DIVERTIMENTO SALVAJE LXIX, Autor: Luis Vinuesa García

Para María José

Lluís rula por el DF, en la época en que su nombre oficial no ha retornado al de Ciudad de México. Lluís baja al metro. Es hora punta y han de dividirse hombres y mujeres. Lluís recuerda como si fuera hoy que está allí, en el inframundo más pagano de la ciudad azteca, el año en que se ha publicado Los sinsabores del verdadero policía.

Ingresa en un vagón de puro hombres, una legión de vergas, o de sesos que piensan, en su mayoría, con la verga. Por una distracción o un mal entendido o, en definitiva, un error fatal, una mujer se encuentra en el lugar equivocado, cara a cara con Lluís, rodeada de mero machos: mullido liquen ensombrecido por duros troncos. Rápido de reflejos Lluís le toma el cabello y lo introduce por dentro de la chaqueta que viste ella. A continuación le planta las manos en el trasero, en donde se preocupa por cubrir, sin ninguna presión, las partes pudendas. Por suerte la mujer luce de negro y los pechos resaltan poco, aunque Lluís los perciba.

Perdona, musita al oído de ella, si no soy yo, serán otros, o muchos otros, ya he sentido varios dedos de expedición topándose con el dorso de mis manos. Hay alguien que sospecha que eres mujer.

Ok, gracias, dice ella, semiocultando su cara de fémina en el cuello de Lluís. Tampoco podría apoyar la cabeza de forma palmaria, con todo su peso, se le notaria la identidad, o peor, ambos serían tomados por jotos y probablemente sufrirían un escarnio de proporciones desconocidas.

¿Cuántas estaciones te faltan para salir?, pregunta Lluís, muy cerca del oído.

Nomás se despeje, dice ella, nomás se abra una corriente de vida.

Entiendo, dice él tras levantar la vista y comprobar su posición, alejada de la salida.

¿Cómo te llamas?, murmura Lluís en un intento por distraerla, o por distraerse él, ya que sus nervios van en aumento después de recibir una presión intencionada en su propio ojete. Es claro que sus greñas rockeras pueden llevar a confusiones, o no…

Rosa, suspira la mujer, mi nombre es Rosa.

¿Y de apellido?

Amalfitano, Rosa Amalfitano.

Inevitablemente, a Lluís se le prende una erección.

Lo siento, le dice ya empalmado total, es que te conozco.

En ese momento se detiene el vagón, se abren las puertas, se apean varios tíos y Lluís percibe una vía de escape como hilo de tela de araña que agarra a la desesperada, pues a la desesperada y a lo bestia le toma de la muñeca a Rosa y tira de ella hacia la salida. Tras unos segundos de dura pugna adornada, sonoramente, con risotadas y exabruptos como «provocadores», «cerdas» o «putos», quedan atrapados en la puerta. Lluís la descorre lo mínimo para que la traspase primero Rosa y luego él.

Respiran.

Ella le da las gracias. Por su parte, Lluís le pide perdón, ha intentado rozarla lo menos posible. Rosa le resta importancia, aunque alucina con que él sepa su identidad. Lluís explica que ha leído sobre ella y sobre su padre en el 2666, a lo que Rosa contesta que el azar responde a una cadena de hechos aleatorios que confluyen en eso que llaman destino: el suyo, el de aquella pareja encontrada, seguirá fluyendo durante el resto de la tarde en un bar de moda de la calle Regina en donde pugnaran por invitarse a cócteles margarita.

Hablan del recientemente publicado Los sinsabores del verdadero policía.

Nadie debería leerlo antes del 2666, dice Rosa Amalfitano, porque en ese libro de editor, apenas un planteamiento del 2666, interesante, solo tal vez, para los estudiosos de Bolaño, se revela cierta condición de mi padre que un lector intuitivo muy bien podría detectar en la obra magna de Bolaño.

¿En «La Parte de los Críticos»?, pregunta Lluís.

No, responde Rosa, ahí mi padre es presentado, su personalidad se desarrollará más adelante, en su parte, la de Amalfitano.

