EL BUITRE, Autor: Franz Kafka

 

Estimado lector y/o lectora:

No sé en qué momento optamos por dejarle las llaves de casa antes que soportar sus timbrazos intempestivos. Anoche cenábamos mi mujer y yo. Oímos la llave en la cerradura de la puerta de la calle, nos miramos y supimos que era él.

—Hola, Franz —dijimos los dos a la vez.

—Hola —contestó.

Se quitó el sombrero, lo dejó encima de una silla y luego se sentó a la mesa sin dejar de mirar hacia el salón.

Seguimos cenando.

—Entonces, ¿es verdad? —nos dijo.

—Sí.

—¿Cuándo empezáis?

—Hoy mismo.

—¿Me vais a incluir?

—¿Quieres que lo hagamos?

—No lo sé.

—¿Algo en particular? —inquirí.

—No lo sé.

—Ya.

Silencio.

—¿Un relato? —soltó, de repente.

—No lo sé —contesté.

—¿Un fragmento de los Diarios?

—No lo sé.

—Ya.

Cogió el sombrero, lo dejó, lo volvió a coger, se levantó y, tal y como había aparecido, se marchó.

Así es Franz.

El mejor de entre todos nosotros.

 

M.C.A., para Yukali Página Literaria

 

 

EL BUITRE

Franz Kafka

 

Érase un buitre que me daba picotazos en los pies. Ya había desgarrado los zapatos y las medias y ahora me picoteaba los pies. Siempre atacaba primero, volaba luego en círculos, inquieto, a mi alrededor, y luego proseguía la obra.

Pasó un señor, nos miró un rato y me preguntó que por qué toleraba yo al buitre.

—Estoy indefenso —le dije—, vino y empezó a picotearme, yo lo quise espantar, como es lógico, y hasta pensé retorcerle el pescuezo, pero estos animales son muy fuertes y quiso saltarme a la cara. Preferí sacrificar los pies: ahora están casi hechos pedazos.

—No se deje atormentar —dijo el señor—, un tiro y el buitre se acabó.

—¿Le parece? —pregunté—, ¿quiere encargarse del asunto?

—Encantado —dijo el señor—; no tengo más que ir a casa a buscar el fusil. ¿Puede usted esperar media hora más?

—No sé —le respondí, y por un instante me quedé rígido de dolor; después añadí—: por favor, inténtelo en todo caso.

—Bueno —dijo el señor—, me daré prisa.

El buitre había escuchado tranquilamente nuestro diálogo y había dejado errar la mirada entre el señor y yo. Ahora vi que había comprendido todo: voló un poco, retrocedió para lograr el ímpetu necesario y como un atleta que arroja la jabalina encajó el pico en mi boca, profundamente. Al caer de espaldas sentí como una liberación, se ahogaba irremediablemente en mi sangre, sangre que colmaba todas las profundidades y que inundaba todas las riberas.

(1920)

(Fotografía de cabecera: Dibujo de Franz Kafka)

 

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