PRESO Nº 878, Autora: Ana Melgosa

Hace unos meses, descubrí a través de Twitter la canción de Pedro Pastor, Los Olvidados. La compartía @JuanDiegoBotto. Al escucharla no podía contener las lágrimas, salían solas, de esa manera en la que sale el dolor y la pena sin control ni pudor.

Las palabras me traían y llevaban hacía esa ola inmensa que sabes que puedes y debes de atravesar para poder sobrevivir. Con una emoción enorme escuché:

«los acusados

y fusilados por sus ideas,

los extinguidos,

abandonados bajo ese suelo

sin una rosa.»

A esta parte de la canción podía ponerle cara. La de mi padre, la de mi abuelo.

Dentro de poco hará cuatro años que mi padre murió. Y lo hizo con una espinita clavada como decía él, no saber exactamente dónde habían fusilado a su padre y por lo tanto, dónde estaban sus restos.

Cuando era pequeña, me gustaba quedarme a dormir con mi abuela algún viernes. Después de cenar, sentadas al lado de la estufa, nos poníamos a ver fotos antiguas y no dejaba de preguntarle quiénes eran los que allí estaban. Siempre terminaba el rato diciéndole: Abuela, ¿cómo murió el abuelo? Otra vez, me contestaba ella. Sí, respondía yo. Y delante de la única foto que conservaba de ellos dos, volvía a contarme la historia.

Los nacionales fueron a casa y se lo llevaron, tu abuelo no estaba metido en política, pero su hermano, sí. Dijeron que si se presentaba voluntariamente, a él le soltarían. Y como si fuera una pregunta nueva, yo le decía: ¿Y qué pasó? Pues que su hermano se entregó, pero no soltaron a ninguno de los dos, respondía ella. Estuve yendo al penal de Burgos a verle durante poco tiempo, a llevarle mantas. Pero un día llegué y ya no estaba. ¿Dónde se le llevaron?, abuela. No lo sé hija, uno del pueblo al cabo de los años dijo que le había visto en un penal de Santander pero nunca lo supe.

Se quedaba entonces mirando fijamente la foto, con aquellos ojillos azules pequeños y redondos. Yo observaba su gesto, su cara llena de aquellas arrugas que no da la edad sino el sufrimiento y el trabajo duro. Abuela, ¿Por qué hicieron eso? La guerra, hija. La guerra. ¿Y mi padre cuántos años tenía? Acababa de nacer.

Desde siempre he tenido curiosidad por saber el origen de mi apellido y todos estos años he intentado buscar algo en las redes, siempre con el íntimo deseo de que en algún momento apareciera el nombre de mi abuelo y darle a mi padre la alegría y el descanso. Hace unos meses, me planteé buscarle. Entré en páginas de memoria histórica, buceé acá y allá donde pudiera encontrar algo, pero tenía muy pocos datos por no decir ninguno.

Dos semanas más o menos han pasado desde que de pronto, sin saber muy bien el motivo, cogí el móvil y puse en el buscador, Rafael Melgosa. ¡Y salió un Rafael Melgosa! Temblaba, literal. Entraba en aquellas páginas con tanta emoción y ansiedad que no era capaz de poder leer. Todo coincidía, los pocos datos que había, cuadraban. Incrédula y profundamente emocionada me preguntaba: ¿es él? Es él, afirmaba al tiempo. Lloraba y susurraba con un hilo de voz: ¡Papá, le he encontrado! ¡Le he encontrado, papá! Después de tantos años, había encontrado a mi abuelo. Sabía dónde le habían fusilado y cuándo. Había sido unos días antes de que mi padre cumpliera dos años.

Al cabo de unos días, respondí a un tuit de @olgarodriguezfr, escritora y periodista muy implicada en memoria histórica entre muchas otras cosas. Olga retuiteó mi respuesta y aquello empezó a fluir. Un mensaje privado de @HedyHerrero (Fuerte de San Cristóbal) donde se ofrecía a que le diera el nombre de mi abuelo y enviarme toda la documentación que tuviera sobre él. Así como mensajes de apoyo y cariño. Hedy me envió los datos de los que disponía y ahí vi que ese hombre al que tanto deseaba encontrar había sido el preso nº878.

Ahora solo me resta subir a Pamplona, al Fuerte de San Cristóbal, pisar aquel suelo que pisó él y dejarle su rosa. Ojalá no quede nadie sin la suya. El final de la historia se la conté a mi abuela ya.

No olvidaré

para que haya servido de algo tanto desvelo,

para que no se pierda el poema bajo el sombrero.

No olvidaré

para poder hablarle a mis hijos de los abuelos,

para que un día al fin descansen, justos, los huesos.

No olvidaré…

Rafael Melgosa Arribas

Asesinado el 6 de junio de 1938.


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