FLORES SECAS, Autora: Silvia Sánchez Muñoz

Cierras la puerta del coche y te cuelgas la bolsa de tela al hombro. El aire huele a humedad y a tierra mojada. Nubes oscuras asoman por la parte alta del valle. Todavía te sigue sorprendiendo que el olor de la lluvia sea tan diferente aquí, más pesado, menos liviano. Hay dos puestos de flores cerca de la entrada principal, se nota que se acerca el mes de noviembre. No te acostumbras a este ritual, pero a ella le gustaría. Además, no quieres que hablen mal de ti en el pueblo, al fin y al cabo es su pueblo, su pueblo y su país, vuestro hogar, en el que habéis pasado la mitad de los treinta años que has estado casada con ella. Te decides por un ramo de margaritas de un amarillo insultante para una lápida, y te lo envuelven en papel blanco.

—Buenas tardes, Ian —escuchas a tu espalda.

Te das la vuelta y saludas a dos vecinas que van cargando con flores, trapos y cubos de agua. Hace tiempo que ya te acostumbraste a esa forma en la que los vecinos te llaman, a la española, con acento en la «a», al igual que al hecho de que te sigan considerando inglés. Recuerdas con una sonrisa la primera vez que se lo dijiste a Unai.

—Te jodes. A mí me llaman El Vasco y soy de Navarra, toda la puta vida escuchándolo, y por mucho que se lo expliques siguen diciendo «bueno de por ahí», como si esto fuera el puñetero centro del mundo. Es lo que tiene este lugar, no puedes hacer nada para cambiarlo. Así que seguirás siendo Ian, el Inglés toda tu vida, aunque seas irlandés. ¡Qué más les da!

Os conocíais de vista desde hacía años. Hasta que un día, mientras te tomabas un café en una terraza del pueblo, se sentó a tu lado para leer el periódico. Te preguntó si tu nombre era Ian —lo pronunció correctamente—, y si eras irlandés. Nadie te lo había preguntado de esa manera desde que vivías allí, afirmándolo más que preguntándolo.

—¿Cómo lo has sabido? —le dijiste.

—He viajado mucho —te contestó con cierto aire de quién lo sabe todo.

Hace ya quince años de aquello. Os hicisteis amigos de la manera como lo hacen dos hombres adultos con la vida a cuestas: masticando los silencios, regalando botellas de vino para huir de cualquier muestra de emoción recíproca, y jugando infinitas partidas de ajedrez. Desde que Rosa, tu Rosa, murió, es la única persona con la que te encuentras realmente a gusto. Incluso con tus propias hijas, Carmen y Julieta, sentiste, de repente, la incomodidad de ser el centro de una atención que hasta entonces había sido toda de Rosa. Piensas en ello mientras sigues el camino de la galería veinte. Llegas a la lápida 34. No te acostumbras a ver su nombre sobre el granito, entre la cruz irlandesa —la única del pueblo, posiblemente de toda la provincia—, y la inscripción que tú y tus hijas elegisteis. Quitas los crisantemos secos y tiras el agua podrida del jarrón blanco. Los hueles. Te gusta el olor ácido de los pétalos marchitos. Buscas una papelera y los metes dentro, con cuidado, como si el tirarlos así fuera una falta de tacto. Sacas una tijera del bolsillo, cortas los tallos de las margaritas y las clavas en la espuma verde dentro del jarrón. Vas a la fuente, sacas la botella de plástico de la bolsa de tela, la llenas para verter luego esa agua en el jarrón. El mismo ritual cada dos semanas. Te gusta hacerlo, seguir cuidando de ella de esa manera.

—Es como expiar las culpas. A mí, en cambio, me cuesta ir —te dice Unai cuando le cuentas tus visitas al cementerio.

—¿Por qué? —le preguntas.

—A veces me siento como un cretino llevándole flores secas cada cuatro o cinco meses. No soy como tú, con esas flores naturales, perfumadas. Si fuera tan a menudo, acabaría como esas flores marchitas. No puedo soportar tenerla ahí encerrada. Está ahí, pero no está… En fin, creo que ella lo entendería. Además, es curioso, cuando compras las flores naturales, las que sean, huelen hasta casi marear en el invernadero. Pero después, cuando las llevas al cementerio el aroma se va, igual los muertos chupan toda su savia.

— ¡Mira que eres bruto, Unai!