Pero ya apunta, opina Lluís, rasgos llamativos nada más verse con los críticos.

Sí, dice Rosa, es humilde aunque les tienda una trampa. Los críticos afirman que Archimboldi es el mejor escritor alemán del siglo XX, a lo que mi padre responde que él creía que era Kafka, entonces los críticos conceden y opinan que Archimboldi es el mejor escritor de la posguerra o de la segunda mitad del siglo XX.

La humildad es reconocible en tu padre, dice Lluís, pero ¿dónde está la trampa?

Kafka, dice Rosa, escribía en alemán, sí, pero era judío checo. A continuación mi padre menciona a Peter Handke y a Thomas Bernhard como si fueran alemanes, aunque en realidad son austriacos, y los críticos, empecinados en la superioridad de Archimboldi, ni se percatan y machacan a mi padre, que parece el liberado de la caverna de Platón. En tal mito se especula con que el liberado, al volver a la caverna para desvelar lo que hay fuera, sería asesinado por los que siguen encadenados desentrañado sombras, con los ojos achinados, en este caso, en la obra de Archimboldi, no por nada unas páginas más adelante mi padre hace una analogía de los prisioneros platónicos con los intelectuales mexicanos. Los críticos no entienden nada, lo reconocen, pero mi padre es humilde y expresa que solo ha dicho tonterías. Entonces los críticos se sienten a salvo, Óscar Amalfitano ya no supone un rival para ellos, para su tipología de crítico literario, el crítico único, el más agudo, el que se consagra al descubrir al genio. De este tipo son Espinoza y Pelletier, en mucha menor medida Norton y Morini.

Rosa y Lluís han vuelto al metro. Ella le ha invitado a cenar con su padre. Sus libres albedríos se han complementado. En el despiste también coinciden, pues en la infraestructura subterránea del DF, es Lluís quien está ahora, como junco entre nenúfares, aprisionado por mujeres que pueden darle una madriza al considerarlo un pervertido. Rosa le ha despejado sus greñas rockeras en un intento por pasar desapercibido. Entre mujeres esos gestos de confianza no llaman la atención. Aun así, alguien le ha tocado la verga, varias veces, como quien golpea al timbre de recepción de un hotel. A los testículos también les han tratado de dar música de cascabeles. Se lo comenta por lo bajinis a Rosa, quien musita que ella no. Para protegerlo se acerca más a él, quien siente los pechos de ella. Un dedo anónimo presiona el ano de Lluís y, al instante, se viene. Le informa de la eyaculación a Rosa, quien pregunta en un susurro si física o mentalmente. Lo primero, masculla él al punto en que el vagón se detiene. Se abren las puertas y Rosa tira de Lluís.

Respiran.

Como dijimos Rosa ha invitado a su nuevo amigo a cenar con su padre. Después de los frijoles, Óscar Amalfitano le explica a Lluís que pidió una excedencia en la Universidad de Santa Teresa para trasladarse al DF y dedicarse a traducir a Archimboldi para una editorial interesada en la infraficción, pero todo se ha ido al carajo, dice Óscar Amalfitano, la editorial ha sido adsorbida por un potente sello internacional que ha desestimado el proyecto. Mientras se le agota la excedencia, Óscar vaga por el DF jugando partidas callejeras de ajedrez, postergando el tomar una decisión sobre la propuesta de su hija: volar a los Estados Unidos donde Rosa tiene un amigo que puede procurarle una chambita como profesor nocturno de filosofía aplicada al periodismo.

            A Lluís se le atraganta la enchilada y el cuento con final cerrado desde hace semanas en las oficinas de la editorial, debe resolver ese final ya imposible donde se iban a reunir él mismo, Óscar Amalfitano y el editor que iba a apostar por la infraficción. Lluís vuelve a duras penas al tema de los críticos literarios. Rosa define los tipos: además del único o agudo, ya mencionado antes, está el crítico dulce, el que abre camino al escritor con sus recensiones benévolas; y el amargo, el que reparte sus reseñas salvajes.     

        

(Pintura de cabecera: Cabeza de mujer con máscara, Karl Schmidt Rottluff)


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