DIVERTIMENTO SALVAJE LXVII, Autor: Luis Vinuesa García

En Montparnasse, bajo la estatua de Balzac, dos gendarmes me miran y no me miran, como diciéndome que sospechan de mi ilegalidad pero que hoy van a hacer la vista gorda. El autor de La comedia humana me aconseja esconderme en una librería, pues en ese lugar “Mi apretujado realismo con envergadura romántica te protegerá”. Ah, Balzac, qué cosas dices; ah, Balzac, clasificador social, explorador de provincias, aventurero de tribunales, dandi entre duquesas. Bolaño decía que él era un dandi cuando leía, un Bolaño a quien la lectura le producía riqueza; por muy pobres que fueran sus circunstancias, afirmaba que tener un libro entre las manos le hacía vivir por encima de sus posibilidades. Yo viajo al borde de mis posibilidades, pero Balzac me ha descubierto las librerías como refugios transitorios, como escudos entre capas sociales: un gendarme es un militar raso cuando se pone a dar hostias, ergo la brutalidad y la intelectualidad no han de compartir espacios…

La librería se llama La comédie humaine. Al entrar, asusto a la dependienta con un tosco “Bonjour”. La pobre no responde y parece arrugarse aún más cuando me ve coger el 2666. Un hombre me aborda con otro “Bonjour”, igual de bárbaro que el mío, pero con algo de musicalidad. Soy mexicano, dice, un “muso” que sale de esas páginas. No me vacile, le respondo, ¿quién es usted? Ah, adivina, adivinanza. Mire, no estoy para juegos, digo, y él intuye mi situación: La tensión de vagar clandestinamente por París, ¿eh? Si es usted un policía de paisano que va a detenerme, hágalo de una vez. Ah, cabrón madrileño, dice el mexicano, cómo se divierte usted aprovechando la pandemia para hacer turismo. Me ha pillado, digo, recién llego de Venecia. Lo de Venecia lo desvelo por vanidad, este compadre es el primer hermano-hablante con el que departo después de visitar la Serenísima, ebrio de belleza sin apenas gente; solo me mezclé, arrogante como en el cuento de Poe, en una fiesta de carnaval clandestina donde abundaba la moda de la máscara de la muerte roja.

Pues sí, dice el mexicano, sí soy policía, pero ni en París ni en Venecia tengo jurisdicción, la tenía en mi país, en la ciudad de Santa Teresa, cuando todavía ejercía antes de que la atrocidad de los crímenes allí cometidos me secara por dentro. Vaya, le digo, deduzco que es usted uno de los judiciales que llevaban los casos. En efecto. ¿Y cuál de todos es? Ah, adivina, adivinanza. Aventuro varios nombres, pero no acierto. Finalmente revela que es Juan de Dios Martínez, el que necesita llorar y no puede, ergo no envejece su rostro, que queda a salvo de la sal de las lágrimas que aja las mejillas igual que la sal de la mar corroe las cuadernas de una barca. ¡Cuánto deseaba yo envejecer!, exclama el judicial. ¡Chis!, le reprime desde el mostrador la librera, un chis entre tímido y autoritario de una mujer cuya edad bien podría abarcar las tres cuartas partes de sus estanterías repletas. O sea, le digo al mexicano bajando la voz, que usted deseaba sumarle tiempo a su cuerpo. Y bien deprisa, dice Juan de Dios, para alcanzar a mi amante: la directora del psiquiátrico de Santa Teresa: Elvira Campos. ¿La que le sacaba veinte años?, pregunto. Más o menos, dice Juan de Dios, más o menos los años que llevo buscándola por París. Dos décadas, opino yo, no son fáciles de recortar. Y Juan de Dios se explica: Yo calculaba que la atrocidad de tanto crimen iba avejentarme con rapidez y mi amante ya no afirmaría cosas como…  Aquí Juan de Dios me coge el 2666 y lo trashoja hasta encontrar un pasaje en el que habla Elvira Campos: “Dentro de un tiempo, por más que me cuide, yo seré una ruca solitaria y tú todavía serás joven. ¿Qué quieres, acostarte con alguien como tu mamá?” Qué franca era su amante, le digo y él, tras devolverme el 2666, abstrae su mirada hacia la puerta. Entonces yo pienso en los gendarmes, en los incondicionales soldados de Napoleón, en Bolaño atrapando con la boca un pastel, directamente, de la boca de María Antonieta.

Me tenía loco la doctora Elvira Campos, dice Juan de Dios, no por nada era la directora del psiquiátrico de Santa Teresa, pero como nunca logré llorar, mi apariencia sigue siendo la de unos treintaicuatro años. ¡Esa sal!, se lamenta el judicial mientras yo me acuerdo de que Elvira Campos sueña con venirse a París, hacerse cirugía y entorpecer, con zancadilla estética, el paso del paso del tiempo. Hasta la vista, me dice Juan de Dios de forma abrupta. No te vayas, hombre, le digo y salgo tras él, pero desde dentro de la librería me gritan marcialmente para darme el alto, pues me llevaba el 2666 sin pagar.

Entro a devolver el libro. Pardon, pardon. Qué forma tenía Bolaño de abandonar a sus pinches personajes, me dice la librera, otra hermana-hablante, cuyas amables facciones apenas entrevistas –gafas gruesas sobre mascarilla– no parecen “encuadernarse” con el grito que me ha pegado.

Luis Vinuesa García

(Cuadro de cabecera: Ema, Gerhard Richter)


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