EL ELEFANTE BLANCO, Jean-Pierre Claris de Florian

Estimadas lectoras y/o lectores:

En mi familia cuentan, de vez en cuando, que un tatarabuelo nuestro conoció a Voltaire; añaden que se encontraron en Ferney, y que fue a mediados de 1756. También indican que la visita dejó tan buen recuerdo en ambos que no solo intercambiaron correos periódicamente sino que, años después, Voltaire le confió la custodia de su sobrino Jean-Pierre cuando este realizó un viaje por España. El propio Jean-Pierre, en agradecimiento, allá por el año 1792, nos enviaría un ejemplar de la primera edición de su libro, “Fables”.

Pero todos sabemos cómo son las narraciones que habitan la memoria familiar: exageradas, difusas y, en muchos casos, alteradas, para bien o para mal; lo cierto es que en casa de mis abuelos hay un ejemplar de ese libro escrito en francés, una pena que una anotación manuscrita de la página primera traicione el memorial de hechos y hazañas familiares: Pueyo, calle del Candil, 1.

No importa, estoy seguro de que en la próxima reunión familiar, puede que mi tatarabuelo ascienda un poco más en la escala literaria y sea quien se encargó de llevar hasta Francia las últimas noticias sobre el terremoto de Lisboa, os dejo con una fábula de Jean-Pierre Claris de Florian.

M. C. A., para Yukali Página Literaria

EL ELEFANTE BLANCO

Jean-Pierre Claris de Florian


En varios países de Asia se venera a los elefantes, en especial los blancos. Tienen por establo un palacio, comen en recipientes de oro, todos los hombres se postran ante ellos y los pueblos luchan para arrebatarse tan preciado tesoro. Uno de estos elefantes, gran pensador, inteligente, le preguntó un buen día a uno de sus conductores por qué le rendían tantos honores, dado que en el fondo él no era más que un simple animal.―¡Ay! Eres demasiado humilde ―fue la respuesta―. Todos conocemos tu dignidad y toda la India sabe que, al abandonar esta vida, las almas de los héroes queridos por la patria habitan por un tiempo en los cuerpos de los elefantes blancos. Nuestros sacerdotes lo han dicho, por lo tanto debe ser así.

―¡Cómo! ¿Somos considerados héroes?

―Sin duda.

―De no serlo, ¿podríamos disfrutar en paz, en la selva, de los tesoros de la naturaleza?

―Sí señor.

―Amigo mío, entonces déjame ir, porque te han engañado, te lo aseguro; si reflexionas comprenderás de inmediato el error: somos altivos, pero cariñosos; moderados, pero poderosos; no injuriamos a los más débiles; en nuestro corazón, el amor sigue las leyes del pudor; pese a la situación privilegiada en la que nos encontramos, los honores no han modificado nuestras virtudes. ¿Qué más pruebas se necesitan? ¿Cómo es posible que alguien haya visto en nosotros el menor rasgo humano?


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