Jericó (3ª parte de Heredero del Gólem). U.S.E.

9ª entrega de Jericó

    Marcelo efectuaba su vigilancia nocturna en el límite de alta seguridad del interior de la Zona. Su traslado había coincidido con la dimisión del presidente de TOCSA, Donald Duck que había sido nombrado presidente del Grupo de Capital Riesgo West Side Capital de Chicago. La vigilancia en la Zona de alta seguridad exigía una atención muy distinta a la de los centros de producción. Allí se era consciente de que uno era un soldado del sistema. Se examinaban los movimientos de los excluidos por los monitores. Allí residían el primer ministro, los consejeros, los ministros, los presidentes de las grandes corporaciones y el propio presidente. Su cometido: impedir la incursión de los excluidos. Un muro de quince metros de altura rodeaba el recinto y sobre él se incrustaban las alarmas, las cámaras y los focos que enmascaraban el brillo de la luna. A ello se le añadía una valla electrificada y el generador magnético, que producía la burbuja de aire purificado que se extendía por la zona.

    Se entretenía por las noches leyendo y dirigiendo, de vez en cuando, su mirada a los monitores. A los cincuenta y ocho días de su nueva función tuvo lugar algo que cambió su existencia. Una de las veces al levantar la vista del artículo sobre la historia del siglo XX que leía en aquel momento y mirar los monitores, distinguió que un individuo deambulaba alrededor de la cámara n.º 135. Aparentaba unos cuarenta años. Andaba lentamente a lo largo del muro, tanteando cada dos pasos las paredes. Al llegar a la puerta de acceso n.º 74 de la Zona se detuvo y la estudió con suma atención. El sujeto ofrecía un aspecto demacrado, excesiva delgadez y usaba ropas bastante raídas. Durante las dos semanas siguientes el paseo se repitió a la misma hora: las doce y media de la noche. Siempre finalizaba en los contenedores de basura de la zona. Allí, Marcelo lo observaba escarbar y devorar lo comestible que encontraba.

    Aquel comportamiento no le suponía ningún problema. Nunca trataba de escalar el muro o forzar la puerta de acceso a la Zona. Marcelo suponía que el individuo reconocía de antemano que tanto lo uno como lo otro le eran imposibles. Lo escoltaba todas las noches con las cámaras en una ruta que concluía, indefectiblemente, en el basurero.

    Tras diecisiete días contemplando aquella repetitiva actividad, Marcelo se sentía culpable cada vez que le veía escarbar en la basura. «Quizás pueda ayudarle y encaminarle al almacén de alimentos de la Zona», pensó. El método era un poco retorcido. Lo manipularía como a un ratón en una caja conductista.

    La decimoctava noche Marcelo dejó entreabierta la puerta nº 74 del muro que comunicaba la Zona con el exterior. El excluido, al advertirlo, primero se dedicó a inspeccionar los alrededores y a mirar las cámaras sobre el muro. Después de contemplar largo rato la puerta abierta se arriesgó a penetrar en la Zona.

    Marcelo le condujo hasta los almacenes mediante el sistema de compuertas. El excluido medía cada paso. Marcelo dedujo que temía que en cada uno de ellos saltara una alarma. Marchó a través de aquel laberinto precedido por los focos que se encendían según avanzaba. Sus recelos desaparecieron en cuanto descubrió los estantes repletos del almacén; se despojó de la prenda que cubría sus espaldas y confeccionó con ella un hatillo que rellenó con gesto nervioso con todo lo que pudo. Al acabar dirigió su vista hacia el techo buscando las cámaras y, suponiendo que eran las que le habían encaminado hasta allí, hizo un ademán de asentimiento. Marcelo le condujo hacia la salida de forma inversa a su camino de llegada. En la puerta, al abandonar la Zona, hizo un gesto que Marcelo quiso interpretar como de agradecimiento.

    La escena se repitió en sucesivas visitas nocturnas. A la sexta noche de su incursión en la Zona no apareció sólo. Le acompañaban dos mujeres y un hombre. Los tres exhibían la misma estampa que el primero, con sus ropas raídas y sus caras demacradas. Cuando Marcelo se fijó más detenidamente advirtió que a una de las mujeres la espiaba, sobrevolándola, un dron minúsculo. Fue consciente de que a partir de aquel instante se había terminado cualquier posibilidad de ayuda. El dron tenía un significado siniestro. Él nunca había participado en aquel juego que se había extendido tan gradualmente, como la crisis económica, y que había alcanzado su actual esplendor con su cronificación. Se había convertido en el único sistema de subsistencia para muchos excluidos. La ocurrencia de que se podían utilizar los drones para seguir durante las veinticuatro horas del día a las personas participantes en aquel juego sólo había contribuido a exacerbarlo.