Os veis todos los días sobre las once, en la cafetería de siempre, la que tiene vistas al valle. Quedar nunca quedas con él, os encontráis. A veces con más gente, jubilados, como vosotros, pero distintos. En estos sitios, las diferencias se palpan, huelen de manera intensa, como la piel curtida. Miradas oscuras y manos muy trabajadas. Al fin y al cabo, tú siempre serás el escritor extranjero que se casó con una del pueblo y se vino a vivir aquí. Y Unai… Unai es Unai. Toda su vida viviendo en Pamplona, trabajando en un banco hasta que se jubiló y su mujer dijo que ya estaba bien, que quería venirse al pueblo a vivir. Sois dos hombres marcados por las direcciones de la brújula que decidieron seguir vuestras mujeres. Por eso, a veces os saludan de pasada, mirándoos de reojo, con el gesto torcido, haciendo que no os ven porque no sois de los suyos. Alguna vez, caminando juntos por el pueblo, te has reído de las ocurrencias de Unai al respecto.

—Mira, seguro que dirán: «¡Ahí van los pobres viudos!». Y en fondo, les doy la razón. ¡Los muy cabrones!

Una de las cosas por las que enseguida te cayó bien fue por su humor, su humor fino y deslenguado, pero también fue su acento, porque lo entendías como a Rosa, con todos los matices que conforman la manera de hablar de una persona, y es que desde que llegaste en mil novecientos noventa y siete a este valle, no habías entendido a nadie tan bien como a él. Después de Kilkenny, fueron muchos los años que pasasteis viviendo en Madrid y al llegar al pueblo, te tuviste que enfrentar con un acento opaco, áspero y cantarín. Incluso después de tantos años, cuando la gente te habla, todavía se te escapa alguna palabra. Entonces desconectas y sonríes como un idiota. Por eso nunca hiciste amigos en el pueblo, conservaste los de Madrid y los pocos que te quedaban allá en Kilkenny.

En las largas tardes de invierno, acostumbráis a quedar los jueves en su casa o en la tuya para jugar al ajedrez y beber lo que se tercie. En su casa, él te sirve whisky escocés y se ríe porque le echas jugo de limón, canela, nuez moscada y hielo. Es un aroma que te recuerda a los pubs irlandeses. Es curioso que allí no tomaras nunca un punch (1) y en cambio, aquí, lo has convertido en un ritual. El olor fresco del limón y el sabor dulce de la canela curiosamente te traen el latido del bodhrán (2), y el recuerdo de tu hermano Fionn tocándolo en esas noches interminables en el pub. Es lo que más echas de menos después de tantos años, eso y el aroma denso de la sidra acumulado durante décadas en la madera agarrotada de los pubs de Kilkenny.

Una de esas noches, en las que estáis en su casa jugando al ajedrez es cuando te lo pregunta. Prácticamente tienes la partida ganada, has empezado a atacar por el lado izquierdo, apropiándote hábilmente de un alfil y un peón. Fuera, la lluvia ansiosa araña los cristales. No ha parado de llover en los últimos tres días. Dentro, la chimenea crepita y tú estás descalzo, sintiendo la calidez de la alfombra bajo tus viejos calcetines de lana. Apuras el segundo whisky con placer, mientras miras al tablero trazando líneas invisibles y puntos concordantes entre las figuras blancas y negras. En el próximo movimiento tendrás la torre de la reina asegurada. Entonces te dice:

—¿Alguna vez la engañaste?

—¿Cómo? —le preguntas.

Soléis hacerlo, hablar de cosas que nada tenían que ver con lo que ocurren en el tablero, es más, no verbalizáis las jugadas; atacáis, os enrocáis, perdéis o ganáis, pero nunca resumís nada de la partida, solo cuando uno de los dos tiene que dar jaque. Por lo demás, Unai habla de su familia, de su padre pintor, de las esculturas de madera con ojos y bocas enormes que él mismo había empezado a hacer después de jubilarse. Habla sin parar, como una rueda que gira y gira. Escuchas su voz envolvente mientras bebes y piensas en los próximos movimientos, masticando cada jugada, previendo cada movimiento; te pregunta sobre tu vida en Kilkenny, sobre Irlanda, sobre los años vividos con Rosa en Madrid y luego aquí, en el valle. Él no para de hablar de Elena, su mujer, de los países que visitaron juntos, de las noches sin dormir cuando ella empezó a no reconocerlo, a llamarle Luis, sin saber nunca quién era ese Luis.

—Ahora que ya nada importa, ¿engañaste a Rosa alguna vez? Ya sabes, con otra mujer.

—¿Ahora eres tú quién necesita expiar sus pecados? —le contestas.

Sueles hacerlo, eso de responder con preguntas. Tu hija Julieta siempre te lo reprocha.

—¡Qué cabrón eres!

Ríes a carcajadas, algo incómodo. Luego te quedas callado, navegas entre el estupor que te ha producido la pregunta y el deseo de querer responder. Unai te mira, esperando la respuesta. Ya sabéis muchas cosas el uno del otro, dentro de esa confianza sana que da una amistad nueva, adulta, llena de aire limpio.

—Una vez, fue hace mucho tiempo —contestas finalmente, quitándote unas briznas de canela de los labios.

—¿Cómo fue?

