Jericó (3ª parte de Heredero del Gólem). U.S.E.

Entrega 11 de Jericó

    La velocidad a la que se modificaban las cotizaciones impedía al ojo humano seguirlas y hacia innecesarias sus intervenciones. El sistema seguía las órdenes automatizadas de los programas bursátiles. Una aguda somnolencia invadía a los supervisores en aquel mes de noviembre y les retrotraía a los días más calurosos del verano. Simplemente, observaban los paneles. Realmente cómodo, pensaban. La cotización del Samario, sin previo aviso, sin que existiera ninguna noticia que le acompañara, se derrumbó de manera abrupta sin que saltara ninguna alarma, solidaria con el cambio de la temperatura exterior: una caída de diez grados que recordaba que el verano había pasado. Las sacudidas, en ondas sucesivas, alcanzaron al resto de las cotizaciones y de los mercados. Como siempre que ocurría algo parecido, dieron la alarma y las órdenes de venta se sucedieron a un ritmo atropellado entre los grandes gritos enredados en el estrecho recinto en el que oficiaban. Lo inesperado surgió cuando, imitando el ritmo de los vientos que se arremolinaban en la calle, brotó una subida sin fin que rompió de nuevo los esquemas de funcionamiento que permitían que el sistema operase de forma autónoma. La sensación de impotencia, ruina y desolación aplastó, ahogando los gritos previos, a todos los que compartían el sucinto espacio lleno de pantallas de la sección de contratación de la agencia de valores y se extendió como un virus letal por todos los pisos de la central, ascendiendo hasta la diáfana cúspide del rascacielos ocupada por el presidente de West Side Capital, Donald Duck. Donald se había sometido a un nuevo tratamiento con células totipotentes tras abandonar TOCSA y presentaba un aspecto rejuvenecido. El chip intracraneal, conectado siempre con otros dirigentes y que le informaba de la situación general y de los mercados, no le dio ninguna alarma antes de que el derrumbamiento se produjera. Donald adquirió la súbita percepción de que en aquel momento su posición, a pesar de su edad y de llevar sólo quince meses en el cargo, valía menos que la del vigilante nocturno. La transformación de su rostro hizo que pareciera como si el tratamiento rejuvenecedor no se hubiese producido. El escenario se repitió en todas las agencias de contratación, con todas las cotizaciones de las grandes empresas y en todos los mercados. El estupor se propagó como una epidemia. Mientras, en los supervisores humanos arraigaba la certeza de la inutilidad de sus actos; algo o alguien se adelantaba a sus intenciones y provocaba enormes pérdidas financieras a sus empresas. Cuando, para tratar de detener la catástrofe, se suspendieron las cotizaciones, los estragos eran tales que el noventa por ciento de las grandes fortunas se había volatilizado y, por contra, cinco fondos, que hasta aquel día no disfrutaban de ningún protagonismo y que siempre habían sido ignorados, detentaban el noventa y nueve con cinco por ciento del capital global. Se había provocado una nueva concentración de la riqueza. Si la millonésima parte de la población mundial poseía el noventa y nueve por ciento de la riqueza mundial, ahora esos porcentajes habían cambiado a la cienmillonésima parte y la concentración se había producido a favor de esos cinco fondos. Las preguntas de todos los operadores de los mercados fueron: «¿Quién está detrás de esos fondos? ¿Cómo habían manejado el mercado de esa forma y con tan poco capital? ¿Era un sofisticado ciberataque? ¿Cómo habían conseguido actuar a esa velocidad de nanosegundos?». Alguien pensó que podía haber sido una tormenta solar que hubiera alterado el normal funcionamiento de los sistemas. Ya había ocurrido en otras ocasiones, la última vez en 2097. Se desechó la idea: no se había detectado ningún aumento de actividad solar a lo largo del último mes.

    La vuelta a los dormideros a través de los túneles no tuvo aquel día el mismo ritmo militar que el resto de los días. El aire plomizo y contaminado del exterior parecía que se había infiltrado en los edificios y en los túneles, y azotaba a la población con su efecto nocivo. Los dirigentes sufrieron, por primera vez en su vida, la frustración: los subalternos no les dejaban el paso preferente al que tenían derecho. Muchos se arriesgaron a ir a cielo abierto provistos del traje protector contra la corrosiva y asfixiante atmosfera exterior.

