CHOLITAS, Autora: Isabel Jiménez

 

Ana Rosa se revolvió en el camastro con temor. Cada apoyo de su cuerpo en el miserable colchón le devolvía el eco del dolor que la recorría por entero. El ojo derecho semejaba una ciruela negra. El labio partido comenzó a sangrar tras la primera mueca. La noche pasada José Mario tomó de más y se le fue la mano.

Intentó alcanzar el jarro de agua que dejó en el suelo. A su lado, José Mario roncaba mientras un hilo de baba le caía por la barbilla. Ella lo miró con odio y con miedo. Decidió levantarse con sigilo, se llevó el jarro a los labios y bebió a sorbos, mientras de reojo miraba hacia la cama.

Salió del cuartucho y se aseó en el zaguán. Se vistió despacio, cada gesto suponía un tormento. Cuando se agachó para atarse las alpargatas estuvo a punto de perder el conocimiento. Se agarró a la alacena, trastabillando, hasta que recuperó el equilibrio. Miró nuevamente a la alcoba temiendo que el ruido hubiera despertado a su marido, pero los ronquidos le confirmaron que él seguía durmiendo la borrachera en paz consigo mismo.

Tras recuperarse, asió el cesto de caña y salió con cuidado, cerrando la puerta tras de sí. No se encontró con nadie camino de la plaza, sólo con las gallinas y su picoteo compulsivo. ¡Ay, qué felices le parecieron!

La plaza, por el contrario, presentaba la acostumbrada actividad de los sábados. Los gritos, el color, los olores, todo ello fue despertando sus sentidos. Cuando ya llevaba cargado el cesto con verduras y frutas, se encontró con Patricia, su amiga y vecina.

-Ana Rosa, ¡cuánto tiempo sin verte, amiga!

-Patricia, ¡qué bueno! Se te ve muy linda.

Patricia miró a Ana Rosa buscando un cumplido con el que corresponder, pero al mirarla con detenimiento sintió que la rabia se le iba cogiendo a las entrañas.

-Qué mal te veo. Ya sé que no debo meterme, pero…

-Ya déjalo, Patricia, no es nada.

Ana Rosa hizo un gesto de despedida y comenzó a dar la vuelta, pero su amiga le puso la mano en el hombro y la hizo girar hasta tenerla de frente.

-¿Tendrás un rato mañana para acompañarme? Por la tarde, una hora y media más o menos.

-No sé… -Ana Rosa titubeaba–. Acompañarte, ¿dónde?

-Te espero mañana a las cuatro en la tienda de Carmen.

Caminó de vuelta a casa con el firme convencimiento de que no iría a la cita, no quería líos. Por dentro iba rezando para que su marido se hubiera despertado de buen humor, aunque mejor sería que no se despertara nunca más.

Al día siguiente se levantó con el pensamiento fijo en la cita con su amiga. En el trajín de sus tareas se iba repitiendo: “No voy a ir, qué tontería. A mí no se me ha perdido nada en el mundo de Patricia, allá ella con sus chanchullos”.

Había escuchado por ahí que Patricia y otras mujeres andaban en peleas, como los hombres, pero no sabía muy bien qué querían decir con eso y tampoco tenía ganas de saber más. Bastante tenía con lo suyo.

Pero a las tres y media soltó la escoba, se quitó el mandil, se puso una chaquetilla y una pollera limpias y caminó todo lo rápido que los dolores le permitían hacia la tienda de Carmen, que no era más que una modesta estancia repleta de conservas, plantas, cachivaches y ropa artesanal. Allí la esperaba Patricia con cuatro mujeres más tomando mate y dulces caseros.

Patricia se levantó con alegría y le dio un abrazo que la hizo contraerse y apretar los labios.

-Perdona. Te duele ¿eh?

-No, no es nada.

-Sabía que vendrías. Si no, habría ido a buscarte y te habría traído de los pelos. Esta es mi amiga Ana Rosa y hoy nos va a acompañar.

Las mujeres le dieron la bienvenida con grandes sonrisas. Una de ellas, que también tenía un ojo morado, le puso un mate en la mano.

-Apúralo, verás qué bien te sienta. Lleva un chorrito de ron.

Minutos después salieron y montaron en una furgoneta pintada con colores chillones que estaba aparcada en la puerta. Ana Rosa miró con asombro cómo Patricia se sentaba donde el conductor y la animaba a que subiera al asiento de al lado.

-Patricia, ¿tú manejas?

-Claro, no sólo eso, sino que este trasto es mío. Tú aprenderás a manejar también, ya verás.

-Yo, qué cosas dices.

Cuarto de hora después llegaron a una nave con un discreto cartel en el que podía leerse, GIMNASIO, sin más. En el centro había dos cuadriláteros y en los pasillos diversos aparatos y sacos de entrenamiento. Ana Rosa miró interrogante a Patricia.

-Ahora verás –le dijo esta-. Síguenos a los vestuarios.

