MEMORIA, Autor: Miguel Ángel Gara

 

Poco a poco la recordé. Allí estaba, separada de los que hacíamos cola en la Casa de Beneficencia para tomar el aguachirle con sabor a café y acostarnos en la sencilla hamaca que se nos daba; como si toda la vida no exigiera más que eso, dormir y soñar entre las luces de la ciudad.

La fila se alargaba en la calle estrechada de andamios para las obras de los viejos edificios. Aguardábamos allí en nuestro esperar de primeras necesidades, viendo pasar algunas cuadrillas de turistas que murmuraban sobre nosotros con pudor o con pena o con asco.

Mientras, ella miraba a su alrededor, cercana a los plátanos de la plaza de otoño, tratando de ocultarse de todas las miradas que no conseguían endurecer sus rasgos a pesar de todo. La mayoría de nosotros éramos extranjeros o extraños, exiliados de horarios de trabajo e instalados entre los rincones reumáticos de los parques y las riberas, engarzando con nuestras maltrechas columnas vertebrales un rosario de tragedias que valdría para ahogar toda alegría y cuestionar toda dignidad. En nuestra reunión improvisada, representábamos todas las razas y todos los tipos de ser humano. Los hombres no poseíamos nada más que la falta de orgullo y las mujeres esperaban torcidas, con el fruncido de virgulilla de una letra que no puede pronunciarse. En cambio, ella se apoyaba en uno de los árboles, triste con los harapos de un vestido convertidos en el cáliz de la flor de sus labios mal pintados, respirando lentamente como si entonara la canción que había sido su vida.

Mirando los trapos que ocultaban su cuerpo me pregunté qué habría hecho hasta llegar allí, pero eso era más la tara de mi memoria que iba poco a poco acudiendo a mis demandas, que la mera curiosidad. Tenía esa ventaja respecto al resto de los mendigos que ya no se molestaban en mirarla: algo sabía de ella. Y ella se daba tan poca cuenta de mi presencia, tan trasnochada en los vapores del desencanto, que no podía divisar mi gesto de interés. Aunque estaba acostumbrado a que me ocurriera a menudo, lo que recordaba de ella me resultó una rara forma de reconocerme, como la cara de una moneda que no puede tocarse con su propia cruz.

Ya acababa de situar cuándo la había visto pero el dónde aún se me escapaba. Entonces me fue llegando poco a poco como un canto Oporto; el doble puente de Luis I enmarcando el Duero. Y abajo ella, consultando en el muelle los murmullos acuosos de las gabarras, con la postura del que tiene algo que encontrar y no lo consigue, concentrada en las remembranzas que exuda el río. Allí yo, que aún no había entrado definitivamente en el túnel de la indigencia aunque mentalmente llevaba transcurridos varios años dentro de él, era uno más de los perdidos que rondaban el espigón en busca de la luz del vino. No pude evitar reconocerla como algo afín a algún hilo del pasado, algo que sin saber qué era, me hacía sentir la gran lástima por todas las cosas que antaño me habían desahuciado. Mantenía en su ceño la escasa esperanza del que acaba de llegar a un lugar con un objetivo, aún sabiendo que la posibilidad de alcanzarlo es escasa y sólo lo redime el trato con lo impreciso.

 Con un gesto de determinación que asustó como pájaros a los tipos que se habían acercado a su pose de mujer sola, comenzó a andar. Mientras demandaba el calor de los fanales la vi dar la espalda a la tentación de la corriente y caminar hacia las casas arracimadas en las cuestas de la ciudad sobre el paso de los toneles transportados en los lentos rabelos.

Aunque tuve un primer impulso de salir a su encuentro, decidí no molestarme en seguirla por las calles que arañan las colinas sobre las que Oporto se posa en la saudade de sus habitantes. No sabía por qué, pero tenía la rara idea de que ella me buscaba, y que tarde o temprano daría conmigo como se encuentra la lluvia con el suelo. Así que orientándome por la ciudad llegué a sentarme a un oscuro café con una música familiar de murmullos y donde sabía que no se iban a escandalizar demasiado por mi aspecto de hombre que ha extraviado manifiestamente la cordura. Me metí en lo más profundo de la garganta del bar y pedí un vaso de vino de pitarra que dejé reposar sobre la mesa.

No apareció ese primer día. Estaba seguro que no le había dado tiempo a recorrer todos los tugurios de entre las callejas de la ciudad. Yo no tenía prisa. Había huido mucho tiempo de todo y por alguna nebulosa razón estaba seguro que aquél era el lugar donde la vería, o quizá esa certeza no era más que el puro cansancio acumulado como roña bajo las costillas y algún olvidado sueño me llevaba a esperarla allí. Cuando cerraron, salí y busqué el ojo seco de un puente o cualquier dársena en la que hubiera un hueco donde me cupiera el cuerpo.

Esa tarde acababa de caer el telón de la noche en el mismo bar y de improviso, entre sorbo y sorbo del tercer vaso que aún reposaba medio vacío, antes de levantar la cabeza sabía que estaba allí. Los ojos engastados en lágrimas azules, enfundada en un abrigo oscuro que contrastaba con su pálido gesto de sorpresa, tan hermosa en su reflejo de fantasma como el amanecer tras un naufragio.

Se sentó mirándome fijamente. Cuando le trajeron la consumición a la mesa comencé a removerme en el asiento. Rompió el silencio con un llanto que condensaba una tristeza oceánica. Su herida estaba sazonada por la indiferencia de un hombre a quien había querido más allá de sus fuerzas. Un hombre al que yo me parecía. Con suavidad de muñeca rota me formulaba preguntas que aunque hubiera querido no hubiera sabido contestar y asentí a todo como un cuestionario que se deja en blanco. No podía compartir todo lo que ella había padecido, tampoco tenía donde asirme. Hasta que llegó un momento que no pude más. Salí del bar corriendo entre la confusión de las mesas avinagradas, perseguido por un eco de sollozos.

No la vi más hasta aquel momento de la plaza cercana a la Casa de Beneficencia. Ella definitivamente no me reconocía en la fila del resto de pobres que entre nubes de humo tejíamos los hados cantados para regocijo de las divinidades. Miraba y miraba pero ya sólo veía seres que buscaban como ella algo impreciso para encontrar sólo, y de nuevo, abandono, distancia en los ojos de todos los hombres. En su rostro reconocí la muerte definitiva de un amor que si se ha entendido alguna vez se olvida, porque la locura no era más que la ruptura de la memoria y sus demandas; la capacidad de soportar el dolor.

Cuando habían entrado todos, ella ni siquiera se había puesto a la cola. Saqué del local dos achicorias en un vaso de plástico y se las coloqué en sus manos dormidas por la demencia. Me miró sin reconocerme y fue en ese instante, como si hubiera tenido toda mi vida en la punta de la lengua, cuando recordé que había sido mi mujer, que la había querido tanto, que ella dejó de buscarme cuando la abandoné definitivamente en ese bar. Lo recordé todo. Recordé que un día yo me había perdido también y tampoco pude soportarlo.

© Miguel Angel Gara

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