Princesa de Tasmania, algún lugar del océano Índico. Autor: Juanma Cuerda.

Princesa de Tasmania

Es el año 1956 y la geopolítica sigue con el cuerpo tontorrón. Aunque la fiesta está recién terminada y ya se han repartido los trozos grandes, todavía cada cual intenta picotear del pastel que los demás le dejan. Aquí y allá se independizan colonias: Marruecos, Sudán, Pakistán, Túnez, Egipto… algunas sin vaciar su cuarto del todo, quizás con idea de volver a diario para comer con mamá, porque como ella cocina, no lo hace nadie. Aquí y allá quien puede invade a los vecinos, húngaros o palestinos, porque, en realidad, en esos sitios no vive nadie y, en el fondo, todo esto es de los bancos, así que mejor nos metemos nosotros. Mientras tanto, los mayores juegan a mirarse los unos a los otros por encima del hombro, dejando caer en el camino dieciséis bombas atómicas sobre los paradisíacos y, desde entonces, radiactivos atolones de las Islas Marshall, como si la guerra hubiera terminado demasiado pronto para todo lo que quedó por lanzar. 

Es el año 1956 y a unos pocos miles de kilómetros al oeste de los últimos isótopos radiactivos, tres tipos observan la pantalla de una televisión apagada, esperando quizás a que el aparato se caliente de una vez y empiece a proyectar imágenes o, tal vez, sorprendidos por un repentino corte de suministro eléctrico.  

El cuartucho donde se encuentran es una salita de recreo, un pequeño salón-bar del lujoso Princesa de Tasmania que, en este instante detenido en el tiempo, surca los mares con brío, levantando olas a babor y estribor, en algún punto del Estrecho de Bass, en los lejanos confines del mundo conocido. 

Allí, ajenos a las detonaciones, dos de los modelos que dan lustre a la fotografía escogen los suyos del manual de gestos de concentración de la época.

En el primer plano, un caballero de envidiable tupé, envidiable traje elegante y caro reloj envidiable escoge la clásica postura de mano al mentón que, además de aportar elegancia y compensar el desequilibrio corporal que todo cruce de piernas provoca, oculta la papada y sujeta la cabeza, cosa importante en toda situación e imprescindible según tramo horario y duración de la sesión fotográfica.

El segundo modelo, de traje más cómodo y utilitario, escoge la popular postura de cigarrito en vilo, sujeto apenas con la punta de los dedos y vigilado de reojo, listo para aplicar un toquecito leve cuando corresponda, lo justo para que la ceniza caiga como al descuido, sin preocuparse uno de dónde y, sobre todo, de quién tenga que recogerla después y manteniendo, al tiempo, la actitud de tener listo el comentario incisivo que haga girar los cuellos de sus compañeros de velada para comenzar o terminar una conversación que se hace necesaria, visto lo que tarda en arrancar el aparato. 

El tercer personaje es un joven meritorio al que le ha tocado la peor parte, la de figurar sin querer, así de medio lado, mientras finge que mira un televisor del que no sabe qué programa estará emitiendo cuando se difunda la fotografía. Para él no hay gesto de concentración que valga. Demasiado expuesto, en su mundo solo existe la mirada del fotógrafo que se le está clavando en la nuca y no le deja más opción que el rabillo del ojo para comprobar si ya ha terminado el asunto, forzando el cuello y retorciendo al límite del lumbago la espalda mientras mantiene las manos como garras, aferradas a las rodillas.

El encuadre debe de estar impuesto por la óptica de la cámara porque no hay ser humano, por muy poco formado que se encuentre, que se pueda encajar en la cuarta silla que cae directamente debajo del mamotreto del televisor, así que el autor nos regala dos naturalezas muertas para completar la escena:

El ventanuco de la salita, con probables vistas a la negra noche del Estrecho o al infame sol que abrasa el Índico junto a la costa de Tasmania. Vistas, en todo caso, cegadas para la ocasión por una cortina que podría ser una de las pinturas negras de Goya ambientada, eso sí, en una coctelería domiciliada en el mismo infierno y regentada por una variedad vociferante de súcubos y diablos de distintos rangos, desde inofensivos luciferes a terribles combos de swing latino dirigidos por el Xavier Cugat de sus mejores años.

Despúes, el toque magia celestial: la Schweeppes de litro con su envase de cristal, icono del globalismo que está por venir, pero que, este momento indeterminado de los últimos 50, representa el exotismo de la vieja Europa, la de los colonos, la madre patria que parió a todos esos ingleses que han hecho de su invasión de los mares del sur una nueva civilización que canta a la lluvia con tubos de madera. Y junto a ella, lujo de lujos, una botella de Remy, el coñac del fino Champagne que en este caso está sin abrir, por supuesto, no vaya a ser que el fotógrafo tenga que pagar la cuenta.

La imagen tiene vocación documental: los tres tipos a lo suyo, dando la espalda al fotógrafo, mirando hacia un televisor que hace de símbolo del futuro por llegar y que es el auténtico protagonista de la escena. Y lo aceptaríamos como muestra de las vidas cotidiana de aquellos que van y vienen del continente a las islas si no fuera por el negro de la pantalla; por un lado, verdadero oráculo de tiempos venideros y, por otro, transformador de la escena en una ilustración promocional a la que se añadirán más tarde en laboratorio una carta de ajuste o una panorámica del océano, por la vía del corta y pega más literal. 

Hay también cerillas y cigarrillos, y un termostato en la pared, junto a la puerta marcada con el número 33 (¿un camarote a nivel de servicios?, ¿un almacén de ropa de cama?) con un pestillo que protege la salita de los visitantes no autorizados y un pulsador en la pared, no se sabe si un timbre o un interruptor de la luz, junto a una flecha que indica algo fuera de plano, la dirección de salida, tal vez; la dirección por la que, en todo caso, nosotros nos marcharemos.

Juanma Cuerda (@juattman). Enero de 2023

Fotografía: TV room of the Princess of Tasmania,  Australian National Maritime Museum’s Gervais Purcell collection.

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