Atónica observaba como en vez de ropa cómoda, Patricia y sus amigas se vestían con las ropas tradicionales de las cholitas: chaquetillas, miriñaques, polleras de vistosos colores. Luego se maquillaron y por último se colocaron el bombín. Patricia le explicó que vestirse así formaba parte del espectáculo. Y poco después comenzó este, al que Ana Rosa asistió con la boca todo lo abierta que su labio partido le permitía.

Patricia y Emilia, la mujer del ojo morado, subieron a uno de los cuadriláteros y, tras efectuar unos ejercicios de estiramiento, empezaron a pelear. Ana Rosa comprobó que aquello era lucha de verdad, no un simulacro en forma de danza. Las mujeres se golpeaban, tiraban de las trenzas, a veces interrumpidas por el dueño del gimnasio que tanto hacía de árbitro como de entrenador.

Media hora duró aquella lucha. Cuando terminaron, las mujeres se abrazaron y supervisaron entre risas, los desperfectos que se habían causado mutuamente. Cuando salieron del gimnasio, Ana Rosa comprobó con pavor que era más tarde de lo que había previsto llegar a casa. Patricia la acercó en su furgoneta, pero no pudo convencer a Ana Rosa de que la llevara hasta la puerta de casa. Sólo faltaba que, además de tarde, José Mario la viera llegar en carro y acompañada de Patricia.

El hombre, si bien estaba de mal humor por no haber encontrado a la mujer en casa a su vuelta, no se mostró excesivamente violento.

-¿De dónde vienes?

-Me entretuve con las vecinas en la plaza. Enseguida preparo la cena.

-Sí, apúrate con la cena. Mañana me voy por una semana, tengo trabajo en los campos del valle.

Ana Rosa disimuló el brillo de sus ojos. Se afanó preparando una cena especial y comida para que se llevara el marido.

Durmió inquieta pensando en la oportunidad que aquella inesperada marcha le ofrecía para visitar de nuevo a las mujeres.

Al día siguiente se presentó en la tienda de Carmen a la misma hora y no dudó en acompañarlas al gimnasio. Había tomado una decisión.

-Patricia, ¿crees que yo también puedo luchar?

-Claro. Yo nunca pensé que podría hasta que conocí a Alberto, el dueño del gimnasio. Estaba en una situación parecida a la tuya y él me animó a dar el paso. Casi lo mismo que les pasa a las demás. En unos meses, tu marido no se atreverá ni a respirar en tu presencia –dijo entre risas.

Durante la semana, Ana Rosa comenzó el duro entrenamiento. Cuando llegó el momento de subir al cuadrilátero, pensó que los golpes que recibía eran tan duros como los que le daba su marido, pero dolían menos. Y ella se sentía cada día más fuerte.

Cuando su marido volvió, encontró la manera de escaparse cada día y volver antes que él, hasta que una tarde le vio esperándola a la puerta de la casa.

-¿Y estas horas?

-Me distraje en la plaza -el miedo la dejó paralizada.

-Entra. ¿Qué crees, que no me he dado cuenta de que algo pasa? No es la primera vez que llego y no estás. Ahora mismo me lo vas a explicar.

Se acercó a ella dispuesto a darle el primer golpe, cuando Ana Rosa se puso en posición de defensa y le dio un puñetazo en la nariz que lo tumbó al suelo. Él perdió el conocimiento y comenzó a sangrar. Ella le arrastró fuera de la casa y le tiró una manta encima. Después cerró la puerta con llave y se dijo: “seguro que no le dieron un golpe así en su vida, ni siquiera uno de esos machitos con los que suele tromparse”.

Cenó, se acostó y por la mañana se asomó a la puerta esperando que José Mario se hubiera largado de parranda en busca de consuelo, pero seguía tirado en el patio. Se acercó a él y con temor comprobó que no respiraba. Le agarró de los pies y le metió en el zaguán, después salió corriendo a buscar a Patricia. Temblando le contó lo sucedido.

-Sube, vamos a ver cómo lo solucionamos.

Al llegar a la casa, le dijo:

-Rápido, mete sus cosas en un hatillo y ayúdame a llevarlo a la furgoneta. Dirás a tus vecinas, llorando y aunque no te pregunten, que te ha abandonado.

Lo llevaron a un barranco y lo arrojaron al río. Ana Rosa sollozaba, y Patricia la abrazó:

-La vida es dura, la muerte también. Ahora recuerda lo que te he dicho y no faltes mañana al entrenamiento, que en una semana será tu estreno.

La tarde anterior al debut de Ana Rosa estaba nuestro grupo de luchadoras tomando su mate en la tienda de Carmen. Emilia la miró con cariño y le dijo:

-Mañana pelearemos juntas y quiero que sepas una cosa: te quiero mucho, pero te voy a agarrar de esa trenza gordota que tienes sin compasión. ¡Prepárate! Todas rieron.

El combate fue duro. Ahora, sentada en el camastro mientras se aplicaba ungüentos para calmar el dolor, se vuelve hacia el lado que siempre ocupaba él y dice:

-Ay, lástima que estés muerto, José Mario, porque ya no te puedo matar.

Isabel Jiménez

20/10/2015

 

 

 

 

 

 

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