DEVOCIÓN DE PATTI SMITH, Autora: Silvia Sánchez Muñoz

 

 

Devoción de Patti Smith

 

Una patinadora gira sobre sí misma. Una escritora la observa en la televisión de una habitación de hotel, un hotel de una gran ciudad europea en un tiempo que podría ser el tiempo presente, el ahora de quien lo narra y de quien lo lee. La patinadora traza líneas sobre el hielo como si cuestionara lo infinito, y en esa quietud que da lo extraordinario, la escritora imagina una vida, en otra época, en otro tiempo marcado por una gran ciudad dentro de una gran guerra que dividió un mundo ya caduco de bordes color sepia, y anota en una libreta de hojas grises: «Cierro los ojos y visualizo la cima de un glaciar y me deslizo en un íntimo manantial caliente rodeado de paredes de hielo impenetrable. Trepo por el lateral de un volcán tallado en hielo, con el calor que emana del pozo de devoción que es el corazón femenino».

En esa patinadora que gira sobre sí misma —movimientos elípticos sin fin—, la escritora proyecta la historia de la joven Eugenia y dice: «La suya era una historia que no podía terminar, solo deshilacharse. Una historia con el poder intrínseco del mito. Una historia que se entregaba a sí misma, dejando solo una transparencia». Y la sitúa en un pueblo de algún país del norte de Europa, rodeada de niebla y de un triste frío de posguerra. Vive en una cabaña frente a un lago, junto a su tía, dueña de su presente y de su pasado desde que sus padres se la entregaron antes de ser arrastrados a un campo de concentración en Eslovenia, su país de origen, cuyo mapa Eugenia intenta trazar en su memoria una y otra vez.

Para Eugenia el presente es como un abrigo que se ajusta mal, demasiado holgado e incómodo, bajo el que se siente desnuda frente a la mirada de los demás. Por eso y por muchas otras razones que ella todavía no se atreve a preguntarse, cada día va al lago, se ata los patines y se desliza por el hielo como si arañara la vida, y dice la escritora: «Como si se hallara en el centro de una infinidad de infinitos».

Desde la linde del bosque, bajo los árboles, Él la observa. Con su mirada  deja claro que la quiere solo para él. Podría ser su padre, por sus arrugas en el rostro, y sus hombros caídos, por sus andares grises y esa forma de comportarse, como la de quien puede tenerlo todo. Quizás por curiosidad o aburrimiento, ella le deja estar, y un tiempo después, acepta como regalo un abrigo rojo, sobre todo, porque por fin hay algo, aunque solo sea de manera efímera, que se ajusta a su cuerpo. Él sonríe el día que la ve patinar con el abrigo, una mancha roja sobre un blanco inhóspito y silencioso en el que da vueltas alrededor de un núcleo que ya sabe que le pertenece.

Y así, durante un tiempo, ambos se entrelazan entre trazos curvilíneos que buscan la figura engañosa del infinito. Hasta el día en el que ella sabe que un paraíso ganado también es un paraíso perdido. Entonces ocurre lo que ocurre, provoca lo inevitable sin un ápice de compasión, y la escritora, a través de sus actos, dice: «Eugenia eligió contar su historia en la iglesia más grande, la catedral verde que es la naturaleza. Porque también la naturaleza es sagrada… más sagrada que las reliquias de los santos. Eso eran cosas muertas en comparación con el ser vivo más insignificante. El zorro lo sabe, y el ciervo, y el pino».

Eugenia vuelve al lago y, en el silencio de lo extraordinario, las hojas afiladas de los patines comienzan a  hendir la superficie helada con el ansía de una criatura que aún está por nacer, y dice la escritora: «Para apartarse, protegerse en la crisálida, disfrutar del rapto de la soledad, a pesar del deseo de los demás».

 

Silvia Sánchez Muñoz|mayo 2020

 

 

Todos los textos citados en la reseña pertenecen al libro Devoción de Patti Smith, publicado por Lumen (2018); 120 páginas.

 

 

 

 

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