VANGUARDIAS, Autora: Isabel Jiménez

 

 

Cogí del aparador nuestra foto de boda, barrocamente enmarcada en alpaca, porque por más que tu familia lo pretendió, no me dio la gana ponerlo en un marco de plata.

Con sumo cuidado y con guantes de látex para no mancharme las manos con polvo decimonónico, saqué la caricatura que el fotógrafo de moda nos hizo en el jardín de vuestra finca de recreo. Yo vestida de blanco inmaculado a pesar de la evidencia del embarazo, que el vuelo de la falda no lograba ocultar, fracaso del modisto en el que tu madre se dejó la paga del mes de tres de las criadas. Tú con un pretencioso frac y chaleco blanco roto, y una flor más rota aún en el ojal.

Corté la foto en dos, y en tu lado se quedó el ramo y parte de mi brazo, también se quedó el anillo –simbólicamente, ya que el de verdad lo perdí en cuanto tuve ocasión-. Dispuse sobre la mesa la cartulina negra, la barra de pegamento y el álbum de fotos que conmemora lo que la prensa de la época llamó “la boda del año”, y fui sacando las fotos de tus padres, de tu hermano y tu cuñada, de tus tíos –los que tenían la fábrica de harinas y los que construían pisos para obreros-, de tu abuelo con sombrero panamá y las manos manchadas de lujuria  –indulté a tu abuela, por la que siempre sentí un gran cariño-, de los invitados de puro y corbata gris y de las invitadas de pamela y vestidos de gasa. Y la del cura flaco y estirado y nariz de ave rapaz, ¡qué placer hacerla pedacitos!

Me serví una generosa copa de vino, unas aceitunas con las que ensuciar un poco los retales que fueron saliendo de la destreza de las tijeras bien afiladas, y comencé la obra.

Un corte por aquí, una cabeza por allá. Y esa horrible pamela convertida en embudo. Todo lo reduje a unas irregulares porciones con las que creé el más hermoso puzle de mi vida. “Collage”, lo llamarían los avant-garde, pero para mí era una composición de harapos de nuestros veinte años en común.

Los fui eligiendo con los dedos manchados del adobo de las aceitunas y pegándolos sobre la cartulina: la cabeza de tu abuelo a los pies del perro; la del cura en la bandeja de la carne, la de tu madre sobre los percebes (por supuesto, en mi boda no hubo langostinos, qué vulgaridad). Y la tuya…, la tuya se fue al plato de los huesos y de ahí, ya sabes dónde.

Por último, apliqué pinceladas de colores: rojo, azul, verde, naranja… El resultado no sé si me recordaba al cubismo, al fauvismo, al surrealismo, o a los pintoyos que hacía en el parque de atracciones cuando era pequeña. Pero me gustaba.

Elegí un marco art decó y lo doné al recién estrenado Museo de Antropología de mi pueblo. Causó furor y ocupa un lugar privilegiado en la sala principal, la de las falsas columnas corintias. Figura como autor anónimo y por título lleva el de “Vanguardias”, que le da mucho caché.

Isabel Jiménez

24 de abril de 2018

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