Entre lluvias y desiertos. Autora: Silvia Sánchez Muñoz

Apareces en la puerta, o eso quiero imaginar. Tus ojos abarcan por completo el horizonte, deseando todas las lluvias y todos los desiertos. Y entonces me pregunto dónde está el límite de la sed que ahoga, de los días incompletos, de tantos amaneceres en los que nuestros abrazos han sido

  pájaros sin cielo.

¿Dónde has estado?

No respondes. Prefiero no insistir. A las palabras hay que escucharlas, pero no buscarlas por más que se ansíen.

Como a los cuerpos.

Como al deseo.

Balbuceas algo y yo comprendo y te invito a pasar y te doy de beber porque hace un calor que ahoga. Me alabas el pelo. Empezamos a hablar, a querer contar demasiado en tan poco tiempo, ansiando recuperar los días perdidos. Porque los tiempos se pierden. Ambas lo sabemos, sabemos demasiado de habitar y deshabitar, de evitar esquinas y ángulos incómodos, persiguiendo caminos equivocados.

Estás aquí, digo.

Y sonríes, o eso quiero imaginar, de eso modo tan tuyo con el que apartas todas las tristezas. Entonces sé que no vas a preguntarme los porqués, y el aire que nos sostiene se torna más amable, como si hilos invisibles, de múltiples vueltas, nos envolvieran de manera vegetal formando vainas enormes.

Estoy aquí, dices.

Me tocas. Me acaricias la mano. Yo cierro los ojos y apuesto todo lo que tengo, sin saber qué será lo que haya que ganar.

O perder.

Los besos llegan después.

Y las lenguas.

  Y en ese momento y no otro, quiero que las nubes no avancen, que la luz del atardecer no se vuelva dorada. Ni las sombras negras. Que la noche no venga. Y que si lo hace, tus ojos sigan ahí. Como faros en medio de una tierra inhóspita. Entera para mí.

También quiero imaginar que es tu cuerpo desnudo —y no el de otra, de pliegues desconocidos y tristezas silenciadas—, el que empieza a trepar encima de mí, inquieto, juguetón. Voraz. Entonces nuestros brazos y piernas se ensamblan como piezas de apariencia perfecta, y la humedad pronto se apodera de la lengua, de los dedos, de la esfera gelatinosa y agreste que nos envuelve y sobre la que cabalgamos. Como caballos salvajes. Y todo se vuelve claro y oscuro al mismo tiempo, ¿qué color tiene el deseo? Un deseo sin espinas. ¿Los hay? Un deseo sin savia que ahogue y envenene. Te muerdo, te clavo los dientes en la clavícula, ansío traspasar la piel, morder sangre, conocer tu dolor hasta que gritas.

Grito.

Y nuestros cuerpos se mecen hasta la extenuación en un mar que seguirá alimentándose de infinitos cadáveres.

Todo esto quiero imaginar, mientras el cuerpo desnudo que reposa a mi lado, de pliegues desconocidos y tristezas silenciadas, se levanta y murmura algo en una voz que me cuesta reconocer. Sus palabras rebotan huérfanas en las sombras de la habitación. Miro el reloj y deseo que el tiempo avance rápido. Que la noche acabe. Y que la luz del amanecer apague los faros que alumbran los naufragios.

Imagen, Mujer acurrucada, Egon Schiele

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