¿LICANTROPÍA?, Autora: Isabel C.

 

 

Olga abrió los ojos sobresaltada, su corazón latía desaforado, tardó unos segundos en despertar totalmente, ¿qué había oído?: ¿un grito?, ¿un aullido?, a tientas buscó la lámpara con una mano y con la otra el cuerpo de su marido dormido.

          Encontró el interruptor de la lámpara, él no estaba a su lado, se levantó y recorrió la casa sin encontrarlo, desconcertada fue a la cocina, abrió el grifo del agua fría, creyó ver algo por la ventana, unos enormes ojos negros la miraban fijamente, asustada bajó la persiana y salió con el vaso vacío en la mano, había dejado el grifo abierto, no quiso volver, sentía escalofríos. Se refugió en el salón, sobre el sofá, con las piernas encogidas y temblando, se echó una manta por encima, ya no tenía sueño, dónde estaría Raúl, ¿quizás había vuelto a la cama?, no quiso comprobarlo, se sentía mal.

            Una voz conocida llegó a su cerebro a través de la bruma del sueño.

          -Olga, cariño, ¿qué haces durmiendo en el sofá?, sonó el despertador y pensé que estarías en el baño, ¿te ocurre algo?

            -No, no sé, enseguida me arreglo.

            -Voy preparando el desayuno, no tardes.

            Cuando bajó a desayunar, Raúl la miró despacio.

            -¿Seguro que estás bien?, tienes la mirada como perdida y el grifo estaba abierto.

            -Pues yo no he sido y estoy bien, tranquilo.

         Con el paso de los días Olga dedujo que había tenido una pesadilla y no volvió a pensar en lo sucedido.

        Al cabo de un mes, como tantas otras veces, Raúl tuvo que viajar por temas laborales, como siempre Olga lo acompañó a la estación y como siempre tres días después fue a recogerlo. Al verlo avanzar por el pasillo un escalofrío recorrió su espalda.

“Esa mirada”.

             Volvieron a casa más callados que de costumbre, Olga corrió al ordenador, un recuerdo antiguo martilleaba su cabeza, el calendario confirmó sus sospechas, ¿qué sospechas?, estás tonta, se dijo a sí misma, ¿cómo puedes pensar algo así?

            Mientras, en el dormitorio Raúl comprendió que Olga intuía algo y la lejana imagen de Granada una tarde de verano se hizo presente, la gitana con el ramito de romero y sus palabras quedas, solo para él: “Si la amas aléjate de ella las noches de luna llena”.

            Y ya nada fue igual.

            Algunos años después, Olga volvió a la ciudad que abandonó tras su divorcio, recorrió lugares conocidos, visitó a familiares y amigos y supo porque alguien lo dijo, sin querer decirlo, que Raúl llevaba un tiempo ingresado en un centro de salud mental por un trastorno que solo su familia conocía, muchos rumores circulaban entre los amigos, solo rumores.

. . .

Me han pedido que escriba mis recuerdos.

Mis recuerdos no son míos, son de él, él siempre estuvo conmigo, yo solo soy la cáscara que lo alberga.

Hubo un tiempo en que creí haberlo sometido para siempre. Me equivoqué. Bastó una frase, una lejana tarde en una ciudad del sur, el pánico se apoderó de mí y fui cobarde y me alejé.

Ella no lo comprendió y yo no quise o no pude confesar la verdad.

Después ella se fue y él ocupó mi vida por entero.

Aunque hayan conseguido dormirlo, está, lo siento en mí.

Aquí paso mis días, acechando, esperando su despertar.

Porque ustedes lo han dormido y con su sueño, han dormido mis sueños.

Isabel C.

 

(Autor de la fotografía de cabecera: Javier Herraiz de Heras)

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