GRACIAS, HIJO; Autora: Ana Melgosa

Cuando le vi por primera vez pensé que nunca podría ser más feliz. Cuando dio sus primeros pasos tardíos pensé que nunca podría estar más orgullosa mirando su cara de sorpresa y su sonrisa infinita.

El primer día que tuvo fiebre y se acurrucó en mi pecho creí que no podría volver a sentir esa sensación de plenitud en el alma.

Sus medias palabras, sus rizos, sus ojos alegres, su mano en la mía siempre. Sus besos, su LUZ. Todo llenaba la soledad de mi corazón y lograba hacerme tan feliz como imaginé aquella mañana del mes de marzo cuando salió de mí.

Creo que no aporto nada si digo que solo por mi hijo daría mi vida. Sin pensar, sin dudas y con todo el amor que una madre puede almacenar dentro de sí.

El tiempo fue pasando y la vida nos reserva siempre sorpresas de las buenas, unas veces y de las menos buenas, otras.

Y de pronto fue él quien dio parte de su vida por mí. Su mirada no era tan alegre como antes pero nunca le faltó esa LUZ que me daba esas fuerzas infinitas para poder continuar hacia adelante. Lo logramos, los dos fuimos uno, y salimos.

Tengo la sensación de que solemos ser los hijos los que damos las gracias a nuestros padres. Hoy, en voz baja y algo quebrada quiero ser yo, la madre, la que dé las gracias a su hijo.

Me rompo por dentro cuando a punto de cumplir dieciocho, siento su miedo al dar el salto a la vida adulta. Él, que empezó a serlo hace tanto tiempo y sin saberlo. Me duele hasta el ahogo cuando me doy cuenta de que ni mi pecho ni mi mano sirven ya para calmar su dolor. Mi cabeza da vueltas y mi corazón se estremece al pensar que no soy capaz de poder aliviarle en sus dudas y con sus miedos.

Llega el llanto, ese llanto incontrolable, sin decoro ni pudor, ese que sale de la entraña. Lágrimas amargas de impotencia y dolor. Escucho un piano que me regala a Amèlie. Y quiero decirle, gritarle, cantarle al oído…

«Soy fuerte porque soy volcán, nunca me enseñaron a volar pero el vuelo debo alzar». Aquella canción que tumbada junto a él le susurraba al tiempo que acariciaba su pelo para que él se durmiera. «Mamá, cántame la canción», decía. Y yo, una y otra vez en voz baja, cantaba. Esa que te cantaré siempre que la necesites escuchar para que tu sueño sea placentero y sobre todo, feliz.

Iba a terminar pidiendo perdón por este momento de desahogo imprescindible. No lo voy a hacer. No voy a pedir perdón por, además de ser madre, ser un ser humano. No voy a pedir perdón por desnudar el alma y gritar con palabras escritas que no soy perfecta. No lo haré porque no hay nada que perdonar.

Lo que sí haré será pediros que nunca os canséis de decir te quiero.

¡Feliz Navidad! ¡FELIZ VIDA!

Ana Melgosa


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