en alto un “no somos nada” y todos los ojos del ascensor me miran horrorizados. De la calva de Felipe brota un auténtico surtidor. Giménez, Palmira y Loli están atemorizados, para olvidar el mal trago intentan actuar como si nada ocurriera y siguen comentando la suerte de Góngora. La francesa comienza a llorar y le pongo la mano en el hombro para consolarla. Ella responde abrazándome con todas sus fuerzas y hacía tanto tiempo que no tenía una mujer tan cerca, que mi cuerpo viril reacciona. En el ascensor el aire empieza a enrarecerse, como si estuviera escaso. Esto está llegando a su término. Y en efecto, el ascensor frena en seco, nos tambaleamos y caemos unos encima de otros. La francesa y yo, todavía abrazados, perdemos el equilibrio y nos derrumbamos sobre Felipe. Veo en el espejo la cara de dolor del espía de Gámez. Muy despacio se abren las puertas. Estamos en el inconfundible garaje, un lugar oscuro, de techos bajos y mal iluminado.

Suenan gritos de alegría. A Felipe se le nota un tanto magullado, se lo tiene merecido. El último rumor sobre Góngora, que parece que es el real, es que el hombre se ha confundido y que solo le ha tocado el reintegro. Está despedido. Lo siento por él, es un buen chaval. También nos enteramos de que Gámez, a pesar del chillido que ha dado, sigue tan entero como acostumbra. Yo, aprovechando la confusión, me voy con la francesa. Como ya sabéis, el hombre es un animal que siempre vuelve a empezar.

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