SOÑANDO CON EL OESTE, Autora: Carmen Lalinde Antón

 

Cuando conocí a Ernesto pensé que algún día nos casaríamos y seríamos felices para siempre. Fue un precioso día de verano que parecía que auguraba algo bueno. La trenza morena, que durante tantos años fui capaz de peinarme a ciegas, caía a un lado y llegaba a la altura del pecho. Ese día iba al encuentro de mi madre. Habíamos quedado en el mercado. Sobre mi cadera derecha apoyaba una maceta con un único girasol. Salía erguido, con su tallo grueso y los pétalos de un amarillo tan cegador que parecía artificial. Me lo había regalado Sebas, el chico de la casa de al lado. Sebas era un tanto retraído y, además de con las plantas, sólo parecía congeniar conmigo.

Ese caluroso día me crucé con Ernesto por la calle de la Judería. Él iba con un amigo. Hablaba alto y movía las manos de un modo grandilocuente, como para ayudarse a sí mismo a contar algo que al otro hombre aparentemente le parecía gracioso. Al verme, paró de hablar, cambió el sentido de su marcha y continuó andando a mi lado. Me dijo que estaba de paso por Carmona pero que al verme había decidido quedarse. Sonreía con descaro pero no mencionó los campos de girasoles ni la maceta que llevaba en mi cadera. Debí haberme dado cuenta entonces. Qué torpe e ingenua fui dejándome seducir por alguien que no sabía mirar. Que no sabía sentir.

Nos casamos no mucho después y enseguida me empezó a engañar. En poco tiempo nos convertimos en dos malabaristas. Yo de conducir una casa, él del amor. Tenía varias amantes a la vez a las que seguramente complacía más que a mí. La garantía, aunque dure toda una vida, nunca cubre el aburrimiento, y eso siempre ha sido un problema. La rutina asusta y se soluciona poniéndole una cara distinta. En cambio a mí no me dejaba tiempo para otra cosa que no fuera soñar de vez en cuando. Después de un matrimonio de casi veinte años aprendí a cuidarlo todo entre cuatro paredes que nunca me autoricé a abandonar. Ernesto entraba y salía sin dar explicaciones por un camino que allanaba mi falta de autoestima y yo, mientras, sirviéndole con mis sueños pegados al alma. Eran otros tiempos que ahora a duras penas puedo explicarme. A lo mejor pensaba que no había opciones fuera de soñar despierta. Que dentro de lo real merecía el castigo porque así lo había elegido. La vida no tenía por qué ser algo bueno necesariamente. En eso consistía ser decente. Y yo lo era.

Lo curioso es que mi concepción romántica de las cosas no desapareció gracias a mis sueños y a las cartas de Sebas. Me escribía a menudo, aunque nunca sabía exactamente cuándo lo iba a hacer. Las cartas me sorprendían en cualquier rincón. A veces, al revisar el correo, aparecía su letra pulcra y apretada formando mi nombre. La tinta azul llamaba la atención entre sobres donde destacaba un negro e impersonal mecanografiado Señora de... Otras veces estaban en la bolsa del pan que colgaba de la reja o entre las macetas de geranios y girasoles que él mismo me regalaba dejándolas sin avisar en el portalón de la entrada. Nunca le había tenido en cuenta pero con el paso de los años al lado de Ernesto, el corazón empezó a darme un vuelco cada vez que entreveía el sobre manchado de tierra. Rápidamente lo cogía, lo doblaba y corría a buscar un escondite donde poder leerlo en silencio y a solas. La voz de Sebas se abría paso entre los reproches de Ernesto y me permitía volar.

En sus cartas no me hablaba abiertamente de amor. Recuerdo cómo me contaba que los girasoles, desde que se despertaban, seguían al sol. Decía que lo seguían dócilmente de este a oeste pero sólo mientras eran jóvenes. Un buen día, al llegar a la madurez, comprendían cuál era su destino y se quedaban mirando al oeste, dejando de girar para siempre. Cuando alcanzaban por fin su sitio, Sebas decía que los girasoles desprendían una especie de calor adicional. Como si lo hubieran estado reservando para ese momento. Para ese sol.

Al terminar cada carta, yo cerraba los ojos y soñaba con llegar a sentir ese calor. Con dejar de girar alrededor de lo de siempre sin disfrutar del recorrido.

Si me cruzaba con Sebas los dos manteníamos tanta distancia que a veces llegué a preguntarme si las cartas eran reales. Pero enseguida aparecía otra en el momento más inesperado que pintaba de rojo mi cara y me obligaba a intentar recordar cómo eran unos latidos normales.

Ernesto cayó enfermo y ya no salía como antes. Su cuerpo se estropeó antes de tiempo por vivir deprisa. Digo yo que por abarcar varias vidas en una. Hasta el final me trató como si le debiera algo. Se murió sin llegar a saber cuántas de azúcar llevaba su café por las mañanas, en medio de un mundo pulcramente pensado para él.

Después sobrevino el silencio. Me sentía como un ratoncillo de laboratorio al que hubiesen quitado la rueda sobre la que sabía andar. De repente, mis días eran solitarios y largos e incluso dejaron de llegar las cartas de Sebas. No recuerdo exactamente cuánto tiempo pasó hasta que lo comprendí. Pero una mañana me desperté sobresaltada. Me incorporé en la cama y de pronto lo supe. Fui a buscarle. En mi cadera derecha se apoyaba una maceta con un único girasol que quería corregir lo escrito. Salía hermoso, todavía erguido, pero si te fijabas bien, su tallo se inclinaba ligeramente mirando al sol del oeste.

Carmen Lalinde Antón

3 Comentarios

  1. ¿Quién la escribía cartas? Dime quién era. ¿Quién la mandaba flores por primavera?
    ¡Qué imágenes más cuidadas! Para deleitarse. Gracias por compartirlo.

    Me gusta

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