RESEÑA de Manuel Cardeñas Aguirre sobre CARTAS ABISINIAS, Autor: Arthur Rimbaud

Tusquets editores, 1980 y Ediciones del Viento, 2010

Llegué a Rimbaud pensando que Baudelaire era el mejor poeta francés del siglo XIX y  del XX, traía conmigo la idea de que el único camino posible del no-ser al ser era un viaje por París devorando tiempo ensoñado, poesía maldita y bebidas satánicas; leí EL BARCO EBRIO con la displicencia del que cree que ya ha leído todo y un poema más no es otra cosa que un accidente, las ILUMINACIONES me parecieron, más que nada, un estado de ánimo que ha nacido de la impotencia de un poeta que no puede dar palabra al último sentido de la vida, pero, amigo que bebes poesía como si fuera ron o ginebra destilada desde un verso, UNA TEMPORADA EN EL INFIERNO me golpeó con tal fuerza que me hizo comprender que de la Belleza a la Eternidad basta un poema, un miserable verso que sea capaz de atrapar ambas en lo indecible de la palabra —Alquimia del Verbo— y también descubrí que el poeta es un tipo valiente que se atreve a decir lo que aún ni siquiera está pensado.

Después hice lo que hago siempre que leo toda la obra de un autor: leer su biografía; y aparte de empaparme de la relación tormentosa con su madre natural, madame Cuif, y su padre poético, monsieur Verlaine, supe entonces de su repentina desaparición del planeta Poesía y de su juvenil abandono de Occidente y he de decir que esto fue más abrumador que su propia poesía: ¿por qué?

Las CARTAS ABISINIAS que hoy reseño, querido lector que no bebes alcohol ni coqueteas con la ensoñación ni lo visionario, es un libro para leer y releer. Lo iniciarás de manera inquieta, llevado de la ansiedad de saber si, por fin, puedes llegar a entender por qué Rimbaud tomó la decisión que tomó y a qué se debió ese súbito abandono de la poesía.

Pero

El libro que nos ocupa no dice nada en especial, no aporta nada, no es otra cosa que un informe detallado de los problemas de alguien —Rimbaud, el hombre—, por subsistir en el mundo del comercio, si acaso, una crónica epistolar de las desgracias de un francés en el cuerno de África, la suma cabal de peticiones y quejas que un hijo hace a su madre, a la familia y a ciertos allegados, un compendio de cartas en algún momento triviales que no interesan nada más que a los admiradores incondicionales de Rimbaud, el poeta (entre los cuales, por supuesto, me encuentro).

Y aun así, epístola tras epístola, sigo leyendo (¡seguirás leyendo!) con verdadera fruición.

Pero

El libro que nos ocupa es, para el lector, una frustración mantenida de continuo, la pregunta inicial que lleva a leerlo esa que nos hacemos todos acerca de cómo un poeta —seguramente, el mejor de su tiempo y de tiempos posteriores— desapareció en el anonimato insulso del comercio de mercancías de todo tipo no se contestará en ningún momento, y cada carta que lees, y cada página que pasas aumenta el tamaño y la variedad de la pregunta: ¿dónde está el poeta?, ¿dónde la Eternidad?, ¿qué fue del poeta?, ¿qué fue de la Belleza?, y vuelves a repetirte: ¿por qué…?

Pero

Nada dice de poesía —como si no existiera—, nada habla de libros o de literatura, nada de las razones de la huida o el abandono, nada, solo peticiones de libros técnicos: cómo ser el perfecto carpintero, cómo dominar la metalurgia, cómo… Rimbaud no es feliz, se nota, llega a decirlo, pero omite la causa.

Y aun así, continuamos ansiosos en su lectura, sin poder abandonar…

Con la incertidumbre de saber si acaso sea en la próxima carta donde algo nos aventure la razón del que fue último destino del poeta, y cuando estamos a punto de acabar nos molesta que el poeta no haya aparecido y que el ser humano nos haya hurtado las razones de la huida y nos niegue su presencia, hasta la última palabra quisiéramos habernos encontrado con el poeta ebrio, iluminado y habitante temporal del infierno, con nuestro ideal de poeta: Arthur Rimbaud.

Acabarás el libro, pero no importa, porque, con toda seguridad, al poco tiempo, lo volverás a leer (como es mi caso) pensando que algo se te ha pasado, que no puede ser tanta omisión y silencio y que es mejor iniciarlo de nuevo por si acaso en esta lectura…, en esta lectura, sí…

Manuel Cardeñas Aguirre


2 Comentarios

  1. Allá por los años 60 un ignoto poeta de la localidad de Villa Mercedes en Argentina, escribió lo siguiente:

    La Pierna de Rimbaud

    ¡Oh, Dios! ¿Es éste el vaso mísero que elegiste
    para el vino sagrado y quizás execrable?
    Alguien se torna lúcido de embriaguez dulce y triste
    y presiente la aurora del día interminable.

    Yo veo al castigado, al rebelde, al sediento,
    sumido en una inmensa desolación exacta;
    madurando, paciente, bajo el sol más violento,
    como un fruto del trópico, su pierna tumefacta.

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    1. Lúcido poeta el de Villa Mercedes (¿los poetas que nacen-viven-mueren en Villas son villanos de per se?), porque debe ser difícil (inexplicable diría yo) haber presentido “la aurora del día interminable” y retirarse a la “desolación exacta”; Rimbaud no fue un santo (ojalá ningún poeta sea santo) porque si acaso lo hubiera sido nos hubiera tocado a nosotros, mortales poetas de cotidiano y andar por casa, haber ido cada pocos años de peregrinación para postrarnos ante una pierna que de “tumefacta” hubiera pasado a ser incorrupta.
      Eso sí, doy fe de que en algunas noches de absenta y estrellas fugaces soñé con un Arthur Rimbaud iracundo viniendo de los infiernos en busca de su pierna para sacudir feroces patadas en los culos (poéticos, claro está) de poetas, poetastros y demás ralea.

      Gracias por tu comentario.

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