INCENDIAR ESTABLOS, de William Faulkner. Autora: Silvia Sánchez Muñoz

                                   Incendiar Establos, un relato de William Faulkner

Por un lado, el chico -o chiquillo, también llamado Sartry o Sartoris Snopes-, cuyo cuerpo pequeñajo para su edad como era, menudo y nervudo debe enfrentarse a todas las maldades, miserias y rencores a los que su padre lo arrastra, a él y al resto de su familia: un hermano que masca tabaco sin parar, sombra silenciosa y cómplice del padre, y cuatro mujeres (esposa, cuñada y dos hijas) que se ponen al servicio de la historia como meros attrezzos, al igual que, por ejemplo, las mulas que tiran del carro en el que van de un sitio a otro con sus escasas pertenencias. Por su padre, el chiquillo miente frente a un tribunal; por la necesidad de creer que su padre, algún día, quizás, podría ser  mejor persona, oculta una verdad que, al mismo tiempo, lo aleja de ser un buen hijo.

Por otro lado, el padre: Abner, antiguo tratante de caballos durante la guerra –escondiéndose de todos los hombre por igual, los de uniforme gris y los de uniforme azul-, sabedor y poseedor de la razón con una ansiedad e inteligencia lobuna, escupe toda la rabia del mundo contra cualquier comunidad a la que llegan, una rabia acrecentada con esa espalda envarada y cojera imparable, con una silueta negra, plana, sin sangre en las venas, como si estuviese recortada en hojalata en los pliegues de hierro, siempre arrastrando a la familia de una casa a otra, cada una idéntica a la anterior, vacías, huecas de cualquier elemento que evoque un hogar, y exigiendo a todos sus miembros, por igual, que sean cómplices de sus nobles vilezas.

A lo largo del relato, el chico masca un terror y una desesperanza –el terror que siente un hijo frente a la ausencia de amor paterno, y la desesperanza de saber que solo a través de la vileza y la mentira podrá el chiquillo ganarse su respeto-, que envuelven el aire que respira el padre, y eso le hace saber que tiene que arañar ese aire, cabalgarlo, ahogarlo, para sobrevivir a un semblante de mirada gris y sombra desigual que siempre le empujará a cruzar la línea, a borrar el mínimo atisbo de generosidad hacia el prójimo que sí habita en la naturaleza del chico. Pese a ello, has de aprender a ser fiel a los tuyos, a la sangre, porque si no te quedarás sin sangre a la que ser fiel, le sermonea el padre tras darle una bofetada al no haber mentido lo suficiente frente al tribunal que le ha considerado culpable de quemar un establo. No por ello el chico deja de creer que, algún día, quizás, su padre podría ser mejor persona: Es posible que ahora cambie y deje de ser el que tal vez no puede no ser,  tal y como piensa en un momento del relato en el que, frente a la luminosidad y belleza de la mansión del terrateniente para el que comienzan a trabajar, el chiquillo parece liberarse por momentos de ese terror y desesperanza, ya que al ver la magnitud de la casa que parece un juzgado, siente que todo lo que la habita y la conforma está a salvo de él (del padre). La gente cuyas vidas forman parte de esta paz, de esa dignidad, están fuera de su alcance.

 

Incendiar Establos (Barn Burning) es el primer relato con el que William Faulkner decidió abrir el volumen extraordinario que compone sus Cuentos Reunidos en 1950; un relato magistral, narrado en tercera persona e iluminado por la nostálgica y contradictoria visión de un niño de diez años que lucha por encontrar sosiego ante la extrañeza del mundo que lo rodea, dentro de ese universo tan faulkneriano llamado Yoknapatawpha.

Silvia Sánchez Muñoz, Agosto 2020

Las palabras en cursiva pertenecen al texto Incendiar Establos, que aparece en Cuentos Reunidos de William Faulkner, traducido por Miguel Martínez-Lage, editado por Alfaguara (2014).

Un comentario

  1. Noble vileza… Mujeres como mulas… Y más con m: maldades, mentiras, miserias… Paisaje norteamericano, bastante actual. Habrá que leerse los relatos de Faulkner, pues. Muchas gracias.

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