REFLEXIONES I, SOBRE LA VIOLENCIA; Autor: Joaquín Pérez Sánchez

El 19 de noviembre de 1984, me despertó un fuerte movimiento. Una potente detonación acompañada de un ruido raro, como un zumbido y la inmediata iluminación total de ese oscuro amanecer. Por unos segundos la noche se hizo día. La incertidumbre y la curiosidad por saber qué había provocado tal estallido se incrementó ante los gritos y el nerviosismo que surgía de un pasillo exterior a mi dormitorio: «¡nos atacan los rusos! ¡los rusos!».

Después de unos minutos, llegó la siguiente explosión. No recuerdo bien si fueron dos, tres o más, pero no se me olvida la sensación de incertidumbre y temor que se producía con las detonaciones y el calor que las acompañaba.

Sin embargo, la adrenalina de la juventud nos impulsó, a un grupo de amigos de la calle, a trepar rápidamente por el cerro que formaba parte de nuestra colonia y tras el cual se intuía el origen de esa zozobra.

No, no encontramos tanques o militares enfrentados en sangrientas batallas, tampoco vimos aviones volar rasantes y arrojar bombas o ametrallar la tierra como estábamos acostumbrados ver en las películas de guerra. Nada de eso, sólo uno enorme soplete emergiendo de la tierra y a su lado la silueta de grandes salchichas de metal que almacenaban combustible y que, algunas de ellas, fueron lanzadas por los aires como frágiles juguetes, incendiando todo a su paso.

Sabíamos que era una planta de gas y que, como ocurre en muchas ciudades del entonces llamado Tercer Mundo, fue rodeada por decenas, miles de casas de familias en condiciones precarias. Esa mañana murieron cientos de personas en un instante, la mayoría ni se enteraron, sus cenizas petrificadas dieron la vuelta al mundo en forma de macabras fotografías. Entonces la información gráfica de las tragedias no estaba del todo censurada y la inmediatez informativa no era tanta. Nosotros, quedamos impactados por unos instantes ante el horror de la catástrofe. Luego poco a poco nos unimos para ayudar a los heridos que huían de ese infierno. Esta violencia fue accidental.

Otro día 19, esta vez de septiembre, en 1985, experimenté otra extraña sensación, mezcla de miedo, excitación y asombro. También era de mañana, poco más de las siete. Otra vez la tierra se estremecía, de tal forma que me impactó ver el balanceo de las aguas de una vieja pileta en el patio de la casa, desbordándose y caer sobre el piso que también se retorcía.  Varios objetos sobre una repisa amenazaban con caerse y el azote de las puertas dentro de la casa era impactante. Quizá fue un minuto o dos. El tiempo se alarga o se encoge según la intensidad de los recuerdos.

Fue un terremoto, el primero del que yo tuve memoria. Según se explicaba entonces, los movimientos telúricos en la Ciudad de México eran más o menos normales, pero en la zona norte donde yo vivía, a las faldas del cerro, eran prácticamente imperceptibles. Sin embargo, éste fue muy notorio.

La curiosidad y el nerviosismo por saber qué había pasado, si mi familia se encontraba bien, me llevó a buscar respuestas. La televisión no estaba al aire y algunas estaciones de radio empezaban a reportar una catástrofe. En ese tiempo, según recuerdo, las preocupaciones sobre la seguridad y la sobrevivencia de las personas se vivían a otra velocidad, al menos en mi ciudad. Saber qué pasaba, dependía de los teléfonos, la televisión, la radio y en menor medida los periódicos, y como siempre, la de estar en el lugar de los hechos.

Atravesé a pie la ciudad de México, de norte a sur, y de regreso y entonces comprobé la magnitud de la fuerza de la naturaleza.

Otra vez miles perdieron la vida bajo los escombros, de cemento y hierro retorcidos. La imagen de grandes edificios desmoronados o sosteniéndose parcialmente, se repetía sobre todo en las calles del centro de la ciudad. Parecía una zona de guerra, ésta sí como la de las películas bélicas. Esta fue una violencia de la naturaleza.

Cuando la curiosidad se agotó, otra vez la solidaridad se hizo presente y nos unimos a las brigadas de rescate. Miles ayudaron sin descanso, durante un par de días, luego algunos arroparon la rapiña. La solidaridad parece que dura instantes, mientras que el ansia de poder y la avaricia, junto con la violencia que los acompaña, se perciben cotidianos en la humanidad.

La muerte provocada por accidentes o la fuerza de la naturaleza es muy diferente a la que ejerce el hombre. Aunque se considera que hemos evolucionado bastante, la violencia entre los hombres nos acompaña desde los albores de la humanidad y, hasta la fecha, no hemos podido erradicarla. A finales del siglo pasado cubrí en Centroamérica, el proceso de paz en Guatemala, donde la guerra interna provocó, en más de tres décadas, miles de muertos.