Entonces la ves. Quizás porque aún te persigue su recuerdo incluso después de tantos años: tirada en la cama del cuarto, con el reflejo de su espalda desnuda en el aquel espejo que había frente a la cama, y esa luz que lo absorbía todo; las piedras sobre la cómoda, los pinceles desparramados, trozos de cuerda que luego pegaba en sus esculturas, al igual que sus propios mechones de pelo, o retazos desgarrados de ropa ya usada, a veces suya, a veces tuya, o de otras personas. Encuentras su mirada reflejada en el espejo, su cuerpo de espaldas junto al de aquel hombre joven que hace tiempo dejaste de ser. A veces, solo logras recordar la blancura de su espalda, como la última vez, cuando te marchaste de allí tragándote el vértigo que sentías al saber que no volverías a verla. Luego desaparece todo y queda tan solo el olor que imperaba en su casa, el de la ferralla y el pegamento.

—En Dublín —respondes finalmente—, escultora, amiga de Fionn. Poco antes de nacer mi hija Julieta, la primera vez que Rosa enfermó. Pasé unas semanas allí. La conocí en una fiesta y bueno, ya sabes. En aquel momento, pensé que Rosa no aguantaría la enfermedad, y yo estaba hecho polvo. Luego sí lo hizo y…

—No te justifiques, ¿duró?

—Más de lo que hubiese querido. Empezó un verano y duró hasta el siguiente.

En aquella época solía ir a Dublín cuatro o cinco veces al año por los contratos editoriales.

—¿Te enamoraste de ella?

Ni siquiera tú mismo te lo has preguntado en todos estos años.

—Supongo.

—¿Rosa lo supo?

—No, nunca se lo dije. Creo que se olió algo, pero no me dijo nada. Jamás volví a verla. Unos años después se convirtió en una pintora reconocida en ciertos círculos. Más tarde, Fionn me dijo que con la crisis se había marchado a Estados Unidos. Creo que se casó y… en fin, todo lo demás.

—¿Lo dejaste tú?

—Un día estaba con Rosa en el Museo del Prado. Mirábamos un cuadro, no sé cuál y allí mismo supe lo que tenía que hacer. En realidad, lo hizo todo ella. Ya sabes cuánto le gustaba la pintura. Fue un instante en el que me cogió del brazo y empezó a describir el cuadro como solo ella sabía. Tenías que haberla escuchado, te habrías enamorado de ella. La miré y lo supe. Supe que era lo que tenía que hacer. Es curioso que no recuerde el cuadro, quizás alguno de Velázquez, a Rosa le encantaba.

—Y luego ella se recuperó, después nació Julieta y… cada mochuelo a su olivo —dice Unai.

—Así es, más o menos.

— ¿Cómo se llamaba?

—Shannon —callas durante unos instantes y le das jaque.

—Shannon —repite Unai mientras mueve el rey a otra casilla.

El nombre de ella en sus labios te suena lejano, desconocido.

—¿Y tú? Por cierto, estás en Jaque Mate.

—¿Yo? La ostia, no me he dado ni cuenta.

Reís mientras colocáis de nuevo las piezas sobre el tablero. Cambiáis de color. Ahora te tocan las blancas. Unai ordena todos los peones negros y después, las figuras del segundo flanco.

—Pues, no te lo vas a creer, pero fue ella.

—¿Ella?

—¿Sorprendido? No me pega, ¿verdad?, ser el cornudo. Pues lo fui durante un tiempo.

—¿Con ese tal Luis? —dices mientras mueves el peón del rey al centro del tablero.

–No lo sé, nunca lo supe. ¿Importan los nombres acaso? No se lo pregunté.

—¿Cómo? ¿Nunca se lo preguntaste? ¿Y cómo lo supiste entonces?

—Fue algo extraño que quizás no tendría que haber pasado de aquella manera. El caso fue que me los encontré una mañana. Yo debía estar en el banco, pero ese día fui a visitar a un cliente. Vivía lejos del centro y había tenido un accidente. No acostumbraba a reunirme con los clientes en sus domicilios, pero era un cliente importante, y debido al accidente, no podía andar. Así que fui a su casa para que firmara unos papeles. En aquel entonces los bancos éramos como amigos, ya sabes, una política cercana, familiar, sin apenas informática, otro mundo. No como ahora. Así que allí estaba, saliendo del portal de mi cliente y entonces, la vi cogida del brazo de un hombre. Me extrañó, al principio no la reconocí, pero en efecto, era ella. De repente, se pararon y se besaron.

—¿Seguro que era ella?

—¡Claro que era ella! ¿No habrías reconocido a tu mujer de lejos? Los seguí una hora. Parecían ser un matrimonio cualquiera, eso fue lo que más me jodió, que pasaran tan desapercibidos al resto del mundo. Ver a tu propia mujer deambular junto con otro hombre cómodamente por un espacio en el que uno no tiene cabida es una putada, de verdad.

