MÉNSULA, Begoña de la Vega Vegue

 

Dado mi miedo a desplazarme en avión, decidí visitarla realizando el viaje en tren.

Las entradas a las ciudades por este medio de transporte siempre me parecen frías, grises, alumbradas por luces cenitales y con ese carácter industrial; sin embargo, esta me sorprendió por el haz de luz dorada que se expandía por toda ella y que me atraía como las abejas a la miel.

Se accedía a la misma por un grandioso puente, construido con esbeltas palmeras y enormes árboles de bambú del color del tamarindo.

Ménsula, a la que decidí llamar “la ciudad de los rayos luminosos”, donde si de noche te subes a la azotea de una casa puedes tocar las estrellas con las manos y cuyo destello rubí deslumbra tus ojos.

Aquí parece que vives en dos mundos diferentes, uno de canales que serpentean por la ciudad con unas aguas de color cálido cada uno y otro de asfaltos de flores y plantas que transmiten una gran energía positiva, teñidas de tonos tan resistentes que hacen que tu cerebro gire vertiginosamente.

El olor de Ménsula es variopinto, lo mismo es agradablemente floral, a bergamota y jazmín, y medicinal o por contrapartida pestilente y nauseabundo, depende del céfiro.

Deambular por sus calles en determinadas horas del día es como hacerlo por un laberinto, puedes tropezar con una caterva de personas que van subidas en llamativas avestruces, bellas gaviotas que sobrevuelan bajas, pues algunos ciudadanos las utilizan para transportar pequeños objetos. Además son callejas tortuosas, angostas, con recovecos y muchas sin salida, donde puedes observar en algunas casas, ménsulas con estatuas de gran tamaño, que a veces te saludan al pasar.

Es dispar, donde los momentos de calma producen miedo y un silencio sepulcral enajena y es como si todos nos hubiéramos muerto.

Entré en un palacio de cúpulas altas adornadas con teselas de tonalidades magentas, azul índigo y amarillas.

Entonaba un cántico un majestuoso colibrí o picaflor de pico largo, fino y recto, con un plumaje de matices, rojo, naranja y rosado brillante.

De repente, cuando visitaba el patio central, me vi envuelta por un corro de ellos y entre sus trinos y el olor del azahar de los naranjos, me quedé embriagada.

Salí a la calle y me topé con un columpio hecho de peonías rojas, pensamientos brillantes y no pude evitar la tentación de columpiarme. En uno de los impulsos, observé el resto de palacios cuya arquitectura en algunos era decadente, pero rica en espacios abovedados, de hileras, de columnas y repetitivos arabescos.

Joyas arquitectónicas donde a veces cuelgan jaulas con aves que emiten cánticos gregorianos y tapices de distintas texturas y diseños.

Mis pies acabaron dando en una explanada, donde se mezclaban voces, olores, colores y me quedé ensimismada observando el gran mercado que tenía ante mis pupilas.

Begoña de la Vega Vegue

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