MUJERES JUGANDO AL GOLF, 1930. Juanma Cuerda.

El título completo de la fotografía es «Cuatro mujeres en pantalones cortos jugando al golf» y cuando uno ve el resto de la serie entiende que es, sin ánimo de ofender a los herederos, cuanto menos inexacto.

No queda claro si el responsable del rótulo es el mismo fotógrafo, Sam Hood, que cubrió el evento social o fue el consejo editorial de la publicación, el semanario de “The Australian”, el que decidió que la aparición de esas mujeres liberadas vistiendo los mismos shorts que sus acompañantes constituía la principal aportación a la crónica social de la época que acompañaba la fotografía.

Si nos pusiéramos las cínicas gafas del siglo XXI probablemente habríamos optado por un título más preciso como «Mujeres en un campo de golf, llevándoles los palos a tres tiarrones como tres armarios roperos», pero, eh, ¿quiénes somos para decir que un caddie no está también jugando al golf? Si se patea los mismos hoyos que el jugador, cargando con el bolsón que contiene los tres palos necesarios y un par más de por si acasos que se sacarán varias veces, se examinarán y se devolverán al macuto sin usar pero pesando lo mismo. ¿Quiénes somos nosotros, gentes del futuro, para decir que esas caddies no están también jugando, de otra extraña manera, al mismo deporte que los que se dedican a guiñar los ojos, pedir silencio y luego, cuando la bolita quede lejos de la banderita, refunfuñar por lo alto o lo bajini? 

Nos gusta esta fotografía por lo bien que lo pasa esa pandilla de aristócratas en los menos felices años 30. En la treintena ellos y en una jovial veintena ellas. Dos líneas de golfistas en potencia, puesto que, al fin y al cabo, en este momento nadie puede asegurar quién blandirá el drive en el próximo hoyo.

A la derecha, liderando la vanguardia, el líder del grupo (por lo menos hasta que el sol se ponga) cuenta una anécdota o clava un chiste ante un público entregado de dos jugadoras que están disfrutando, una más que otra, la mañana de su vida. Nos gusta este tipo que guía al grupo, probablemente el anfitrión y dueño de la mansión que llena el fondo o, en su defecto, el socio numerario del club de golf al que ha invitado al resto. Nos gusta porque lo vemos miope, desgarbado y con nula preparación atlética y porque le hemos pillado en el momento en que su arsenal de chistes preparados está en su punto álgido. Y así, se monda de risa a su lado, una de sus futuras mejores amigas, que claramente no es la primera vez que escucha la broma de los dos judíos en el ascensor y la moneda de veinte centavos, pero que sabe que mientras esté a su lado, instándole contar otro, animándole a repetir el final dos veces para poder contarlo como se tiene que contar la primera de ellas y sumarse a las risas de su público durante la repetición; ella sabe, repetimos nosotros también, que las graves conversaciones sobre el futuro de Europa o de la siderurgia regional que vendrán después tardarán un minuto, una hora más en destruir la ligereza de esa maravillosa mañana. A su derecha, cerrando la vanguardia del grupo, la segunda de las mujeres en shorts a las que hemos venido a visitar les acompaña guardando las distancias, un poco en términos de pulgadas, pero sobre todo en onzas de estatus social, mientras les sigue la broma sin asomar los dientes, prudente como siempre, echando una mano al hombro a la primera dama como diciéndole «ríete un poco menos fuerte, prima, que nos está viendo todo el mundo». 

En el rincón opuesto, con porte de galán de cine, hombros como un sofá de tres cuerpos, piernas acostumbradas al sol y una sonrojante idiosincrasia respecto a los usos y costumbres de su ropa interior, nos mira un viva la virgen de catálogo con franca simpatía, mostrando la sonrisa que acaba de terminar de pagar a su dentista —probablemente también en esta misma foto— y peinado a partir de una raya perfecta, ofreciendo, al quien se acerque a mirar, sus pómulos llenos y su barbilla de director ejecutivo de banca de ámbito regional. Juguetea con un objeto en la mano que no sostiene el putter y bien podría ser la bola, por lo que deducimos que la fotografía ha sido tomada entre hoyo y hoyo y que nuestro Johnny Weissmuller local acaba de embocar su par. 

A su lado, otras dos sonrisas francas, pero menos efusivas, mostrando su blanca risa a quien quiera mirar, pero con las bocas ya cerradas lo justo, diciendo sin decir que el chiste terminó hace un instante y que, estando en la segunda fila, tampoco es necesaria una carcajada que haga que los de delante se vuelvan hacia ellas. Dos sonrisas en apacible inercia, pisando con fuerza y buen tacón, con el mentón arriba y las miradas encendidas, bajo dos gorretes a la moda cloché, dejando un estudiado mechón de pelo asomar sobre la oreja, que somos coquetas, pero no calvas. 

Acabamos con el odontólogo de moda en Palm Beach, el único que mantiene el decoro en la vestimenta y  parece sinceramente cómodo con la chaqueta puesta, como diciendo «no me la quito, que me recoge el cochero en quince minutos». Aquí hay gafas de sol y bigote, por lo que nuestro dentista bien podría ser agente de una CIA todavía inexistente en busca de futuros comunistas de clase alta. Con la mirada alta y sosteniendo algo en la mano oculta, un improbable bastón o el putter que falta en la bolsa, nuestro odontólogo permanece ajeno al chiste que llena el encuadre, ensimismado en sus pagarés y sus notas de gasto, cavilando cuánto tiempo, en términos de futuras consultas y posibles nuevos y acomodados clientes, le queda a esta interminable mañana.

Juanma Cuerda, octubre de 2021

@juattman

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