ADIVINA, Autora: Vega Ylanoga

 

 

A la lucidez, a Carmen y Rubén

 

A la deriva

 

Sigo oyendo los ruidos que martillean mi cabeza. No puedo moverme.

La amenaza de un mal físico, con su ardiente aliento, aniquila mi sueño. Quisiera sacarme la espina de la amenaza invisible que, como humo maligno, nubla mi mente todas las noches.

El túnel en el que estoy tumbada desprende la materia de la incertidumbre, el miedo y la resignación.

El enigma del tejido que hay bajo mi piel forma un torbellino. Si te llevo dentro, ¿cómo huir?, no hay forma de ocultarse de sí misma. Si te extiendes como una raíz, ¿cómo transformar un campo de mala yerba en un cultivo de girasoles?

Esto no tiene que ser más que un mal sueño. No quiero estar aquí. Deseo salir del túnel, mirar el cielo, ver el vuelo de los jilgueros y deslumbrarme con los rayos de la luz del sol. La violencia de los ruidos me devuelve a la sala vacía del hospital, al aparato de resonancia del que sobresalen mis piernas inmóviles. No puedo respirar con profundidad, el más leve movimiento alteraría el resultado. Aire, aire, aire.

Si un burdo pincel pintarrajeara nuestro destino y supiéramos cuándo y cómo vamos a morir ¿podríamos soportarlo?, ¿cambiarían nuestra forma de ver la vida? Decidir vivir o sobrevivir. Siento que cada minuto de mi vida he sobrevivido.

Deja de pensar, silencio, silencio, mi mente no calla, ni una palabra más, silencio, gritos acallados que nadie oye brotan de mis pensamientos. Una tormenta en mi interior inunda de horror mis sentidos. No quiero llorar.

Distante de mí misma, logro la cordura, que enseguida se desliza entre la espuma de una gran ola que provoca la tormenta. Busco el ancla de la quietud, pero zozobro. ¡Quédate cordura! Esto no va a durar para siempre, romperé la ola que me hace ascender y descender, oscilando en un baile macabro o aprovecharé su fuerza para que me arrastre a la deriva lejos del terror. No puedo hacer más.

Conozco la inutilidad de la esperanza de los que tienen que prepararse para una muerte. Sé de la lucha de los creyentes por aliviar el alma. Me preocupa la enfermedad y la muerte, pero me produce pánico el sufrimiento de mi familia ante ellas.

¿Cómo hacen las estrellas para nacer y morir despreocupadamente? ¿Cómo siendo una minúscula partícula, una milésima de segundo en el universo temo provocar tanto dolor?

La vigía

 

Una ráfaga de aire mueve la cuerda de plástico, un nudo en el inicio y otro al final resisten el embate. El tendedero sobresale del hierro forjado del balcón del primer piso. Un pijama rojo tendido del revés, dos camisetas verdes de tallas diferentes, dos bragas minúsculas, una roja, otra negra y pinzas de colores, muchas pinzas de colores sujetan cada una de las prendas.

Carmen sale al balcón para recoger la ropa tendida. Le pregunto si sigue yendo con la doctora Vilcardi, y le comento que acabo de salir de una pesadilla de miedos e incertidumbres que duró mes y medio.

Déjame adivinar, Laura, te llamaron una tarde dos o tres días después de hacerte las ecografías y mamografías anuales. Preguntaron si conocías el Hospital del Sagrario y si podías acudir al día siguiente a las 9:30 horas a hacerte otras pruebas. La punzada en el estómago te sentó, preguntaste si había habido algún problema con las pruebas y si por eso tenían que repetirlas en otra clínica. Te contestaron que tenían algo que descartar. Aseguraron que no tendrías ningún problema por acudir sin previa cita a la consulta del doctor Pere Arná y que aunque viera mucha gente en la sala de espera a ti te atenderían inmediatamente. El susto te hizo sentir una oleada de calor sofocante y preguntaste si es que habían encontrado algo sospechoso en los resultados médicos. La respuesta fue la misma. Como te conozco sé que no comentaste nada de tus miedos a nadie y esa noche no dormiste. Al día siguiente llegaste a la hora indicada al Hospital del Sagrario y te encontraste una sala repleta de mujeres, más de veinticinco. No esperaste ni cinco minutos, tiempo suficiente para darte cuenta de la angustia compartida probablemente en las lágrimas que se le escurrían a alguna de las señoras sentadas a tu lado. Te condujeron a una salita minúscula en la que apenas entraba una silla, para dejar tus cosas y colocarte una pequeña capa de tela sobre tu torso desnudo. Caminaste por un largo pasillo lleno de puertas a ambos lados donde entraban y salían otras pacientes ataviadas con capas iguales a la tuya. Atravesaste la puerta tras la enfermera que te indicó que allí debías esperar. El doctor Pere Arná, con la autoridad suficiente como para no usar el uniforme facultativo, iba vestido de traje y corbata, acompañado de una joven doctora. El doctor te preguntó por qué estabas allí, si te habían detectado algo. Qué ironía, ¿verdad? El miedo te bloqueó y como los resultados de los estudios no te los entregaban hasta una semana después, en realidad no sabías si el aparato de la mamografía había fallado y tenían que repetir la prueba o si tenías una metástasis y por eso desde la clínica te derivaban directamente a un hospital con aquella apremiante urgencia. Simplemente contestaste que te enviaban de la Clínica Versalles de Pozuelo. El doctor utilizó el aparato de ecografías y no dedicó ni tres minutos para revisarte. Cuando se disponía a salir sin aportar mayor información, seguro que le preguntaste si te podías quedar tranquila y él, desde el umbral de la puerta, apenas se giraría para decirte que te tenían que hacer una resonancia magnética para descartar. ¿Te has dado cuenta de que las pruebas que nos hacemos todos los años están firmadas por el doctor Pere Arná a pesar de que nunca lo hemos visto? ¿A que cuando volviste con los resultados de la resonancia magnética la doctora Vilcardi te recomendó que te hicieras otra dentro de seis meses en el mismo hospital con el mismo aparato de pruebas? Y todo esto lo pasarías tú sola, porque todo te lo guardas. La diferencia Laura es que cuando a mí me llamaron se lo conté a mi esposo en un mar de lágrimas y Rubén me tranquilizó recordándome una conversación que tuvimos con un amigo nuestro que trabaja en el sector de los seguros, donde afirmaba que algunas clínicas obligan a sus doctores a hacer un número mínimo de consultas y pruebas diagnósticas al año, por eso habían detectado en las aseguradoras un repunte altísimo de pruebas médicas en los meses de noviembre y diciembre. Ya ves Laura, no ha hecho falta que me contaras por lo que has pasado, porque simplemente con tu pregunta de si seguía yendo con la doctora Vilcardi y la expresión de tu cara supe que han jugado con nuestra percepción de la salud y con nuestro estado mental, y todo ello a través de una llamada que parecía una sentencia.

 

Vega Ylanoga

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