RUIDO DE PASOS, Autora: Clarice Lispector

Estimadas lectoras y/o lectores:

Vivíamos en la misma ciudad, en el mismo barrio, en el mismo oscuro edificio, pero ya se sabe que eso no significa nada, las ciudades aglutinan cuerpos por la obligación de vivir y nunca por la voluntad de conocerse.

Clarice Lispector.

Ella salía de su casa todas las mañanas a la misma hora, yo apenas salía o no lo hacía nunca; ella se dejaba llevar por el olor del viento, yo cerraba puertas y ventanas para que no entrase. Un día de marzo coincidimos en el ascensor, yo dije, buenos días, ella sonrió, yo dije, adónde vas y ella sonrió, yo dije, Clarice, qué podemos querer y ella contestó, la mujer, que soy yo, solo quiere alegría, y luego, sonrió.

Más tarde, recordé que esa frase pertenecía a un cuento de ella y sonreí.

M.C.A., para Yukali Página Literaria

 

 

Ruido de pasos 

Clarice Lispector

 

Tenía ochenta y un años de edad. Se llamaba doña Cándida Raposo.

Esa señora tenía el deseo irreprimible de vivir. El deseo se sustentaba cuando iba a pasar los días a una hacienda: la altitud, lo verde de los árboles, la lluvia, todo eso la acicateaba. Cuando oía a Liszt se estremecía toda. Había sido bella en su juventud. Y le llegaba el deseo cuando olía profundamente una rosa.

Pues ocurrió con doña Cándida Raposo que el deseo de placer no había pasado.

Tuvo, en fin, el gran valor de ir al ginecólogo. Y le preguntó, avergonzada, con la cabeza baja:

—¿Cuándo se pasa esto?

—¿Pasa qué, señora?

—Esta cosa.

—¿Qué cosa?

—La cosa —repitió—. El deseo de placer —dijo finalmente.

—Señora, lamento decirle que no pasa nunca.

Lo miró sorprendida.

—¡Pero ya tengo ochenta y un años de edad!

—No importa, señora. Eso es hasta morir.

—Pero ¡esto es el infierno!

—Es la vida, señora Raposo.

Entonces, ¿la vida era eso? ¿Esa falta de vergüenza?

—¿Y qué hago ahora? Ya nadie me quiere…

El médico la miró con piedad.

—No hay remedio, señora.

—¿Y si yo pagara?

—No serviría de nada. Usted tiene que acordarse de que tiene ochenta y un años de edad.

—¿Y… si yo me las arreglo solita? ¿Entiende lo que le quiero decir?

—Sí —dijo el médico—. Puede ser el remedio.

Salió del consultorio. La hija la esperaba abajo, en el coche. Cándida Raposo había perdido un hijo en la guerra. Era un soldado de la fuerza expedicionaria brasileña en la Segunda Guerra Mundial. Tenía ese intolerable dolor en el corazón: el de sobrevivir a un ser adorado.

Esa misma noche se dio una ayuda y solitaria se satisfizo. Mudos fuegos de artificio. Después lloró. Tenía vergüenza. De ahí en adelante utilizaría el mismo proceso. Siempre triste. Así es la vida, señora Raposo, así es la vida. Hasta la bendición de la muerte.

La muerte.

Le pareció oír ruido de pasos. Los pasos de su marido Antenor Raposo.

 

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