Hiperión o el eremita en Grecia (Fragmento), Autor: Friedrich Hölderlin

HIPERIÓN A BELARMINO

… A partir de entonces viví en Tina muy tranquilo, con gran sencillez. Dejaba pasar en realidad las apariencias del mundo sobre mi cabeza como las nieblas otoñales; a veces me reía también, con los ojos húmedos, de mi corazón, cuando éste pretendía echarse a volar para alcanzarlas, como el pájaro hacia las uvas pintadas, y así permanecí tranquilo y apacible.

Dejaba con gusto que cada cual expresara sus opiniones y sus errores. Yo me había convertido, pero no quería convencer a nadie más, sólo me resultaba triste ver que la gente creía que yo no rechazaba sus bufonadas porque las tenía en tan alto aprecio como ellos mismos. No quería someterme a todas sus necedades, pero trataba sólo de evitarlas cuando podía. «¡Al fin y al cabo son su alegría», pensaba, «y viven de ellas!».

Incluso llegaba a menudo a participar, a colaborar, y aunque permanecía entre ellos indiferente, desprovisto de todo entusiasmo, nadie lo notaba, nadie echaba nada en falta, y si les hubiera dicho que me disculparan se habrían quedado parados, se habrían admirado de mis palabras y hubieran preguntado: ¿pero qué nos has hecho?… ¡Qué delicados!

Con frecuencia, cuando estaba por la mañana en la ventana y veía acercarse el laborioso día, llegaba a olvidarme por un momento de mí, miraba a mi alrededor cómo si tuviera que emprender algo con lo que se alegrara mi ser, como antes, pero pronto me enfriaba, volvía en mí como alguien que deja escapar una palabra de su lengua materna en un país donde no la comprenden… «¿Adónde vas, corazón?», me decía a mí mismo juiciosamente, y me obedecía.

«¿Qué es lo que hace que el hombre desee con tanta fuerza?», me preguntaba a menudo; «¿qué hace en su pecho la infinitud? ¿La infinitud? ¿Y dónde está? ¿Quién la ha encontrado? El hombre quiere más de lo que puede. Esto al menos es verdad. Tú mismo lo has comprobado muy a menudo. También es necesario que así sea. Ello proporciona el dulce y exaltante sentimiento de una fuerza que no se expande como desearía, que es precisamente lo que hace nacer los hermosos sueños de inmortalidad y todos los amables y colosales fantasmas que fascinan mil veces al hombre, ello crea en el hombre su Elíseo y sus dioses, precisamente porque la línea de su vida no es recta, porque no vuela como una flecha y porque una fuerza extraña se cruza en el camino del fugitivo.

»Las olas del corazón no estallarían en tan bellas espumas ni se convertirían en espíritu si no chocaran con el destino, esa vieja roca muda.

»Pero también ese impulso acaba muriendo en nuestro pecho y con él nuestros dioses y su cielo.

»El fuego asciende en alegres figuras desde la oscura cuna donde duerme, y su llama se eleva y cae, y se quiebra y vuelve a retorcerse alegremente, hasta que su sustancia se consume; entonces humea y lucha y se apaga; lo que queda son cenizas.

»Así sucede con nosotros. Ésta es la quintaesencia de todo lo que los sabios nos cuentan en sus terribles y atrayentes misterios.

»¿Y tú, qué te preguntas tú? Que a veces algo se despierte en ti y que tu corazón, como la boca del moribundo, en un solo momento se abra y se cierre tan violentamente, es precisamente un mal presagio.

»¡Quédate tranquilo y deja que las cosas sigan su curso! ¡No hagas filigranas! ¡No intentes puerilmente hacerte una pulgada más alto…! Eso es como si quisieras crear otro sol y nuevos discípulos para él, confeccionar una tierra y una luna».

Así soñaba yo…


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