LAS RAMAS, Autora: Margarita De Torres Latorre

 

 

Como cada mañana, don José dice que tiene que recoger al niño, y se va de la fábrica antes de la hora.

Según práctica habitual, ha ido directo a casa, sin recoger a su hijo; y se encuentra en el salón, acariciando el tapiz de sellos de correos, que cubre la superficie de la mesa.

A las dos, con reposado balanceo de sus generosas caderas, llega Rosa, la asistenta, con el niño.

El pequeño, sin soltar su cartera, entra corriendo en el salón, da un beso a don José y dice a gritos:

—Sabes, papá, al maestro se le ha volado la gorra en el recreo. Y cuando veníamos, a la Rosa se le subían las faldas para arriba. Me ha dado mucha risa.

El padre coge un sello con las pinzas y dice:

—Muy bien, muy bien. Fundamental.

El niño saca de la cartera un cuaderno muy castigado, y abriéndolo por una página llena de tachaduras, se lo muestra al padre y dice:

—Hemos hecho cuentas, ¡mira!

El padre pone una lupa sobre el sello y lo estudia detenidamente. Luego, da un respingo y exclama:

—¡Ah!, sí. Muy bien.

El niño traga saliva y aparta el cuaderno. Se queda un rato mirando los sellos con ceño fruncido y vuelve a abrir el cuaderno. Esta vez lo hace por una hoja en blanco:

—He dibujado un gato.

—Muy bien. Fundamental.

El niño baja los hombros y guarda el cuaderno. Se pega a la mesa.

Tras un largo silencio, un dedo infantil roza tímidamente el borde de un sello:

—Es muy bonito.

El padre saca un pañuelo del bolsillo y lo pasa delicadamente sobre el sello. Luego exclama:

—¿Bonito? Un sello no puede ser bonito. ¡Es una obra de arte!

—El año pasado, yo tenía cromos —dice el niño.

Luego, respira hondo, levanta la barbilla, y añade:

—Pero este año, no. Ya soy mayor.

—¿Cromos? ¡Son sellos! Los colecciono para ti.

Los ojos del niño se llenan de chispitas:

—¿Para mí?

—Sí.

—¡Míos! —exclama el niño, abriendo los brazos.

Entra Rosa y avisa que ya está la comida. Le dice al niño que se lave las manos antes de sentarse a la mesa. Salen los tres del cuarto. El niño se dirige al baño.

Delante de la puerta se detiene. El salón está cerca. Entra a mirar sus sellos. A través de los cristales, que dan luz a la estancia, los árboles le hablan con las mil danzas de sus ramas.

El niño entiende ese lenguaje. Se acerca pausadamente a la ventana y la abre…

Los árboles responden con sonidos de ramas agitadas.

El niño da media vuelta, y abandona el salón…

 

MARGARITA DE TORRES LATORRE

2 Comentarios

  1. Nadie como un niño para entender, desde la fantasía, todo tipo de lenguajes.
    Magnífica alianza esa de las ramas con el viento para corregir un comportamiento equivocado.
    Ojala se dieran más a menudo esos pactos.
    Un relato precioso.

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