DIVERTIMENTO SALVAJE IV, Autor: Luis Vinuesa García

Tengo un amigo que cuando termina un libro que le ha satisfecho, se fuma un buen canuto y reflexiona. Es mi amigo, que quede claro, quien lo hace: leer, fumar y reflexionar. Hace poco leyó Nocturno de Chile, de Bolaño. Fue mi amigo, ya dije, quien lo leyó, de un tirón y en una noche haciendo honor al título. Nocturno… y un canuto al alba. Pero en estos tiempos en que los próceres de la patria cuidan de todos, en estos tiempos adversos en que los dignatarios se desviven por la ciudadanía y protegen sobre todo a los más débiles, se han olvidado de los drogadictos no legales. Alcohol y tabaco se pueden conseguir, costo y otras sustancias es más difícil. De mayoristas a minoristas la trazabilidad se halla interrumpida. Queda buscar al cultivador de proximidad y que te pase lo que sea. Y a mi amigo le vendieron una yerba que colocaba lo suyo y que lo dejó poco menos postrado en la cama. Y a ratos se reía, y a ratos se descojonaba, cavilando sobre su reciente lectura: Nocturno de Chile. Ahí, en la cama, como el protagonista, que en un estado febril revisa partes de su vida que va engarzando mediante la visita imaginaria de alguien a quien llama “joven envejecido”. Hay críticos que al joven envejecido lo identifican con Bolaño, otros con el mismo protagonista, el cura Sebastián Urrutia, en un desdoblamiento puer senex, o “viejoven”, que diríamos ahora, pues tengamos la edad que tengamos nunca dejaremos de ser niños, lo que sucede es que lo hemos olvidado…

A esas aproximaciones mentales se llegaba mi amigo en la cama, donde le invadía la risa imaginando a su hijo que entraba y preguntaba: ¿De qué te ríes, papá? ¡Del rey!, se le ocurría a mi amigo influenciado por Nocturno, donde el protagonista, el cura Urrutia, se codea con todo un jefe de estado como Pinochet. Y mi amigo se ríe sobre el colchón porque en un momento dado Pinochet le pone la mano en la rodilla al cura y a éste se le despereza la sexualidad adormecida. Y mi amigo concibe una conversación con Bolaño, que defiende su humorismo literario como valladar contra el horror. Puede ser un humor de plano, o de gag, dice Bolaño, en la línea de Aristófanes; situemos de ejemplo al cura que se “rodillea” con Pinochet. En otro momento de la novela, Urrutia suelta un halcón y al punto arrecia un viento huracanado y la oscura sotana se levanta hasta envolverle la cabeza a la manera de cebolla negra. Sí, le responde mi amigo a Bolaño; durante todo tu libro la sotana es un leitmotiv comparable a una lencería de exterior. Hasta recuerda a Marilyn cuando la vestidura revolotea a causa del aire acondicionado. ¡Cuidado!, dice Bolaño, que las connotaciones pueden volverse tenebrosas: también escribo que “su sotana batida por el viento era como su sombra, su bandera negra (…) pozo donde se hundían los pecados de Chile y ya no salían más”. A mi amigo le entró un escalofrió y le pidió a Roberto Bolaño volver al humor. Sí, sí, el humor, dice Robertito. Apostemos ahora por un humor de caracteres en la línea de Menandro: el carácter de los bucólicos curitas. Ejemplo: el padre Urrutia sale en bicicleta de picnic (botella de vino incluida) con otro padre con quien llega a confesarse “a orillas de un río, entre la hierba y las flores silvestres”. Hablando de yerba, dice Robertito, ¿qué le vas a explicar a tu hijo, que está llamando a la puerta reclamando el desayuno? ¿Cómo vas a justificar la risa marihuana que te ha entrado? ¡Con el discurso del rey!, exclama mi amigo.

¡Buenos días, Fernandito!, saluda a su hijo, que raudo se ha metido en la cama. El niño le pregunta a su papá por qué se ríe. A continuación, mi amigo coge la tablet de la mesilla y le enseña el video del discurso del rey: Mira, hijo –explica en la línea de Menandro–, este señor es de Barrio Sésamo y con el ademán de cerrar los puños dice: “pulso”, “vitalidad”, “fuerza”. A esto se le llama un tópico en la literatura. El tópico del rey sabio. Estaría gracioso –continúa mi amigo en la línea de Aristófanes– que por una corriente imprevista se volara la bandera y le tapase la cabeza. ¡Así!, dice Fernandito, y coge la sábana y le cubre la cara a su padre y ambos empiezan a jugar al tiempo en que irrumpe la madre y compañera y lanza al aire la corona y se tira encima de ellos; riéndose.

Luis Vinuesa García

 

 

Boceto de cabecera: Un viejo en un columpio, Francisco de Goya

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