QUEDA BONITO, Autora: Elena Moreno Medina

Julia ha comprado una caja de preservativos con la esperanza de usarla esta noche. Ha decidido cogerla en una farmacia en vez de en un supermercado; le parece que en un local donde venden medicinas, los condones tendrán mayores poderes profilácticos. Aparte del precio, algo más caro que en una gran superficie, el momento de pagar se le ha hecho duro. Se ha sentido juzgada por la farmacéutica, una mujer de rostro adusto que es aún mayor que su madre. Probablemente, la licenciada sólo se haya limitado a cobrarle el precio y meterle el producto en una bolsa de papel con un gesto aséptico que dedica a todo el mundo, pero ella ha creído ver un deje de reprobación en sus ojos entornados mientras comprobaba la fecha de nacimiento en su DNI. Presa del nerviosismo, la joven casi le ha chillado: “que sí, que tengo 20 años, señora”, pero se ha contenido a tiempo.

  Ha salido de la farmacia habiendo cumplido con lo que se había propuesto pero sin sentirse reforzada por ello. Aún le quedan las expectativas sobre la noche, que le producen sensaciones contradictorias. Y todavía tiene que arreglarse para la cita, lo cual incluye la depilación de las partes más peludas de su anatomía. De hecho, la esteticien de su barrio es su próxima parada programada. Se dirige hacia allí a paso ligero.

  Después de los saludos y cortesías de rigor, se tumba en la camilla semidesnuda. El calor que emana del radiador situado bajo el mueble la conforta e intenta no tensarse. Así duelen menos los tirones de la cera.

  Primero le depila las axilas y las piernas, las partes fáciles; a fuerza de costumbre, la eliminación de vello de esas zonas casi le resulta indolora. Pero ahora llegan las ingles, el suplicio más inútil. Hasta ahora.

  ―¿Te las hago como siempre? ―pregunta la profesional, apartando el elástico de las bragas con suavidad.

  ―No. Esta vez voy a probar a hacérmelas brasileñas.

  La otra joven no responde, pero alza sus perfectas cejas en un arco sorprendido antes de aplicar la cera, esta vez tan cerca de su zona íntima que Julia casi teme que la vaya a quemar. Llega un primer tirón, un segundo, un tercero y un cuarto. Lo que más le gusta de esta esteticista es su rapidez; el mal trago es brusco, eficiente y pasa pronto.

  ―¿Quieres que te depile también los labios? ―ante la expresión dubitativa de Julia, añade―: A los tíos les vuelve locos.

  La aseveración solivianta su parte más crítica y se niega en rotundo.

  ―No, así está bien. Ya he tenido suficiente por esta vez.

  ―Como quieras ―accede la profesional mientras aplica bálsamo a la piel enrojecida―. Te ha quedado muy bonito.

  ―Gracias ―musita Julia, observándose.

En realidad, más que bonito lo ve desnudo y pubescente, casi obsceno. Maldito porno…

  Una vez vestida, paga el servicio y se marcha a casa. Intenta contener la ansiedad a medida que pasa el día. Mantiene el móvil a raya, sólo lee los mensajes cada hora para comprobar que el plan sigue en marcha. Si todo va bien, esa noche tendrá relaciones sexuales por primera vez.

  No tiene claro que Marcos sea la persona idónea, le generan rechazo su arrogancia y su superficialidad, pero es guapo a rabiar, y ostentosamente intelectual. Y Julia se siente en la obligación de pasar ya por ese trance. La virginidad pesa sobre ella como una losa. Según sus referentes, no es una mujer sexualmente liberada, no está en sintonía con los tiempos. Cada vez que sale el temita en las conversaciones con sus amigas se siente una pringada, una pardilla, una mojigata. Hoy termina con eso.

  A media tarde se enfunda unas mallas y sale corriendo hacia el gimnasio, donde espera quemar algunos de esos gramos que según ella le sobran. Corre disciplinadamente en la cinta durante treinta minutos, mientras imagina cómo se diluyen los michelines que ocultan sus abdominales. Después ejercita sus grupos musculares de abajo a arriba, metódica y concienzudamente. Una hora y media más tarde se siente a gusto con el trabajo realizado y se marcha a casa.

  Sus padres ya no están, por lo que no hay nadie que le recuerde que va a llegar tarde. Se siente presionada por el minutero que corre, pero se toma su tiempo en arreglarse y perfumarse. Ha comprado ropa interior para la ocasión, transparente pero cómoda, y eso le da un punto de confianza. Marcos y ella se atraen, son jóvenes, son inteligentes y divertidos. ¿Qué puede ir mal? Por si acaso, Julia ha tomado la precaución de ocultarle su inexperiencia.

