Y LA LUZ ENTRABA POR LA VENTANA, Autora: Raquel Arqued González

Son las diez. Demasiado temprano para estar sentados en el sofá. Un sofá vencido y no por nuestro peso. Un sofá que se desmorona más por el lado de Tony, invitando a mi cuerpo a caer sobre él, aunque me mantengo firme.

Lo hemos cambiado de posición. El sofá. Ya no está frente a la tele; de ella solo queda el mueble. Es increíble cómo baja el precio de las cosas una vez han sido estrenadas. Da igual: electrodomésticos, ropa, joyas… Es lo que hay. Gracias a la ausencia de la televisión estamos descubriendo la radio, con sus programas musicales, los de debate sin gritos, los de gente que se queja o incluso, los de aquellos que escriben relatos para que sean leídos por los locutores, con sus voces carnales, rimbombantes, apasionadas, enfáticas. Todo un mundo que he aprendido a imitar y que pongo en práctica cuando me dejan. Póngame un par de filetes, por favor, digo un día cualquiera, por probar. Y sé que pronuncio el por favor con boca entreabierta y voz redonda, mientras agito mi mano para quitarme el sofoco del verano, sobre un escote en forma de uve que invita a una zambullida cuando se ahueca lateralmente y se vislumbra solo piel. Y cuando reviso el fondo del monedero porque no me alcanza, sobre la tarima, desde arriba, el carnicero le quita importancia, que ya se lo daré otro día, dice. Y sé que sueña en pagos de trastienda y yo atravieso la cortina anti moscas sabiendo que tardaré en volver.

Pasa de las diez. Estamos sentados frente al amplio mirador, con la cortina echada y viendo cómo la luz va ganando la calle. Las tazas del té mañanero reposan a nuestros pies. Reposarán hasta la hora de comer.

Subo las piernas cruzadas al sofá. Hago tiempo. Tony también. Las mañanas se le hacen largas, así que gira su cuerpo e introduce su mano bajo mi camisola, con la misma delicadeza que un minero. Su vientre sobresale bajo la camiseta de tirantes blanca. Cuanto menos come más se asoma. Y adornado. Ahora que por el estrés está perdiendo cabello, las hormonas se lo implantan alrededor del ombligo.

Nena, me dice. Y parece que no se pase las horas muertas como yo escuchando la radio, porque su tono es monocorde, de desidia. Nena, repite sobreactuando. Y la rutinaria tabla de ejercicios gimnásticos tiene comienzo y fin en el sofá. Un sofá que se hunde, que zozobra con los impactos, que traga el ruido de las articulaciones y que absorbe sus gemidos en tan solo treinta segundos. Nena. Dormirá por lo menos una hora. Antes me dice: Hoy sí lo disfrutaste, pero no abre los ojos para ver la negativa en los míos.

Media mañana. Tony ocupa el sofá y yo la ducha. Me obligo a salir todos los días, aunque se me haga tarde. Combino: oficina de empleo, entrevistas, avituallamiento, visita a las ONG, envío de solicitudes, oficina de… Y vuelta a empezar.

Me deslizo dentro de mis pantalones pirata. Debería coser una goma en sus laterales. ¿Dónde habré dejado el cinturón? ¡Ah, ya! Me conjunto con una camisa sin mangas, ligera y de pequeños cuadros vichy amarillos. Amarillo. El amarillo en el escenario da mala suerte. ¿Solo en el escenario?

Voy al comedor terminando de abrochar el último botón. ¿Qué? ¿Te vienes? Me mira con la cabeza despuntando entre los cojines. ¿A qué? Le muestro el carro de la compra. Él ni se mueve. Se acurruca más y me doy cuenta de que, si el sofá siguiera frente al mueble de la tele y esta existiera, me estaría pidiendo que me quitara de en medio, que no soy hija de cristalero. Me aparto. No me quiero volver transparente.

Cojo las llaves. A ver qué consigues hoy. No tardes, me dice una voz de ultratumba. O a mí me lo parece. Lo veo en la misma posición, adueñado del sofá. Toma, llévate algo; por si no encuentras nada. Alarga la mano y me ofrece unos billetes arrugados que no sé de dónde ha sacado. No se lo pregunto. Los cojo y, arrebujados, los encierro en el bolsillo del pantalón. Sostengo en vilo el carro, bajo los dos pisos andando y salgo a la calle. Sigue haciendo calor. A través de la suela de mis bailarinas puedo notar la temperatura del asfalto. Iguala a la de mi cabeza.

Paseo por la acera de enfrente de las tiendas de barrio, esas en las que me conocen y en las que ya no me fían. Voy más lejos. Sorteo las entradas de los supermercados, aquellos en los que cada dos meses voy dejando una copia de mi currículo actualizado. Cada vez más lejos. Camino hasta llegar a mi callejón favorito. Ya pensé que no vendrías, dice el hombre de barba cana que es asiduo desde hace una semana. Empiezo a llenar el carro con las primeras verduras que veo en el cubo. Son las sobras de las sobras, los restos de los que ya han buscado por la noche. Las hojas desechadas, las frutas magulladas, los preparados caducados. Cada cosa que sacamos nos la ofrecemos y, si queremos, la compartimos. Esto tiene nombre. Lo dijeron en la radio. Friganismo.  Con efe de fea, de fracaso, de frustración.

Salgo con el carro casi lleno, a plena luz del día. Soy friganista. Sigo de frente, no me doy media vuelta hacia casa. Soy insolvente. Tiro del carro como tiro de nuestras vidas. Estoy arruinada. Arrastro mis pies en vez de volar sobre ellos. Estoy cansada. Camino aplastada por el sol veraniego. Parezco mayor. Mi cuerpo sabe a dónde me lleva. Parezco perdida. En realidad, solo parezco.

Estación de autobuses, leo. Me llevo el pulgar de la mano derecha a la boca y muerdo la uña ligeramente. Me balanceo sobre mis manoletinas y entro. Traspaso el umbral por inercia, porque el dinero contenido en mis pantalones quiere liberarse. Me conduce a la taquilla. Para el primero que salga, digo con una voz firme dejando escapar los billetes encima del mostrador. Destino: yo.

Raquel Arqued González


8 Comentarios

  1. Raquel, una vez más me recreo en tu relato, permites que mi imaginación toque, palpe y sienta cada palabra sin perder la concentración.

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