REDENTORA, Autor: Luis Buñuel

 

Afuera hacía tanto calor que tuve que refugiarme en misa. Cuando todo acabó –verdaderamente para Él–, pregunté por el bar más cercano. “El de la biblioteca”, me dijeron. “Qué agradable”, pensé.

No tenían grifo de cerveza, sino botellines (o quintos como los llaman por allí). Tampoco había aire acondicionado, sino ventiladores de techo, y una zona para fumadores en la sección de revistas. El del bar me dijo que la diputación había sido permisiva con los cigarrillos, pero solo donde las revistas, que significaban algo tal vez liviano y hasta despreocupado: entonces se podía echar humo al olvido del veneno. Con un Camel prendido escarbé papel hasta que la sorpresa le dio un vuelco a mi curiosidad. “Esto es el paraíso…”, me dije, “…tan alejado de lo que nos vendió el pastor de Cristo”. Había números sueltos de revistas de vanguardia, milagrosamente bien conservadas; quizás fuera la nicotina. En el número cincuenta de La Gaceta Literaria encontré un texto que me venía como clavos al juego de la herradura.

ELEUVEGÉ, para Yukali Página Literaria

 

REDENTORA

Luis Buñuel

Me hallaba en el jardín nevado de un convento. Desde un claustro próximo me contemplaba curiosamente un monje de San Benito, que llevaba sujeto por una cadena un gran mastín rojo. Sentí que el fraile quería lanzarlo contra mí, por lo que, lleno de temor, me puse a danzar sobre la nieve. Primero, suavemente. Luego, a medida que crecía el odio en los ojos de mi espectador, con furia, como un loco, como un poseído. La sangre me afluía a la cabeza, cegándome en rojo los ojos, de un rojo idéntico al del mastín. Terminó por desaparecer el fraile y por fundirse la nieve. El rojo carnicero se había desvanecido en un inmenso campo de amapolas. Por entre los trigos, bañados en luz primaveral, venía ahora, vestida de blanco, mi hermana, trayéndome una paloma de amor en sus manos alzadas. Era justo mediodía, el momento en el que todos los sacerdotes de la tierra levantan la hostia sobre los trigos.

            Recibí a mi hermana con los brazos en cruz, plenamente liberado, en medio de un silencio augusto y blanco de hostia.

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