SKADI, Autora: Raquel Arqued

 

I

Aullaban. Todos los días. Desde hacía dos lunas. Desde que apareció en el umbral la joven del mechón blanco. Aullidos de cuerpos invisibles, de pisadas sin huella, de hocicos adelantados. Llegaron a la vez. Skaði y los lobos. Todas las religiosas relacionaban los dos acontecimientos. Todas callaban.

Cuando madre portera abrió, la recién llegada temblaba. Ambas tiritaban. Ambas de miedo. Miedo a los incipientes aullidos cada vez más cercanos la una; al rechazo de acogida y calor, la otra.

Los aullidos se convirtieron en nanas vocálicas que asistían a las completas como los quiquiriquíes acompañaban las laudes. Y así sus ecos entraron a formar parte de las horas.  

II

El único sonido que trajo Skaði fue el de los lejanos animales. Ella permanecía en silencio.

Los cuchicheos daban la vuelta al claustro. Los rumores bailaban entre la música de los cubiertos. Los chismes corrían entre las notas que se pasaban en vísperas imaginando toda suerte de desdichas vividas por Skaði. Los secreteos llegaron a sustituir a las oraciones. Con la invocación Deus in adiutorim meum intende. Domine, ad adiuvandum me festina, enmudecían las murmuraciones dejando paso a los aullidos.

            El silencio terminó incorporándose a la rutina de las religiosas. Ya nadie hablaba sobre Skaði. Solo la observaban. Callaban. Celaban.

III        

Desde que tocó el portón, Skaði no pronunció palabra. Sus ojos grises, bien abiertos, parecían chillar: ¡Acogida! Sus manos se transparentaban prietas bajo el sayal, abrazándose. Su espalda se inclinaba encorvada hacia delante, sumisa. Según la hermana portera, proclive a la genuflexión.

Ya entre los muros del convento solo se comunicaba con su cuerpo. Un cuerpo que parecía tenso realizando las tareas encomendadas. En silencio. Un cuerpo atormentado que se desplazaba como las corrientes de aire bajo las puertas. Sin ruido.

Sus ojos permanecían bajos pero en continuo movimiento. Ojos apagados que distinguían la persecución de los caídos de la anciana madre superiora. Ojos redondos que sentían en las espaldas los saltones de la hermana portera. Ojos de largas pestañas que abanicaban la mirada furtiva de los almendrados de las novicias. Ojos de concentración en las tareas mientras captaban la mirada de soslayo de los ojos hundidos de la hermana cocinera.

Solo en la soledad de su celda, con la mesilla trabando la puerta y el cuchillo bajo la almohada, acunada por los aullidos, cerraba los ojos.

IV       

Llegó la tercera luna. La noche cayó y lo hizo en silencio. Ni un gruñido, ni un aullido. Las religiosas se encerraron e invadieron sus celdas de plegarias y súplicas. Las velas ardieron durante toda la noche. 

Skaði dejó la puerta entornada. Un sueño relajante la invadió mecida por las preces. El camisón y el cuchillo reposaban junto a la mesilla anexa.  

Amanecería y las primeras luces serían las de sus ojos y su sonrisa. Las estaciones se sucederían hasta regresar al invierno.

V        

Los cadáveres congelados de las perdices blancales se encontraron confundidos con la nieve. Las madrigueras vacías y, casi a sus puertas, las aves. Como si hubieran salido a realizar un vuelo rasante y sus cortas alas no hubieran querido desplegarse. Extraño. La hermana cocinera así lo contó. Y sus ojos encastrados en el rostro mostraban la muerte contemplada que les serviría de alimento.

            En el refectorio se escuchaba el Evangelio. El Evangelio y el sonido salival de los huesecillos roídos por las hermanas. La palabra de Dios, el rechinar de dientes y un impetuoso ¡No! que brotó de la hasta entonces estéril garganta de Skaði multiplicándose en los ecos de su cuenco hecho pedazos.

VI       

La primera en abandonar el convento fue la hermana cocinera. Cuando se giró para despedirse, sus ojos eran cuencas vacías de las que colgaban pequeños témpanos. Esa noche se escuchó un lejano aullido.

            Una tras otra se vaciaron las celdas. Al mismo ritmo que el bosque espeso se fue colmando.

            Una mañana Skaði vio a la madre superiora plantada en el umbral, de espaldas al convento. La vio avanzar lentamente en la nieve. La llamó. Se giró apenas mostrando su perfil. Olisqueó el aire. Siguió alejándose a paso vivo, levantó el hábito para correr, se ovilló para galopar.

            La nieve se elevaba hacia las nubes cuando Skaði cerró la puerta tras de sí.

VII

Aullaban. Todos los días.

Raquel Arqued

6-03-2018

 


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