  Cuando llega al punto de encuentro, han pasado quince minutos desde la hora acordada pero el chico todavía no está allí. Comprueba su móvil. No ha respondido al mensaje con el que le informaba que llegaba un poco retrasada. Él tampoco ha dado explicaciones.

  “Ya estoy aquí”, teclea.

  Ve que Marcos se conecta a los diez segundos.

  “Voy un poco retrasado, sorry”.

  Carita sonriente.

  “Puto metroooooo”, añade el galán.

  Otra carita sonriente.

  Julia respira hondo entonces. Le molestan esos desencuentros tontos. Los dos han sido impuntuales, lo cual demuestra una falta de respeto, pero Marcos podría haberle avisado, lo mismo que ha hecho ella. Saca su ebook.

  Al cabo de diez minutos, Julia casi ha terminado el capítulo que estaba leyendo y Marcos aparece con una sonrisa radiante y encantadora. El enfado de la chica desaparece tan pronto siente la mirada de lobo que le dedica Marcos recorriendo su anatomía de arriba abajo. De nuevo, emociones encontradas. Le encanta sentirse deseada, y al mismo tiempo se siente incómoda por verse sexualizada de una manera tan obvia.

  Tampoco tiene mucho tiempo de planteárselo, él la besa enérgicamente, metiéndole la lengua hasta el fondo. Cuando se separan, el joven la saluda, exultante, y a ella no le queda ni un rastro de carmín en los labios. Se dan la mano y deliberan sobre el bar donde entrarán a cenar.

  A Marcos le encantan los locales de Malasaña, pero Julia argumenta que muchos no sirven más que comida rápida con pretensiones. Ante el comentario, el chico tuerce el gesto y se sumerge en un silencio tenso, ofendido. Al final, ella cede. Tomarán una cerveza artesana primero y después entrarán a uno de los locales más novedosos.

  La velada transcurre tranquila. Los debates culturales banales y los repasos políticos de manual se intercalan con las cervezas, los chilaquiles y los toqueteos. Por lo menos, los dos dobles que Julia ha trasegado durante la cena han cumplido su función y está relajada. En un instante de risa incontrolable por una de las ocurrencias de Marcos piensa que esa noche va a ser genial.

  Horas después llega el momento de la verdad. Marcos tantea su suerte, como lo ha hecho desde la primera vez que quedaron.

  ―Bueno, ¿qué quieres hacer? ―pregunta―. Podemos ir al Sideral, aunque estoy un poco cansado.

  ―Yo también.

  ―¿Te vas a casa? ―hace una pausa―. ¿O quieres venir a la mía?

  ―Sí ―el nerviosismo no le permite responder coherentemente.

  ―¿Sí qué?

  ―Sí, que voy contigo. A tu casa ―añade Julia.

  Se mortifica pensando en lo idiota que debe parecer desde afuera. Sin embargo, Marcos no le da ninguna importancia a su desconexión cerebral transitoria y la atrae hacia sí. Vuelve a besarla, esta vez agarrando sus nalgas posesivamente, como antesala de lo que imagina.

  En la casa, Julia se fija en los detalles que la identifican como un piso de estudiantes, a pesar de que atraviesan el salón rápidamente y en silencio. Ya en la habitación, Marcos se lanza sobre ella, despojándola del abrigo y las botas antes de dejarse caer sobre la cama. La observa desde allí, expectante. Y ella simula que sabe cómo proceder. Armándose de valor, se quita la camiseta y se sienta a horcajadas sobre él.

  Siente un bulto presionando contra su entrepierna y antes de que se dé cuenta está tumbada de espaldas, sin sujetador y con Marcos encima, sobándole los pechos. Al menos la sensación es agradable, y se centra en eso para dejarse llevar. No es tan difícil, todo el mundo lo hace. Sólo necesita desconectar su cerebro durante unos minutos y disfrutarlo. Disfrutar es importante, eso le ha dicho todo el mundo.

  Aun así, se sobresalta al notar cómo sus pantalones bajan y de repente desaparecen. No puede evitar pensar que esa pericia es producto de mucha práctica. Intenta volver a poner la mente en blanco mientras Marcos recorre sus piernas a besos, hasta llegar a las braguitas.

  ―Transparentes… qué traviesa ―le susurra al oído mientras se las quita.

