LOS OJOS DE LAS RUBIAS, Autora: Raquel Arqued González

Rumia. Eleva la cabeza. La mandíbula de la Rubia se mueve al ritmo lento de las nubes. Arriba y abajo. Arriba y abajo. Unas babosas briznas resbalan de su boca. La humedad del ollar rezuma la del ambiente. Rumia. La vista fija en el valle. La vacía mirada detenida en el camino. Un camino serpenteante que aparece y desaparece entre laderas verdes.

—Puto camino—masculla asido al volante.

—Relájate, es lo que hay.

—Ya lo podían arreglar un poco.

—Otros peores has conocido.

La ambulancia salta yéndose de lado a lado.

—Preferiría ir en borrico.

 —Solo son un par de kilómetros y después, carretera.

 —Llena de curvas.

 El copiloto se gira.

 —¿Qué tal vamos por ahí?

Una voz responde ininteligiblemente.

—No se preocupe, en seguida salimos a la carretera y ya, pan comido.

—Me duele —se distingue entre gimoteos.

—¿El qué?

—¿Pues qué va a ser?

—Cualquier cosa. Si le pregunto es porque ahora mismo a mí me duele hasta el alma con tanto salto.

—El ojo —resume el hombre.

—Normal, se le ha salido. Ya verá cómo en el hospital se lo dejan como nuevo —y guiña el suyo conscientemente—. Usted no deje de poner la mano cóncava sobre las gasas.

—¡Qué cabrón! —masculla el conductor.

Un grito se eleva en el valle. La Rubia gira la cabeza. Deja de rumiar. Las Rubias giran la cabeza. Son una. Un rebaño. El rebaño escucha sangre. Huele dolor. Todo reconocible. Los cencerros recogen sus movimientos intranquilos.

—¡Ay!

Los cuerpos vuelven a recolocarse en los asientos después del último vaivén que casi los saca del camino.

—¿Qué fue? —interroga el conductor frenando el vehículo.

—He notado algo, algo raro.

—Aguante un poco; un tramito y ya casi estamos. Luego es coser y cantar.

—Que le digo que no estoy bien, que no puedo más. Míreme el ojo.

—Aquí no hay luz.

—Pues déjeme bajar.

Abandonan los asientos delanteros. Ayudan al tercero a salir. Lo sientan sobre una piedra. El conductor se apoya en la puerta. Enciende un pitillo.

—Tenemos compañía.

Vacas. El vaho que sale de su boca se interpone entre él y ellas.

El copiloto se enguanta. Retira con cuidado los esparadrapos. Quejido.

—¡Qué delicao! Las cejas crecen, no se preocupe —exclama terminando de levantar las gasas—. Pero ¡no puede ser!

—¿Qué pasa?

—¡Increíble!

—¿Qué fue? —pregunta intrigado el conductor.

—Pues ¿no se le ha colocado el ojo? ¿Me ve, amigo?

—Claro, claro que lo veo; ver, veo, pero me sigue doliendo.

—¿Pero me ve bien?

—Retírese un poco.

El hombre mira a lo lejos.

—Pues algo no debe de ir bien.

—¿No ve?

—Veo visiones.

Se incorpora. Señala. Monte arriba. El copiloto se gira. El conductor hace lo propio. Un salivazo con hebras de tabaco se propulsa de su boca. Al fondo, nubes que amenazan lluvia.

—Parece que va a llover —dice el copiloto.

El paciente apunta. Las tres miradas incrustadas en la montaña. Las más de veinte miradas detenidas. ¿Qué tipo de monstruo se desliza por la ladera?

Los tres hombres se incorporan. Un silencio ocupa el espacio del grito de hace un momento. El silencio se acerca. Se distinguen dos hombres. ¿Dos? No, cuatro. Entre ellos una cama. La cama se cimbrea. Se ladea. Algún hombre tropieza. Parece que disminuyan su carrera.

Silencio. Silencio entre los hombres. Silencio entre las vacas. El cielo se oscurece.

Los palafreneros frenan la cama. Alcanzan a los observadores. Se dejan vencer. Sobre la hierba. Saludan con un gesto. Sonríen.

—Lo conseguimos.

Sobre la cama, una mujer.

—O mi ojo me engaña o es la Marce —dice el aspirante a tuerto.

Sudorosa como si el agua que se avecina se hubiera precipitado sobre ella. Los puños asidos al cabecero. Las manchas en las sábanas blancas evitan preguntas.

—La partera no llegaba —explica entrecortadamente uno de los porteadores—. Os habíais ido con el Julián y su ojo.

Cae un rayo.

—Pensábamos que tendríamos que llevarla nosotros, así, a cuestas, hasta la ciudad. El muchacho parece que viene atravesao. Ninguna mujer podía ayudarla.

La Marce y el cielo truenan.

—¡Ale! A la ambulancia —dice el copiloto.

—No es buena idea —añade Julián.

—Rápido. Tenemos que llegar cuanto antes.

La Marce lo refrenda con otra queja.

—Miradme a mí.

—¿Qué fue, Julián? No nos líes con tus cosas.

—Miradme os digo.

Lo hacen. Chispea.

—Que se me ha arreglao el ojo —aclara abriéndolo lo más posible.

—Pues genial, Julián, más espacio en la ambulancia.

—No lo entendéis.

—¿Qué hay que entender?

—Que a mí se me ha metido el ojo con el vaivén. Si la Marce sube…

—No desvaríes, viejo. ¿Qué quieres decir? ¿Que se le va a ir la criatura pa’dentro?

La Rubia fija su mirada bovina en la Marce. La Marce mira al frente. La ambulancia en el camino. La serpiente terrosa perpendicular a la carretera. El asfalto que guía al valle. Las montañas como paredes lejanas.

—Lo mejor es que la carguemos cuanto antes.

La Marce mira a la Rubia.

—La partera. Hay que acercarla a casa de la partera.

La Rubia vuelve a rumiar. A ritmo. Arriba y abajo. Arriba y abajo.

—Que no. Que la ciudad no está tan lejos.

La Marce resopla. A ritmo. Respira y empuja. Respira y empuja.

—Ten en cuenta la lluvia.

La Rubia rumia.

La lluvia cae.

La Marce pare.

El trueno retumba.

El bebé llora.

Raquel Arqued González

05-09-2021


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