EN LA TIERRA SOMOS FUGAZMENTE GRANDIOSOS, de Ocean Vuong. Autora: Silvia Sánchez Muñoz

Paisajes Norteamericanos                                

                           En la Tierra somos fugazmente grandiosos, de Ocean Vuong

                                                                                                                 a Eva

Querido Perro Pequeño:

Es pensar en ti e imaginarme un ciervo disecado, un colibrí sin esperanza que no para de batir las alas, o una manada de bisontes saltando al vacío de manera ciega, uno detrás de otro, sabiendo que no hay más opción que caer. Como almas perdidas con el destino marcado de antemano. Pensar en ti es, como no decirlo, invocarlos a ellos, los unicornios, esos que trotan con estrépito en un cementerio. Decir tu nombre, ese que suena a un océano lleno de vida, me acerca a las mariposas monarcas cuando abro tu libro y leo: millares caen sobre el final de la tierra firme, se expanden por el aire blanco como un chorro de sangre que cayera contra el agua. Y es que la sangre está ahí, detrás de lo que dices y dentro de los ventrículos que palpitan y oxigenan entre tus páginas, sobre todo, cuando no paras de llamar a la que una vez dijiste: no eres un monstruo, cuando en realidad querías decirle que un monstruo no es algo tan terrible, sino es ser una señal híbrida, un faro.

A ella, tu madre. Rosa. La que nunca te leerá. Una herida abierta que palpita.

La que logró desaparecer y huir de una guerra cuyo olor a piel quemada la persiguió incluso años después cuando ya vivía en Hartford contigo, con la tía Mai, y Lan, como parte de una comunidad de migrantes dentro de un país que no distinguía entre chinos, vietnamitas o taiwaneses, todos amarillos: ¿qué es un país sino una frase sin fronteras, una vida?

La que hace de sus excentricidades medicina del día día que no es otra que sobrevivir ante las crueldades de los demás y de las suyas propias. La que, en ocasiones, también muestra conmiseración, como aquel día en que una mujer con una prótesis en la pierna se acercó al salón de belleza y ella le hizo la manicura en los dos pies, el presente y el ausente, solo por darle un capricho. Por eso quizá, cuando le hablaste de Trevor, ella, sin mirarte, te habló de la hija que había perdido en Vietnam durante la guerra, antes de que tú fueras tú y ella una mujer distinta que nunca conocerás. Y susurras: ¿qué fuimos antes de que fuéramos nosotros? Estaríamos de pie junto al arcén de un camino de tierra mientras la ciudad ardía. Estaríamos desapareciendo, como ahora. Porque pese a su falta de empatía, su crueldad y su futuro que solo apunta al pasado, es también esa mujer que admiras cuando aquella noche ella, tú y la abuela Lan fuisteis a casa de la tía Mai pensando que de nuevo le lloverían los golpes, y a Rosa, tu madre, no le importó enfrentarse a un hombre que le apuntaba con una escopeta.

Por eso en este tiempo, no has dejado de creer que en cierto modo quizá haya belleza en todo ello, y susurras: Estoy pensando otra vez en la belleza, en cómo algunas cosas se persiguen porque las hemos juzgado bellas.

Es tu destino, Perro Pequeño, seguir la voz de los seres queridos/heridos. Como con Trevor. El chico de brazos delgados y duros apuntando a la lluvia. Tu John Deer verdadero. Pura sangre americana. Ese que te cuida y te folla pero que no quiere ser marica: ¿Lo soy? ¿Lo soy? ¿Lo eres tú? Ese chico con el que te guareces bajo el tobogán del hipopótamo, lejos del maldito sueño americano. El Trevor que huele a tierra, a tabaco secado, a sudor, a vida. El mismo con el que te colocas y con el que recorres Hartford pedaleando sin parar. El que odia la Coca-cola y no el Sprite. Trevor, el chico de la cicatriz en forma de coma que tanto te ha gustado besar: Ese gancho violeta que abarca dos pensamientos completos sin sujeto. Solo verbos. Ese Trevor del que al final te alejaste para ser escritor. Porque algo hay que matar para conseguir lo que se quiere.

Esto y mucho más me has enseñado, Perro Pequeño, y a mí me gustará pensarte como ese semáforo que parpadeaba en ámbar a la vuelta de la esquina cuando Trevor te pasó por primera vez un porro de cocaína mezclado con lo que tocara ese día: Eso es lo que hacen los semáforos después de medianoche, se olvidan de por qué están ahí.

                                                                                                        Silvia Sánchez Muñoz, 2021

Todas las citas del texto pertenecen a la novela En la Tierra somos fugazmente grandiosos, de Ocean Vuong. Editorial Anagrama.


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