DIVERTIMENTO SALVAJE V, Autor: Luis Vinuesa García

La epidemia avanzaba y empezaron las primeras restricciones que afectaron hasta las cosas más sagradas, algo inconcebible para mis dos tías; pero esa era la situación. Luego, con la pandemia ya decretada, las dos llegarían a pensar que ni el Papa las salvaba; sí, ese señor que se tiene a sí mismo como el representante de Dios en la Tierra y que igual debe creérselo, pienso yo cuando lo veo por televisión sermoneando dentro de los aviones con el aura de trascendencia que proporcionan las alturas. En fin, no nos elevemos. Casi toda nuestra familia vivía en los confines de Cataluña, mis tías se encontraban solas y yo residía cerca de Talavera de la Reina, de modo que las acompañé a pasar la noche en una sala ambientada por dos tenues lámparas de rincón y por ruidos de conducciones de aire o de agua que hacían pensar en psicofonías. El punto de fuga de aquel cuadro tenebrista lo representaba el difunto, cuyos párpados, cómo decirlo, habían atrapado para siempre su respiración.   

Ruidos y sugestiones aparte, mis tías andaban novenas que me arrullaban, pero también las dos se tomaban sus pausas y, tras un sorbito de anís más un mordisquito de rosquilla, se trasponían y descendían a su mundo onírico particular, donde lo mismo continuaban con los rezos o vete tú a saber con qué antorchas prendiendo corbatas. Entonces yo me arrimaba a una de las lamparitas y me concentraba en el libro que me había llevado: Estrella distante, Bolaño (1996). Cuando llegué a la parte del movimiento de los Escritores Bárbaros, quienes se funden con las obras maestras de la literatura vertiendo sobre ellas todo tipo de humores, se me ocurrió quitarle el sudario al bisabuelo y, facilitado por el rigor mortis, deslizar un rotulador sobre su piel y componer versos de despedida. Era evidente que yo estaba influenciado por la lectura, por el personaje Carlos Wieder, el aviador que, con el humo de un caza Messerschmitt, trazaba oraciones en el firmamento: oraciones bíblicas y siniestras. Dobles opuestos, parecíamos Wieder y yo; él escribiendo en el espacio del cielo azul, yo en un cuerpo liso y llano que bajaría a la tierra oscura. Se me ocurrieron cosas “sobre” mi bisabuelo. Del tipo cursi: Llévate mi cariño de palabra escrita; del tipo rimbombante: ¡Oh, la vida, tatuaje efímero, oxímoron tramposo!; o del tipo pura pendejada: Esta tinta contribuirá a tu reencarnación en kraken. Aquí cerré Estrella distante, el libro de Bolaño (o por Belano, hay críticos que difieren en esto. En adelante y en plan neutral, lo referiré como B.), justo cuando apareció el encargado nocturno del tanatorio. Con sus modales exquisitos revisaba nuestra comodidad, incluyendo, supongo, la de Junípero García Mate [Sala 12], quien gracias a Dios o al Diablo o a la Biología había fallecido por causas naturales.     

Sí, café, por favor, acepté el ofrecimiento del encargado nocturno del tanatorio. Pero el hombre ni se movió: había petrificado sus ojos en mi libro. Y le chasqué los dedos, no sé por qué, pero se los chasqué. Él reaccionó y me acojonó con sus palabras: Yo soy protagonista en ese libro que tiene usted entre las manos. Como B. suele inspirarse en personajes reales, entonces deduje: Este tío es Carlos Wieder, el vicario de Satán en la Tierra. (No olvidemos que estamos en un tanatorio de la provincia de Toledo, que Wieder es un psicópata y que yo he pensado en escribir sobre el cuerpo presente de mi bisabuelo.)

El hombre sale. Yo me planteo despertar a mis tías y largarnos de allí. Pero tampoco vamos a abandonar al bisabuelo. “¿Debo ser valiente o cobarde?” Este dilema concentrado dura el tiempo para que el personaje vuelva con un termo de café. Dos tazas sirve para los dos. Él y yo. Atento a todos los detalles, trinca la botella de anís de mis tías y le da chispa a los cafés. Mi taza tintinea sobre el platillo. Las cañerías gimen. Mis tías siguen traspuestas. Una de las lamparitas se funde. Junípero Gómez Mate sigue en su sitio. Pienso en un cuadro de Caravaggio y luego en una película de la Universal con Christopher Lee, pero el hombre que tengo enfrente no se le parece a éste en nada y termina por presentarse: Soy Abel Romero. Tras un segundo, continúa: Por el grosor que divide su marcapáginas, veo que ya debe conocerme. No tenga dudas, recién lo acaba de leer: Abel Romero, el detective que busca al malo en Estrella distante y quien le comenta a B. que tiene planeado retirarse del oficio de la investigación y montar un negocio de pompas fúnebres en Chile. Aunque ya ve, me establecí en Talavera. El negocio es mío, pero padezco insomnio y aprovecho para revisar todo en persona. Y por qué no confesarlo, deleitarme en la propia satisfacción. ¿No me habrá tomado usted por Carlos Wieder, verdad? Bueno –prosigue–, en esta obra donde domina el tema del doble, ha podido confundirme. Cunden las analogías personales en Estrella distante. Ah, el doble, el dopplegänger, dicen los alemanes, sobre todo si es maléfico. Carlos Wieder, poeta de la muerte; B. poeta de la vida.

Ya más tranquilo, logró articular palabra: Usted-detective real / B.-detective literario. Seguimos charlando, Abel Romero no quiere anticiparme el final de Estrella distante, un final en el que interactuarán él y B. Eso se prevé desde el principio, así que no desvela nada importante del libro, solo matiza que la actitud de B. se mostró algo distinta a cómo se narra, “¿más cobarde que valiente?” [En la realidad, Abel le enseñó ciertas fotos a B.]

Las que ahora se desvelan son mis tías, que estiran piernas y le agradecen la atención a don Abel, quien termina por retirarse con la formalidad de un asistente papal. Mis tías toman agua, café y se terminan la botella de anís. Yo creo que, ya en la misa previa al entierro de Junípero García Mate, están borrachas. Desentonan en el réquiem; una, cabizbaja como margarita marchita; la otra, épica como hincha del Liverpool. Menos mal que solo somos cinco; el cura y mi bisabuelo pasan de todo. Pero yo ando estragado por la vigilia y mi mente es un carrusel anagramático: Abel Romero / Arturo Belano / Roberto Bolaño. Decía Robertito en una entrevista que de no haber sido escritor, le hubiera gustado ser detective en la vida; quizás por eso le suprimió una sílaba al director del tanatorio de Talavera de la Reina.   

Luis Vinuesa García

Cuadro de cabecera: Los pastores de la Arcadia, Nicolás Poussin

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