  Julia se azora. Su intención era provocar, claramente, pero no está acostumbrada. No responde y deja que el joven la estimule. Al minuto, cuando Marcos nota que está a punto, se quita los calzoncillos y vuelve a colocarse sobre ella, dejándola sin escapatoria. La besa y comienza a frotar su miembro contra sus labios, gesto que dispara la alerta en su cabeza.

  ―Oye, Marcos ―lo interrumpe―. Tengo condones en el bolso.

  ―No te preocupes ―la tranquiliza―. Ahora me lo pongo. Sólo quiero juguetear un rato.

  La vaga respuesta la sosiega un poco. No hay nada de malo mientras la penetración sea con condón, se dice. Y no quiere demostrar que es una pazguata. Además, el roce piel con piel es placentero, más de lo que esperaba. Continúan restregándose unos minutos, hasta que nota una brevísima penetración del glande, que enseguida se retira.

  ―Marcos ―susurra Julia, separando su boca del cuello del chico―. El condón.

  ―Que sí, pesada ―jadea él―. Ahora me lo pongo. Sólo déjate llevar.

  Julia suspira. «Déjate llevar». Las palabras mágicas que la han perseguido desde la adolescencia, precisamente por no hacerles caso. A lo mejor por eso ha llegado a esa tesitura, virgen a los veintiuno. Decide dejarse llevar durante unos instantes. Otra rápida incursión en su intimidad, esta vez deseada. Y de repente, una tensión y una rigidez que le hacen dolorosamente consciente de que ya no es virgen.

  Intenta hablar, pero las embestidas de Marcos la dejan sin aliento. Sigue excitada, pero la invaden las descripciones de las múltiples enfermedades venéreas que conoce, cortesía de todas las charlas de educación sexual que recibió en el instituto. Y total, para qué, si en el momento de la verdad está teniendo relaciones de riesgo. Esta idea la impulsa a rebelarse, pero un gemido especialmente intenso le indica que su amante experimenta cambios en su estado. Y en efecto, Marcos se retira rápidamente y eyacula sobre ella.

  El enfado que bulle en sus entrañas batalla con la sensación de asco que la recorre, y no reprime su desagrado cuando interpela al joven jadeante que se ha dejado caer en la cama:

  ―¿Podrías darme un pañuelo para que me limpie?

  No atempera el restallido de las palabras con un “por favor”, y Marcos nota que algo le pasa a la chica.

  ―Sí, claro. Perdona ―añade, mientras le pasa un clínex.

  Antes de limpiarse, Julia observa la sustancia que impregna su pubis irritado y la barre con un solo movimiento. Después, se levanta rauda, recoge su ropa interior y se dirige al baño. Se lava en el bidé, asimilando la decepción consigo misma. Está tan confusa que no sabe si llamar violación a lo que ha ocurrido, pero siente que ha accedido a hacer cosas a las que no estaba dispuesta en un principio. Por no quedar mal, por no parecer una puritana, por no dar la nota.

  Cuando sale del cuarto de baño, Marcos reposa adormilado sobre las sábanas, pero yergue el tronco al verla detenida en el umbral, dudando mientras observa su ropa diseminada por el dormitorio.

  ―Oye, si quieres te puedes quedar a dormir, pero mañana tengo un partido de fútbol ―se excusa él.

  ―Descuida, quiero irme a casa ―contesta ella.

  La respuesta provoca cierta preocupación en el joven. Está acostumbrado a que las chicas insistan en dormir abrazados.

  ―¿Por qué? ¿Te pasa algo?

  Otra vez, por el qué dirán, porque es más fácil no dar explicaciones, ella sale por la tangente.

  ―No, tranquilo. Mañana tengo que estudiar.

  ―Ah, vale.

  Termina de vestirse. Le dirige una mirada expectante a su primer amante y espera a que al menos se levante para abrirle la puerta. En la entrada del domicilio, intercambian una despedida fría y ella baja por la escalera a toda prisa. Quiere acabar con la situación cuanto antes.

  Ya de camino al autobús nocturno, Julia se permite dar rienda suelta a su malestar, que escapa con lágrimas avergonzadas. No se arrepiente de haber dado un paso más en su camino hacia la vida adulta, se reprocha profundamente no haber parado a Marcos en la primera ocasión, haberse vestido y salido por la puerta con su dignidad intacta. Al sacar el abono transportes, su mano topa con la caja de preservativos que compró ilusionada por la mañana.

  «Si lo llego a saber, no me depilo», piensa mientras le da las buenas noches a la conductora. Se sienta y observa la ciudad nocturna a través de la ventana.

  En la pared de la marquesina, una joven de belleza canónica anuncia las bondades de la depilación con láser.

Elena Moreno Medina


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