RESEÑA de Manuel Cardeñas Aguirre sobre LA TRANSFORMACIÓN (“La metamorfosis”), Autor: Franz Kafka

El 3 de julio de 1883 nació Franz Kafka.

Gregor Samsa amaneció una mañana convertido en un horripilante insecto, «monstruoso bicho», dice el texto, o «escarabajo estercolero», lo llamará la criada. A partir de ahí, la tragedia empieza a caminar de manera inexorable hacia un final no buscado, simplemente, encontrado, en el que aquello que rodea al protagonista supera su voluntad, claro que, si no fuera así, no hablaríamos de tragedia propiamente dicha.

Si un 3 de julio de hace 138 años nacía Kafka, entre el 17 de noviembre y el 7 de diciembre de 1912, la Literatura, en uno de esos recovecos en los que le gusta detenerse, asistió a la escritura de una de las geniales obras del autor checo, La Transformación, y no solo la hizo suya, sino que la convirtió en referencia emblemática de esa escritura fantástica cargada de posibles y múltiples interpretaciones, alegorías y oscuros simbolismos que vienen a hablarnos de la vida mejor que la vida misma.  

El drama o la tragedia suelen caminar por las alturas o por los abismos, difícilmente a través de la cotidianeidad, quizás esta sea uno de las grandes aportaciones del autor checo, hacer de lo real más cercano motivo para dar verosimilitud a lo fabuloso: un sencillo comerciante de telas encerrado en una habitación, «la habitación de un ser humano», una familia “normal” que depende de él pero que variará su actitud en la misma medida que se va despegando anímica y económicamente, una vivienda convertida en circunstancial pensión, unos huéspedes tiránicos, un gerente que no distingue entre mercancía y empleado, una asistenta descarada y venida a más, un bastón, una cama, un armario, una ventana, una escoba, para qué más, posiblemente, el destino se teja de esta guisa.

Sobre el tema, el mensaje o la posible interpretación de esta obra se ha escrito tanto que mejor dejarlo ahí, estoy convencido de que nunca se acabará, cada generación traerá consigo su propia interpretación; desde mi punto de vista, al igual que ocurre con las grandes novelas, lo importante es la historia que nos cuenta y cómo nos la cuenta, lo que nos mantiene expectantes y ligados al texto desde su inicio es la asombrosa capacidad de Kafka para narrar, las primeras líneas nos sorprenden, pero es la evolución de la situación y de los personajes lo que nos mantiene enganchados al texto; es un relato autónomo que no necesita explicaciones, cada lector se hará su composición de lugar y generará su propia interpretación respondiendo a las múltiples preguntas que encierra la obra: ¿el ser individual enfrentado a la sociedad?, ¿la familia como institución opresora?, ¿el extrañamiento o la alienación como elemento definitorio de nuestro mundo?…, pero diré como dice el narrador de la novela en un momento dado cuando las preguntas acucian a Gregor: «preocupaciones inútiles»; en definitiva, el mejor Kafka posible: qué somos, qué queremos ser y en qué nos convertimos. Pero, no nos engañemos, nada hay definitivo en la escritura de Kafka todo es posibilidad e inquietud.

Estilísticamente, predominan los gestos visuales ―el famoso gestus kafkiano―, que dotan de realidad a los personajes y a los distintos escenarios fantásticos que su imaginación crea, como lectores no cuestionamos ni cuestionaremos que un ser humano se transforme de la noche a la mañana en un insecto, no es de recibo, porque Gregor acepta su situación monstruosa con una resignación consciente, como si, llegado al punto que ha llegado, todo le diera igual, y, a partir de ahí, se bifurca en dos, por un lado siente y piensa como el ser humano que es y, a la vez, su movilidad ―mejor dicho, su gestualidad― será la del insecto en el que se ha transformado: ¿pretende Kafka mostrarnos a un personaje que acepta su nueva identidad como única forma de liberación frente a lo que le rodea?, puede, pero mejor no buscar la identificación y mantenerse alejados de un texto que, si no andamos con cuidado y dejamos que se quede a vivir en nuestra mente, terminará por convertirse en algo obsesivo. Llama la atención cómo el narrador juega con los cambios de perspectiva, cómo unas veces se coloca al lado de Gregor y adopta su mirada personal y otras veces (sobre todo desde el final de la segunda parte) lo hace como un narrador distante y alejado que nos cuenta todo desde una supuesta objetividad. Y, por supuesto, esos juegos crípticos tan propios de Kafka, el apellido del personaje principal como adaptación de su propio apellido, la mesa del escritorio anclada a la existencia y el juego ternario que predomina en el relato: las tres puertas de la habitación de Gregor, los tres miembros de su familia aparte del propio hijo, las tres criadas, los tres huéspedes y las tres cartas de disculpa que escriben los familiares hacia el final de la obra, todo un juego cabalístico que vendría aderezado por esa compleja relación entre los dos hermanos, esa Grete que evoluciona más que ningún otro personaje en la obra, y un Gregor animalizado, obligado al silencio, porque es desposeído del lenguaje o al aislamiento y abandono de su propia familia, incluida la agresión por parte del padre.

Quizá el momento clave de la obra sea aquel, casi al final, en el que el narrador nos muestra la duda existencial del protagonista: «¿Y ahora?, se preguntó Gregor mirando la oscuridad que lo rodeaba», porque esa será la pregunta que les quedará a los lectores después de leer esta obra.

3 de julio de 2021, Manuel Cardeñas Aguirre


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