EL APICULTOR, Autora: Carmen Lalinde Antón

La abeja reina solo copula una vez en la vida. En un vuelo nupcial se aparea, sus zánganos mueren y ella vuelve a la colmena. Lo aprendí cuando todavía era un niño en clase de ciencias y por primera vez atisbé la crueldad de la naturaleza. Aún así se despertó mi interés y enseguida descubrí el veneno de su belleza. Soy apicultor, podríamos decir que desde aquel día en el pupitre.  

Ella también volvió a la colmena cuando perdimos a nuestro hijo. Nació muerto, después de nueve meses de ilusiones y proyectos. Es curioso leer en su pequeña lápida la fecha de la muerte anterior a la del nacimiento. Cómo puede morir uno antes de nacer. Cómo la naturaleza puede llegar a apretar tanto…

Vivo en medio de un bosque de robles. No creo que pudiera vivir en otro sitio. Paseo por el sendero que yo mismo he marcado con las suelas de mis zapatos y me mimetizo con mis abejas cuando me envuelven en su torbellino de alas, en su vuelo imposible de zumbidos y cuerpos orondos. La miel es suya, y esa siempre ha sido mi premisa. Yo solo las cuido. Las protejo para que me den lo que les sobra y bien sabe Dios que son generosas conmigo.

Soy un hombre callado. Prefiero ese zumbido a cualquier conversación y ellas lo saben. He aprendido a distinguir sus sonidos y no es el mismo cuando están contentas o cansadas o cuando algo les enfurece. Yo estoy ahí para escucharlas, para acompañarlas en sus idas y venidas por los troncos leñosos de los robles.

A María hace años que le transmití mi amor por ellas. La traje a mi bosque cuando apenas éramos unos chiquillos y le enseñé a amarlas. Ahí agachados una tarde de verano le susurré para que se fijara en cómo las otras hacían corro y abanicaban con  sus alas a la reina. Vio lo tranquilas que son. Que no hay por qué temerlas. Supo cómo  sentirlas y comprobó que sin una amenaza ellas nunca te atacarán. Le tomé de la mano y le mostré el espectáculo que supone observarlas mientras se pasean por las grietas resinosas de los robles oliendo con sus antenas y saboreando con sus patas. María las miraba fascinada pero con el tiempo dejó de venir. Al fin y al cabo, su pasión por las abejas no era comparable a la mía. Es difícil que así sea. Yo sí vengo cada día. La gente me abruma y mi ritmo pausado de vida no suele resultar interesante.

A María le gustaba menos la soledad. Necesitaba de los demás como yo necesito de mis criaturas. En cuanto tuvimos una edad nos casamos. Éramos tan jóvenes y nos queríamos tanto… Ella era alegre y hacía que nuestra casa lo fuera también. Yo le daba la miel y María la almacenaba en frascos de cristal. La miel de roble es oscura y no tan dulce como la de las flores. Escribía una etiqueta en cada frasco, con su letra menuda y perfecta. Como lo era ella. Luego se encargaba de repartirla al final de la semana. Muchos se acercaban a casa a recogerla y les explicaba parlanchina todas esas propiedades de nuestra miel que ayudarían a que vivieran más tiempo.

Las abejas sólo pican una vez. Sus aguijones se enganchan y mueren desgarradas. Eso le pasó a María. Mi abeja reina murió. Se desgarró y se fue para acompañar a nuestro hijo. En su última mirada fue como si me pidiera permiso para no dejarle solo. Las obreras funerarias se llevan a sus hermanas muertas. Olfatean su rastro y las deslizan por la oscuridad de la colmena.

Yo les siento entre los murmullos de las hojas y cada vez que paladeo la miel que las abejas me han querido dar. Dos nombres y cuatro fechas se veneran en mi bosque. Dónde mejor que entre robles y colmenas.

Carmen Lalinde Antón

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