Sólo en Colombia el conflicto duró más años. Viví de cerca el proceso de los refugiados guatemaltecos en México, miles de personas, en su mayoría indígenas, huyendo de la guerra, la violencia indiscriminada y el terror. La solidaridad inmediata surgió de nuevo, sobre todo entre la gente común. Sobran los testimonios acerca de las de víctimas de esos conflictos y la ayuda solidaria que recibieron. Las causas de esas guerras poco han cambiado, mientras que los responsables, la mayoría siguen sin castigo.

Las armas continúan fluyendo, ya no para un escenario de una “revolución armada”, ahora las narrativas hablan de “guerra contra el narcotráfico”, “seguridad interna”, “estabilidad democrática”. Los dueños de las armas siguen ganando.

Estamos en la era digital, según se cree la cosa va cambiando. En la vida cotidiana se privilegia lo reciente. Entre más pasa el tiempo los hechos se recuerdan como si se trataran de una película o algo parecido. Así, por ejemplo, me veo sentado en el sofá de mi casa una noche de enero de 1991, cuando se transmitió, en vivo y a todo color la entonces famosa “madre de todas las batallas”, según el líder iraquí Sadam Husein. La guerra del Golfo Pérsico, si no me equivoco fue la primera transmisión de una guerra por televisión. Para la coalición “occidental” liderada por Estados Unidos, se llamo “Operación Tormenta del Desierto”.

Misiles, bombardeos teledirigidos, imágenes nocturnas de destrucción, miedo y horror en forma de bombas. La guerra en las pantallas. “La respuesta será nuclear”, recuerdo que dijo una reportera desde Tel Aviv, al informar que caían misiles sobre esa ciudad.

Afortunadamente, la información resultó falsa. Como sucedió posteriormente, en 2003 con la segunda guerra del Golfo. Todos los argumentos sobre el presunto armamento nuclear en ese país, que en ese tiempo se utilizó para justificar la invasión. Miles murieron, miles fueron desplazados y miles salieron a las calles a protestar por ese escenario. El miedo permeó en algunas de las grandes metrópolis. Pese a la política de “si no estás conmigo, estás contra mi”, la solidaridad se manifestó otra vez.

Sin embargo, esa y otras guerras de conquista o de influencia regional no han dejado de ocurrir.  La narrativa siempre es la misma. La lucha por la libertad, por la democracia, por los derechos humanos, por “nuestros valores”. El resultado siempre es el mismo, miles de muertos, miles de desplazados y nueva configuración de las esferas de poder. El miedo y el terror de que alguien, algún día apriete el botón nuclear.

El siglo XXI suponía un avance de la democracia, el presunto respeto a los derechos fundamentales. Las guerras habían disminuido, al menos en intensidad y en puntos muy focales, pero sobre todo alejadas de los centros de poder de lo que llamamos occidente (Estados Unidos y los países europeos). Sin embargo, era una fantasía, el actual conflicto en Ucrania así lo demuestra.

Hoy la invasión de Ucrania me tocó desde Estocolmo, capital de una monarquía parlamentaria que, curiosamente, es lo más parecido que encuentro con las ideas del socialismo. La tercera vía le llamaron en su momento a las políticas de este y los otros países escandinavos. En los últimos años esta vía está bajo acecho.

Con la invasión rusa a Ucrania, la guerra volvió a Europa y echó por tierra el “fin de la historia”. Nuevamente los medios de comunicación transmiten en vivo y a todo color sus efectos y las narrativas de uno y otro bando se tratan de imponer como mantra, ambas contienen falsedades a todas luces, pero ¿a quién le importa?

Nuevamente se expresa la solidaridad espontánea de la humanidad. Miles mueren, miles son desplazados y el miedo y el horror se vuelve a aplicar y logra algunos de sus objetivos, entre los cuales, inmovilizar la crítica social. En tanto, las empresas de armamento siguen haciendo caja.

Yo apago la televisión, ya es suficiente con lo que recibo en el móvil. Me dicen que en México hace un tiempo esplendoroso, mi mamá acaba de festejar su 90 cumpleaños. Una mujer fuerte y lúcida, como la mayoría que me ha tocado en suerte conocer. Pienso que, si alguna esperanza le queda a la humanidad por cambiar la violencia congénita que nos acompaña, está en lado de las mujeres.

Estocolmo, marzo del 2022.

(Fotografía de cabecera, Autor: Luis Alberto Pérez Sánchez)

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