    Su simplicidad permitía que cualquiera pudiera participar en aquella trama. Todo empezaba acudiendo a una de las numerosas casas de apuestas que habían proliferado como setas. En ellas los excluidos podían conseguir algo de dinero y se convertían en el objeto de la apuesta.

    La apuesta siempre versaba sobre el destino que tendría una persona. Ese destino incluía encontrar trabajo, prostituirse, buscar comida en un basurero… o, por último, y que era lo que más dinero proporcionaba al apostante, que se suicidara.

    Alguien, no recordaba quién, le había comentado que había conseguido así un dinero que necesitaba. Aunque estaba prohibido por el gobierno, era conocido por todos y las autoridades hacían la vista gorda. Ese alguien le dijo que así había logrado salir de su mala situación y, además, había conseguido no sufrir grandes daños.

    El juego permitía a los apostantes tratar de forzar al sujeto, o a otras personas, para que así su envite saliera vencedor. Si se apostaba a que el excluido recogería comida en un estercolero, unos jugarían a favor de ello y tratarían de forzar al individuo directamente o a través de sus conocidos a ir al basurero.

    Marcelo dedujo que la mujer seguida por el dron participaba en aquel macabro juego. Por su aspecto estuvo seguro de que la apuesta en su caso era su suicidio. Y las apuestas estarían, en ese caso, diecinueve a uno a favor del suicidio.

    La visión rápida del dron y su significado hizo que aquella noche la puerta n.º 74 permaneciera sellada. Hasta entonces había podido borrar las imágenes de vídeo de las visitas nocturnas del excluido. No podría borrar, sin embargo, las imágenes captadas por el dron. No podía arriesgarse a seguir. Si le pillaban sería el próximo que rondaría por los muros de la Zona.

    Los cuatro excluidos volvieron a inspeccionar la puerta n.º 74 en los siguientes días. La entrada permaneció tercamente cerrada. Su paseo acababa en el basurero rebuscando algo con lo que subsistir. Una de esas noches Marcelo fijó su atención en la mujer. Los movimientos de la mujer le resultaron familiares a pesar de la distancia. Con el zoom de unas de las cámaras acercó la imagen. Una conmoción le sacudió. ¡¡Silvana!! Marcelo la había conocido cuando trabajaba en la central de vigilancia del tráfico. Había sido la encargada de supervisar las nóminas. Había compartido con ella la única etapa de su vida en la que había sentido que formaba parte de la comunidad humana. Aquello duró poco, pero seguía padeciendo sus consecuencias. Él entonces no sabía que tenía la mutación. USE aún no se le había revelado. Silvana tenía un hijo de doce años.

    «Hace unos nueve años la conocí», pensó. La formación de Silvana era como la de todos y había pasado por videovigilancia, pero por sus conocimientos matemáticos contables había sido destinada a la sección de supervisión de todas las transferencias realizadas por la empresa. Por aquel entonces, Marcelo tuvo un descuento inesperado en la nómina y acudió a las oficinas centrales para que se lo explicaran. Después de pasar por varios asistentes virtuales, al final le mandaron al despacho de la supervisora: los asistentes virtuales no entendían cuál era el problema. La supervisora era Silvana. Le recibió con una carcajada mientras miraba sus brazos. Estaba bajo los efectos del virtualsense y más tarde le comentó que, en su visión, el tamaño de sus brazos era descomunal, que pensó en un saco de patatas hablante más que en un hombre. Poco a poco se le fueron pasando los efectos de la droga y Marcelo pudo explicarle cuál era su problema. Percibiendo que la miraba con desconfianza, le pidió perdón y le dijo que, como allí todo el trabajo era realizado por los robots, el tiempo se le hacía muy largo y que a veces, como había podido observar, se tomaba una o dos pastillas de virtualsense. Le pidió que le mostrara la nómina. Nada más verla le dijo que el cambio que había observado era por la nueva ayuda a los excluidos establecida por la empresa. Marcelo le dijo que se suponía que esta aportaba lo mismo que el vigilante. Silvana le expuso que no había nada que hacer, eran los acuerdos internacionales los que permitían esos manejos. Marcelo quiso saber qué otros acuerdos les afectaban a los empleados. Silvana le propuso que quedaran después del trabajo y así comenzaron los encuentros, que con el tiempo le llevaron a vivir en el apartamento de Silvana. A ello contribuyó de forma especial Ronaldo, el hijo de Silvana, para el que se convirtió en inseparable. Ronaldo tenía once años. Como muchos otros chicos de su edad no tenía padre. Había sido fecundado, como la mayoría, en un laboratorio con el esperma de un donante anónimo. Marcelo se transformó en la figura paterna que necesitaba y cuando Silvana no estaba o estaba bajo los efectos del virtualsense que la impedían razonar, los dos se lanzaban a descubrir el mundo que les rodeaba. «Siempre utilizábamos mi triciclo», pensó Marcelo.

