EL VIEJO BANCO, Autor: Juan Antonio Maganto

Como todas las tardes, cada vez más renqueante, viene arrastrando su escuálido cuerpo a lo largo del paseo. Con pasos balbuceantes la figura se aproxima evitando pisar las losetas romboidales del pavimento. Por algunos momentos se detiene, levanta la vista haciéndola trepar por el tronco rugoso de la palmera y mientras llena sus ojos del azul, sofoca un suspiro.

Es un turquesa violento. Como el mar. Frío. ¿Avanzamos o desandamos constantemente el camino? Dicen que cada rugosidad en su tronco es un año. Como los hombres. Arrugas donde antes solo había piel tersa. ¿Cuántos vientos has soportado? Inmóvil. Mudo.

Reemprende el camino ajeno a los pequeños que corretean a su alrededor. Persiguen el sueño de una cometa que mueve el azar empujando el aire. Tampoco repara en la algarabía de las gaviotas que le gritan intentando desviarle de su camino. No varía su dirección. Camina hacia el ocaso siguiendo el rumbo que le marcan los oblicuos rayos de sol, débiles en intensidad y templados en temperatura. Introduce las manos en los bolsillos del chaleco quizás buscando retener alguna brizna de calor. Fija la vista en lo más alto del promontorio como si fuese el faro que guía su travesía y con el que le une un hilo invisible lanzado por sus ojos.

¡Maldita suerte! Ya hace tiempo que debería haber partido. Han sabido traspasar antes la puerta. Me he quedado solo. Qué broma. Yo que a nadie tengo. Nadie espera. Los niños. Qué lejos. Espíritus forjados día a día. Silencio en la clase. Respiraciones jóvenes. Esperanzas a punto de nacer. Aritmética. ¡Qué aridez! Gramática. Bostezos. Caras blancas llenas de churretes.

Por el rostro se le escurren los recuerdos hechos lágrimas. Trepa pausado elevándose sobre su entorno y mientras alcanza a contemplar el mar, intenta llenarse de su fuerza inmutable que tanto necesita. Quiere emitir algún sonido, comunicar con alguien. Transmitir calor envuelto en palabras. Se cala la gorra evitando los esfuerzos de la brisa por atraparla. Esboza un gesto indefinible. El horizonte se incendia con lenguas rojas que lamen el cielo. La mar intenta tragarse el disco solar. Un débil aroma salobre se esparce con la brisa. Se detiene. En la arena medio enterrada, una caracola.

Espiral del destino sin principio ni fin. Felisa intentando escuchar voces provenientes de lo más profundo del fondo marino, la concha en el oído. Tarde de primavera. Aire fresco. La veo como si estuviera aquí. Risas. Carreras por la playa. ¡Qué fría está el agua! Cógeme en brazos. Cuerpo cálido. Corazones juntos. Vanas ilusiones. La función finaliza. El telón cae.

Reemprende la ascensión. Alcanza la cima y doma el caballo de su respiración que amenazaba con desbocarse. Ahora que ha llegado se siente insatisfecho al percibir que era más importante el camino que la meta. Observa impávido el viejo banco de hierros oxidados, con quien ha compartido parte de su historia. Tardes grises. Voces temblorosas. Livianas alegrías compartidas en algún apartado temporal.

Siempre rápido, Manuel. Pensamientos cogidos al vuelo. Los demás avanzamos a nuestro ritmo. Una frase. No hay más. No le des mas vueltas. Paladéala. Filosofía de la amistad. Llevas el botón del chaleco desabrochado. Se te escapa la elegancia. Compartamos el tabaco. Adiós Manuel.

Se acerca y deja descansar sus huesos en el viejo banco. Los ojos fijos en el astro apoyado todavía sobre el horizonte. Tiembla. ¿Es el relente o la pena que se le escapa? Se arrebuja en su chambergo. Llora. Rabiosas lágrimas que resbalan por su piel apergaminada. Acostumbrado a esconder muy dentro el dolor, se asombra.

Hay algo de metafísico en el ir y venir de las olas, comenta Damián. Son las agujas del gigantesco reloj que refleja el paso del tiempo con su ir y venir. Siempre un poco poeta. Súbete al mundo. Las olas son solo olas. Situación gravitacional. Creo que nos llaman, nos esperan, nos advierten. Todos tenemos una ola especial. La última. La que nos arrastrará. La que nos envuelve. Blanco manto. Fríos dedos. Tenía razón Damián. Ya viene. Te espero.

El crepúsculo extiende su manto. Las tinieblas intentan acercarse anticipando su reinado unos instantes. Cree que pierde eslabones de pensamientos y que vive en una realidad fraccionada. Abajo las olas parecen querer intentar agarrarle con sus dedos difusos de niebla y resbaladizos de humedad. La visibilidad desaparece. Solo se escucha el lamento del mar.

Qué bella está, coronada como una diosa azteca con esa cabellera cobriza. Duele su ausencia. Lo que daría por sentir tu aliento. Te escapas. Tus palabras se mezclan con el sonido del viento. Vuelve. Cualquiera sin amor está solo, comenta. ¡Qué razón tienes!

La oscuridad se extiende. Solo se escucha el susurro monótono del ir y venir. El tiempo se detiene. Las olas continúan su danza interminable.

Una bruma matinal envuelve el promontorio como un blanco sudario. La brisa la deshace en jirones por los que se introducen algunos rayos de sol, débiles y fríos. El viejo banco continúa dando replica a los vientos, dejando resbalar la humedad del tiempo por sus hierros torneados. Todo es igual. Todo es distinto.

Nadie puede imaginar un banco tan solo como el del promontorio.

Juan Antonio Maganto.

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