EL EDIFICIO DE ENFRENTE, Autora: Pilar García Gómez

Después de desearlo durante muchos años, cuando lo había relegado al baúl de los recuerdos, cuando ya ni me apetece ni me cuadra con la decoración que compone mi casa, me han regalado una hamaca.

Mi carácter apocado y mi incapacidad para herir el amor propio del prójimo me cosió la boca y me la tragué sin rechistar. Tampoco fui capaz de cambiarla por otra cosa como hace la gente, hoy en día, sin ningún miramiento. Así que, me vi obligada a buscarle un sitio donde no desentonara demasiado.

Al principio el enfado me bullía dentro cada vez que la veía allí, en medio, pero después de resignarme y atreverme a usarla, he comenzado a verla con otros ojos.

Su vaivén rítmico y delicioso me lleva al columpio de la infancia, la sensación de suspensión o ingravidez en la seguridad de su asiento me produce cierto vértigo.

Cuando el balanceo cesó, la primera vez que me senté en ella, mi mirada curiosa se posó en la fachada de enfrente; me fijé en las vidas que latían tras sus ventanas y balcones, concentré mis dotes de observación y descubrí la mejor forma de llenar mis horas.

Disfruto tanto, que a veces pierdo la noción del tiempo; estoy tan enganchada que, en cuanto vuelvo del trabajo me siento en la hamaca y me olvido de todo lo demás. Me acuerdo de cenar porque veo a los vecinos hacerlo y no me voy a dormir hasta que no queda luz ni rastro de personaje alguno.

A eso me dedico ahora, a mirar otras vidas.

Desde mi mecedora me sumerjo en otras historias que se ofrecen generosas como si surgieran de una pantalla de cine en cuatro dimensiones y, con una facilidad pasmosa, me aventuro en el laberinto de sus emociones. Me mezo en los abrazos, saboreo sus besos, bailo con su música, me enfado con sus descalabros, lloro por sus penas.

Vivo.

Nunca me había fijado en el edificio de oficinas. Los despachos, con la luz encendida, se muestran sin ningún pudor como si fueran escaparates; ni una cortina, ni un estor o toldo evitan miradas intencionadas ni disimulan la intimidad de los que hay dentro.

 Es muy tarde y todavía se trabaja en el primer piso. Una secretaria espera, en pie, el veredicto de su jefe mientras este revisa el documento que le acaba de entregar. La noto nerviosa y comienzo a dar golpecitos con el pie, igual que lo hace ella. Su cara es un poema de resentimiento y disgusto por tener que trabajar a deshoras. El jefe le llamará la atención señalando algo en el papel, ella lo recogerá sin decir una palabra y saldrá del despacho con hombros vencidos y paso descompuesto. A saber, qué planes le habrá fastidiado.

En el despacho contiguo, un hombre trabaja a destajo concentrado en su ordenador como si no hubiera un mañana. Tiene la puerta abierta invitándole a salir, pero él se agarra al teclado como a un salvavidas, llenando de palabras y números su existencia tan vacía como su despacho.

En el segundo piso veo a una pareja alumbrada por la luz indirecta de un flexo. Ella está sentada en el regazo del hombre, los dos fundidos en besos clandestinos que, día a día, alargan su jornada laboral a espaldas del mundo.

El edificio se me antoja deprimente. Como si los hubiera pintado Hopper, de todos los personajes se desprende soledad y angustia. Ni siquiera la escena erótica consigue animarme.

Sobre todos ellos, en el balcón que se abre al desván, se asoma por la barandilla un viejo encorvado. Creo que es el dueño de la empresa que tiene fijada ahí su residencia.

Su actitud me alarma; no sé si es la quinta vez que piensa tirarse al vacío sin llegar a hacerlo o simplemente está apostado allí para espiar la salida de sus empleados. Cualquiera de las dos opciones me intranquiliza.

Abandono la hamaca. Espero que la cena me alegre el cuerpo y un sueño reparador me conforte.

Hoy vuelvo contenta de mi trabajo.

Es mi aniversario. En el colegio, los niños me han cantado el cumpleaños feliz y mis compañeras me han regalado una mantita de angora. Es suave y sedosa, de lana pelusona mezcla de rosa, berenjena y granate. Esta, sí me pega con la decoración del salón.

Me retrepo en la mecedora y me la echo sobre las piernas; su caricia me alienta y me incita a mi distracción diaria.

Al lado de las oficinas hay un edificio de viviendas, separados por un espacio en el que diviso el paisaje urbano quieto y nocturno.

La ciudad parece una labor de realce alumbrada por los astros, un tapiz de tejados bordados con hilos lunares gris plateado apiñados alrededor de la aguja eclesial como si fueran fieles asistiendo al culto.

El silencio ya se ha impuesto.

El firmamento refleja todos los colores del arcoíris como solo sucede cuando confluyen el ocaso del sol y la aparición de su antagonista, la luna.

Mirando hacia abajo, en primera fila, hay una cafetería en la que solo quedan tres clientes solitarios e insomnes. Otra vez me viene a la cabeza Hooper, pues da la impresión de que están allí porque no saben a dónde dirigirse, en aislamiento hopperiano, cada uno centrado en sus pensamientos sin hablar con nadie. El camarero se entretiene a la espera de que abandonen pronto el local para irse a descansar a su casa.

En la calle, un perro callejero los emula mirando a un lado y a otro sin saber para dónde tirar.

Me resulta un poco triste, menos mal que las ventanas de la casa de vecinos me prometen historias más alegres; si no, la animosidad de la que hoy disfruto habría acabado por evaporarse.

En el piso superior, un pintor plasma en el lienzo la figura desnuda de una mujer, entrada en carnes, que posa sobre un pedestal sin ningún recato. Después se amarán, se deleitarán sexualmente hasta caer rendidos.

Mi corazón se desboca cuando veo en el portal a una pareja de enamorados despidiéndose, enzarzados en una cadena interminable de besos coreografiados al ritmo de la música de un saxofón que el vecino del primero tiene a bien ofrecerles desde la terraza.

El adiós se dilata, se eterniza bajo el influjo de su particular banda sonora.

Ella dobla una pierna hacia atrás levantando un pie del suelo mientras él la estruja en el abrazo. El gesto me hace sonreír.

Me envuelvo en la dulzura de la manta y me voy a la cama eufórica.

Hoy me he levantado realista. Llevo todo el día con los pies sobre la tierra, sin elucubraciones románticas ni especulaciones tremendistas.

 Me tomo un café que estoy a punto de derramar por el vaivén del balancín y suelto una risita tonta.

Antes de centrarme en mi actividad de voyeur, tengo la necesidad de saber más de la fuente de mi entretenimiento. Me acerco a la pared y me concentro en leer la firma.

 Entonces caigo en la cuenta de la suerte que tuve cuando coloqué la hamaca frente al cuadro Office at Night y agradezco a Phil Lockwood la vida que me da con su pintura; si la hubiera puesto ante el balcón me habría acabado de hundir frente al muro yermo y grisáceo al que da mi salón.

Me recuesto en la hamaca envuelta en la mantita de angora.

A ver qué me depara hoy mi actitud objetiva y sensata.

Pilar García Gómez

(Fotografía de cabecera, Office at Night, de Phil Lockwood)


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