    La sede de uno de los cinco fondos, Equality Capital, en un apartamento del Shanghai World Financial Center, con sólo dos personas, no daba abasto para responder a las llamadas de todos los medios mundiales. Según la opinión mayoritaria de los distintos agentes del mercado, era uno de los centros de los que habían partido las órdenes que habían puesto patas arriba el sistema. Nadie sospechaba la realidad; las órdenes se habían emitido a través de una red que saltando fronteras, horarios y tempestades abrazaba todo el planeta, y aquella sede era una de las tapaderas. La realidad era que los mutantes habían tocado las trompetas y habían gritado a voz en cuello, ante lo cual las murallas de Jericó se derrumbaron.

    Se formó una comisión internacional para tratar de encontrar los posibles resquicios legales que permitieran recuperar parte de la autoridad perdida. No se encontró forma de revertir la situación. Cuando en un tímido intento trataron de devolver el escenario a su origen, aquellas sociedades desconocidas se les adelantaron y provocaron un nuevo trasvase a sus fondos. No se atrevieron a ir más allá al comprobar que muchas de las participaciones en esos fondos pertenecían a los vigilantes. Si se les expropiaba o emprendían alguna acción legal, podían provocar una revuelta, lo que les desalojaría del poder. Era como si esas malditas sociedades adivinaran lo que planeaban y se les anticiparan. No sospechaban que eso era precisamente lo que realmente sucedía.

    Las cotizaciones de las empresas y sus situaciones financieras sufrieron el azote de aquellas sociedades. El tsunami arrambló con todos los mercados: divisas, oro, materias primas, futuros, derivados… El colapso no sólo afectó a las compañías, sino también a los países con monedas más fuertes o con las reservas más significativas, cuya seguridad se volatilizó en esos dos días.

    Se acusó a China de ser la responsable de la manipulación, pero China también había sufrido aquel ataque y sus gigantescas reservas se habían volatilizado con la tormenta. Los agentes judiciales asaltaron las sedes de las cinco sociedades responsables de los fondos. Al tratar de detener a los administradores, se encontraron en situaciones parecidas a las de Equality Capital. Lo único que había en aquellas habitaciones eran dos obsoletos ordenadores, dos mesas y dos sillas. Los empleados de las distintas sedes habían sido contratados cinco meses atrás por un anuncio en Internet y desconocían quién estaba detrás. Todos recibían el dinero de sus nóminas por adelantado a través de una transferencia desde bancos localizados en las Islas Jersey, Mann, Bermudas… En aquellas oficinas vacías nada explicaba lo ocurrido. Equality Capital y los otros cuatro fondos eran unas enormes redes extendidas por multitud de localizaciones de todos los países. No había nada que embargar. No existían personas concretas a las que se pudiera procesar por utilización de información privilegiada. Todo figuraba a nombre de otras sociedades. A su vez, al profundizar en las investigaciones, se advirtió que se ramificaban en un número inabarcable de nuevas sociedades. Cuando se rastrearon esas sociedades ya se habían disuelto y los capitales se habían repartido entre más de trescientos millones de personas distribuidas por todos los estados, impidiendo saber qué existía detrás de ellas.

    El interrogatorio de algunas personas que aparecían en las transacciones de los cinco fondos no añadió ninguna información útil. Unas habían recibido una comunicación que mostraron a las autoridades. En ellas les informaban que les había correspondido una participación en alguno de los fondos. Posteriormente, les habían informado de la disolución de la sociedad ingresándoles el dinero de la liquidación. Otros declaraban que habían comprado las participaciones a partir de una oferta en un anuncio. El resultado siempre era el mismo. Cuando se investigaron los correos y la publicidad de todo lo que tuviera que ver con las sociedades, la impresión era que el origen no era uno, diez, cien ordenadores…, la red se extendía a modo de telaraña por millones de sistemas esparcidos por todo el planeta con la complicación adicional de que muchos pertenecían a las mismas empresas que habían sufrido las pérdidas. No había forma de recuperar el dinero si no era forzando la legislación internacional. En ese caso, se corría el riesgo de una explosión social junto a la aparición de conflictos entre todos los países. El resultado no fue, como se difundió en los primeros momentos, que la riqueza se hubiera concentrado en el 0,000001 % de la población y que esa población poseyera el 99,5 % de la riqueza, sino que el 13 % poseía el 99,5 %. Se había producido un vuelco en el reparto. Los organismos internacionales, gobiernos, grandes corporaciones… programaron reuniones, congresos y comisiones para evitar que aquello se repitiera. Se contrató a programadores informáticos, economistas, formadores de mercado… para que buscaran soluciones a lo que suponían que había sido un fallo del sistema. De forma provisional, y por un período corto, aumentaron el consumo y las ofertas de empleo en todos los sectores.

Extraído de Josué 6, 20 (Antiguo Testamento).
Los robots están comenzando a dominar los mercados. https://www.xlsemanal.com/actualidad/20130526/pistoleros-wall-street-5471.html

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