SQUARE DANCE, 1939. Juanma Cuerda

Aunque no lo parezca, aquí todavía lo pasan bien.

La cosa se torcerá después, pero, para cuando eso ocurra, nosotros ya no estaremos mirando, así que nos quedamos aquí, una o dos horas antes de la refriega, con nuestros protagonistas todavía frescos, todavía tímidos, en mitad de McIntosh County, en el corazón de Oklahoma, sin terminar de definir las parejas que inmortalizarán su sesión de Square dance, el más típico de los bailes rurales de la América Profunda.

Los bailarines están reunidos en un pequeño salón que parece más privado que comunitario y alguien —ellos mismos o un comité de festejos— se ha ocupado de decorar las toscas paredes de madera con unos buenos clavos y kilómetros de papel de estraza incoloro. El resultado es fallido y, en lugar de engalanar el salón, todo el conjunto parece listo para ir a la basura, banda de música, bailarines y ponche, si lo hubiera, incluidos.

Para bailar Square son necesarias cuatro parejas que se irán intercambiando en las esquinas al ritmo de la música. En el salón hay más porque esto es un acto social, no una competición deportiva y los bailarines, aunque jóvenes, tendrán que parar en algún momento, quiera el fotógrafo o no, para descansar. Además, si han de permanecer en todo momento como pavos reales en una feria, no extraña la abundancia de pañuelos a mano en bolsillos traseros, colgados del cinturón o atados a la muñeca, como complementos indispensables para la velada. No es necesario señalar a nadie, pero probablemente esa camisa blanca tan elegante habrá que tirarla a la basura junto con las paredes de papel de embalar.

Tras la composición de lugar, nuestros sentidos del drama y del orden lector nos exhortan a recorrer la fotografía de izquierda a derecha. Allí, al fresco de la ventana de guillotina, se resume el último siglo y medio de cortejo occidental: ella, hermosa y lánguida, con las pestañas cerradas de un portazo, mirando al suelo o no mirando nada, mano sobre mano porque no sabe en qué otro lugar ponerlas; apoyada un poco, no mucho, con la cadera y algo de hombro en el marco de la ventana sin abandonarse del todo, dispuesta, como sabe que siempre hay que estar, a empezar el siguiente baile.

A su lado, a un insalvable metro de distancia, perdido en la más confusa de las indecisiones, el chico pelirrojo con el que bailará en unos minutos se permite un momento de ensimismamiento. Su camisa empapada da fe de que, hasta ese momento, ha cumplido y lo ha hecho lo mejor posible y, sin embargo, ahora que los músicos se toman un descanso o interpretan un intermedio, llega la parte para la que nadie le ha preparado. La mano al mentón, pellizcando su todavía inexistente papada representa a todos los jóvenes de la historia que, generación tras generación, llegan al final del trayecto y se hacen adultos de golpe cuando comprenden que el mundo, que durante años prometió aceptación y éxito a cambio de trabajo duro y disciplina, no tiene ningún plan para nadie y ahora, en mitad del ruido, es imposible saber cuál es el movimiento correcto.

La tercera figura es la más olvidable. Él lo sabe y nosotros lo sabemos: cuando dejemos de mirar, dejará de fingir que está muy ocupado pensando en algo importante, abandonará la pared, esquivará a los bailarines, cogerá la puerta y desaparecerá del baile sin que nadie repare en su ausencia el resto de la noche.

Pero todavía no se ha ido y ahí permanece para siempre tratando de atravesar con la mirada a las figuras que de verdad bailan. Es el momento de ampliar la imagen y mirar con atención. Uno o dos golpes de zoom y ahí están: locura y abismo abrazados, danzando al compás de una melodía que solo suena en sus cabezas.

El genio compositivo del fotógrafo los ha situado en el centro exacto del encuadre y ahí permanecen tan cómodos como si nunca hubieran sido otra cosa que el centro de atención: el futuro único residente de un sótano antinuclear casero y su quinto prototipo de androide, el primero plenamente funcional, que camina, sonríe y se bambolea de izquierda a derecha en compases de cuatro tiempos sin perder el equilibrio.

La mediana tras ellos traza una bisectriz perfecta en la fotografía y, al hacerlo, como en toda frontera, se reordenan las realidades en cada una de sus mitades: vivos y muertos, realidad y ficción, futuro y presente.

Y así, ignorada por unos, por otros y por el obturador de la lente, una tercera pareja discute o baila, se zarandea o se abraza. Es la misma primera pareja en la misma ventana, esta vez a medio cerrar porque aquí hace más frío o porque ellos tienen menos calor, décadas después de las dudas y con las espaldas encorvadas a fuerza de años de conversaciones a gritos. Ella tantea el marco de la ventana, comprobando que ahí hay una salida, aunque sea saltando por la ventana, mientras su pie choca con la pared abombando el envoltorio de estraza. Él ya no suda. No sabemos si hablan.

 

Salimos de escena por la derecha, antes de que el baile se tuerza, apenas apuntando la figura que rellena el cuadro con la irrelevancia de la figuración que se cree fuera de plano. Nos mira a los ojos y nos agarra del codo explicando que ha sido mala suerte pillarlo ahí, sin pareja o, peor aún, con ese medio hombre, apenas una camisa remangada y un mono de trabajo, asomando a su izquierda.

Asentimos con la cabeza para que nos deje salir, pero ya no escuchamos.

 

Juanma Cuerda, junio de 2019.

 

Fotografía:

Round dance between squares at dance in McIntosh County, Oklahoma

Lee, Russell,, 1903-1986,, photographer.

Library of Congress Prints and Photographs Division Washington, D.C. 20540 USA http://hdl.loc.gov/loc.pnp/pp.print

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