    Un espasmo recorrió su cuerpo al revivir el accidente.

   «Aquel día decidimos visitar la granja en la que se exhibían los animales que habían servido de alimento al hombre y que con los cultivos celulares habían desaparecido. Decidimos utilizar el triciclo con la prolongación trasera en la que iría Ronaldo. Fue un día luminoso y no muy caluroso. Pensé que sería uno de los pocos días en los que no habría tormenta. Libraba de guardia y había poco tráfico a la hora en la que cogimos la vía que conducía al zoológico. Eso hizo que el triciclo adquiriera una velocidad que pocas veces alcanzaba. De pronto, ante nosotros surgió aquel furgón de transporte militar atravesado en la carretera. Traté de recuperar el control manual del triciclo, pero el vehículo no respondía. Parecía como si hubiera tomado él ya su decisión para evitar el choque con el furgón».

    Un nuevo estremecimiento recorrió su cuerpo.

   «El triciclo desvió su trayectoria. Era imposible que evitara el choque, pero se dirigió hacia la parte posterior del furgón. No me dio tiempo a pensar por qué hacía aquella maniobra. En el hospital, mientras me curaba de las quemaduras, tuve tiempo de pensar que el triciclo lo hizo porque en aquella zona el furgón tenía una menor altura. Si chocábamos, saldríamos despedidos fuera de la vía de circulación, cosa que ocurrió. Lo que no calculó el sistema fue que, como consecuencia del choque, el triciclo iría a chocar contra la torre del sistema de purificación del aire y que eso haría que el triciclo y la torre ardieran. Tampoco debió prever que yo saldría despedido unos metros más allá, lejos del fuego y que Ronaldo quedaría atrapado en la parte trasera. Aturdido por el golpe me incorporé y trate de acercarme al triciclo. Mi actuación instintiva hizo que no me diera cuenta de que me estaba quemando el brazo, pero el dolor de la quemadura y el atontamiento del golpe hicieron el resto y caí desmayado».

    Unas gruesas lágrimas corrieron por sus mejillas.

    «Desperté en el hospital con los apliques de piel en la zona del brazo y un collar rígido alrededor del cuello. Ronaldo había muerto. A raíz de aquello, Silvana aumentó el consumo de virtualsense y al cabo de tres meses la despidieron pasando a formar parte de los excluidos. Mi relación acabo mucho antes. Yo le recordaba a Silvana la muerte de Ronaldo. Subconscientemente, me culpaba a pesar de que mis quemaduras eran la prueba del intento de rescatarlo. A partir de ahí empezó mi etapa de aislamiento, que se agudizó cuando me enteré de que formaba parte del grupo elegido. A ello contribuyó el saber que USE no sólo conocía mi situación, sino que en última instancia había sido el que había dirigido el triciclo. Y no sólo había calculado lo que ocurriría. Había previsto que era la única posibilidad de que uno de los dos se salvara. Había elegido salvarme a mí. USE calculó que Ronaldo, si sobrevivía, se convertiría, debido a su situación y sin mi apoyo, en un excluido. USE lo condenó y a mí me salvo».

   Ahogó un grito de rabia contra USE y lo que significaba.

   «USE es un juez inclemente que condena o salva en función de unos fríos algoritmos. Aquello me hizo decidir que no iba a participar en ninguna organización y menos en una en la que estuviera USE. Y aquí estoy, frente a mis fantasmas».

 

 

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