—¿No le dijiste nada?

—No. Registré entre sus cosas, cajones, bolsos, lo típico. Pero no encontré nada. Un día me dijo que tenía que ir a ver su hermana a Bilbao. No hice más preguntas. Pero cuando se marchó de viaje, pedí unos días en el trabajo y me monté en el mismo tren que ella, distinto vagón, claro. Al llegar a Bilbao, la seguí en un taxi y me alojé en el mismo hotel en el que estaban. No me pidas detalles escabrosos. Esa noche volví a seguirlos. Cenaron en un restaurante, bastante lujoso, por cierto. Me quedé fuera, observándolos desde la acera de enfrente. Aún recuerdo el frío que hacía ese día, joder. En cierto momento, empezaron a discutir. No me preguntes cómo podía estar allí mirándolos, como un pazguato, pero pensé que era justo lo que tenía que hacer. Pasado un rato, Elena se levantó airada, lo miró enfadada, recogió sus cosas y se fue. Cuando se marchó, decidí entrar, quería observarlo de cerca. Me dieron una mesa cercana a la suya. Él siguió comiendo mirando por la ventana, como si nada hubiera pasado. ¡El muy cretino! Parecía estar esperando a que ella volviera. Hubo un momento en el que nuestras miradas se cruzaron, y ¿sabes?, no sentí nada, es curioso, pero no sentí nada, ni siquiera odio y no sé por qué, pero eso mismo hizo que me sintiera poderoso, no sé cómo explicarlo, justo eso fue lo que me alivió. Al poco rato, me levanté, pagué y me largué de allí. Esa noche no volví al hotel, no quería tentar a la suerte. Estuve deambulando por la ciudad, tomando unas copas aquí y allá, hasta que salió el primer tren de vuelta a Pamplona.

—Me resulta increíble. ¿Y qué pasó después?

—Nada.

–¿Nada? ¡Venga ya! ¿En serio?

—Ella nunca volvió sola a Bilbao. Desde aquella vez, cada vez que visitaba a su hermana, siempre me pedía que fuera con ella. Y así lo hice. Se quedó. Me pareció suficiente. No quería saber nada más.

—¿Y ese Luis? ¿Ese Luis al que ella llamaba durante su enfermedad?

—Puede ser que fuera él.

—¿De verdad que nunca quisiste saber quién era ese Luis?

—Sí, hace dos años, poco después de que Elena muriese. Pero pronto comprendí que solo quería saberlo como una manera de seguir enfadado por su muerte. Así que desistí. Estuvimos treinta y dos años juntos después de aquella noche en Bilbao. ¡Treinta y dos! Y sé que me quiso, me hizo feliz y tuvimos dos hijos. ¿Qué querías que hiciera?

—Ya. Fuiste bastante valiente, Unai.

—Yo creo que más bien fue al contrario.

Unai se bebe de un trago el whisky que queda en su vaso y tú notas que te tiemblan las manos.

—No sé por qué lo hacemos —dices finalmente.

—¿El qué?

—Huir.

—Bueno… —Unai guarda silencio durante unos instantes—, igual es que no tenemos más opciones. Hay veces que no puedes quedarte en un sitio donde el suelo está a punto de resquebrajarse. En realidad, siempre pensé que fue culpa mía. En aquella época yo no era una persona fácil y ella era una mujer con un carácter fuerte, ya sabes el carisma que tenía. Hizo lo que tenía que hacer y no la culpo. Igual que lo hiciste tú.

—Supongo —dices mirando hacia la ventana.

Fuera, ladra un perro. Ha dejado de llover, hilos de agua resbalan por el cristal hasta que se pierden en el marco de la ventana. Los faros de un coche iluminan la ventana, y sus haces de luz se reflejan en la pared antes de que se los trague la oscuridad. Te gustaría decir algo más, sabes que es peligroso deambular en el pasado, pero no encuentras las palabras adecuadas o prefieres no hacerlo. Bebes otro trago de whisky y observas a Unai, que sin volver a decir una palabra, no ha apartado la mirada del tablero.

—Lo siento, Ian pero…

—¿Qué? —le miras sorprendido.

—Jaque Mate. ¿Otro whisky?

Silvia S. Muñoz, 2017

 

NOTAS DE LA AUTORA:

  1. Irish Punch: El Irish punch es a base del whisky irlandés, zumo de limón y de naranja, pera, canela, sirope de canela, nuez moscada y hielo.
  2. Bodhrán: Se pronuncia “bau-ron”. Instrumento típico de la música irlandesa. Es una especie de pandereta grande cubierta de piel de animal estirada, que se golpea con una baqueta.

(Ilustración de cabecera, Autor: Jaume Mora)

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