DIVERTIMENTO SALVAJE II, Autor: Luis Vinuesa García

Hay lectores que buscan localizaciones, hay lectores que rastrean huellas literarias; vamos, que viajan tras los pasos de los escritores. Puedan ser estos, los pasos, los perdidos de Alejo Carpentier por Venezuela, los alcohólicos de Malcolm Lowry por Cuernavaca o los inefables de Joyce por Dublín. Hay quien sigue al flâneur que hace del deambular un acto de creación como pudo ser también el de Cortázar por el París de su tiempo.

Mi amigo Tomás tiene planeado seguir en moto las rodadas de Los neochilenos, el poema épico de Roberto Bolaño. Fue él, Tomás, quien me hizo la observación de que en Los detectives salvajes, Bolaño globaliza la flânerie lanzando a Ulises Lima y a Arturo Belano por buena parte del mundo. Con ellos el viaje avanza, creativamente, por su mismo desplazamiento. También estuve de acuerdo con mi amigo en lo siguiente: rastrear pasos novelescos es concebir situaciones partiendo de la literatura.

Vale, pues en la medida de mis posibilidades económicas, yo iba a incursionar por un paraje nacional (de España) que aparece en Los detectives. Es por la zona de Castroverde (Lugo), de la que habla Xosé Lendoiro en el capítulo 20. He dicho antes “posibilidades económicas”, porque para las aventureras tengo mis recursos materiales; como aficionado a la escalada, poseo arneses, mosquetones, casco, cuerdas…

Castroverde es un topónimo acertadísimo, por lo que no me detendré en descripciones; solo un matiz, Bolaño llama pozo o sima o grieta, e incluso cueva, a lo que yo denominaría cárcava; angosta y revestida de matorrales, eso sí, pero no tanto “profunda e insondable”, como se dice en el capítulo.

*

Un chico, encantado de acompañarme, me guía al lugar: la Boca del Diablo. ¿Hasta abajo?, pregunta receloso cuando le propongo bajar conmigo. No soy ningún depravado, le digo. Me cree y me pertrecho y lo pertrecho y desciendo y lo ayudo a descender.

La operación ha sido laboriosa pero no complicada. El rapaz, pastor de vacas  –las cuales nos han seguido a distancia–, se ha desenvuelto con valentía durante los veinticinco metros aproximados que hemos hecho de rappel; me parece que he despertado en él la vocación, quizás espeleológica, quizás montañera.

Desplegamos mi esterilla y su manta y pongo a calentar unas lentejas que mi guía lleva en un tupper y que decidimos compartir; mejor sus lentejas caseras, que mi fabada de bote con todos esos aditivos y conservantes.

¿Son tus vacas las causantes de ese murmullo que viene de arriba?, le pregunto. Igual es un enjambre de abejas, contesta el chico. ¡Igual son todas las personas que te esperan cuando te toque salir!, interviene Arturo Belano, que aparece maldiciendo por la penalidad que le ha supuesto el descenso, poco ortodoxo con una soga de esparto. Todavía no deberías encontrarte aquí, Elifaz, le reprende Arturo al chico. ¿Elifaz?, vaya un nombre le han puesto, apunto yo. ¡Sí, Elifaz, hijo de Esau!, exclama Belano, que ahora me interroga a mí: ¿Me estás siguiendo? Hasta el mismísimo infierno te seguiría, eres como mi padre. Eh, eh, para; el escritor no es padre del lector, es su hermano; ¡no seas hipócrita!

Belano se sienta en el musgo y dice que necesita descansar de su flanear por el DF o por Barcelona. ¿Flanear es hacer flanes?, pregunta Elifaz, que añade: De mayor no me importaría ser cocinero.

¿Qué haces aquí, hermano?, le pregunto al escritor. Me responde que como él no es un astronauta para salir al espacio, pues hoy ha decidido bajar a las profundidades para pensar tranquilo. Todos los buzos son astronautas inversos, opina Elifaz. Eh, el rapaciño va para filósofo, apunto yo. No, no, contradice Arturo. A ver, hijo, compárame este musgo con algo, y no vale una alfombra. Pues el vello púbico de la Madre Tierra, dice el chico. Este va para poeta, afirma Belano, de modo que lo traslado a mi obra.

Una vez devoradas las lentejas, por los tres, monto una vía en condiciones y los personajes empezamos a ascender.

–¡Mu! ¡Mu! ¡Mu! –remudian desde arriba las vacas.

–Están llamando a las crías –explica la Madre Tierra.

Luis Vinuesa García

(Pintura de cabecera: El columpio, Fragonard)

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