LA TABERNA DEL CABALLO BLANCO, Autor: Manuel Cardeñas Aguirre

El secreto del suelo crece a través de la mirada,

Y la sangre salta al sol;

La aurora se detiene sobre los solares baldíos.

Dylan Thomas, 18 POEMAS.

El Village, Nueva York.

Un viaje inesperado, mediados de enero, nevaba tanto que no pudimos aterrizar en el J.F.K., nos desviaron a Filadelfia, y, desde allí, en tren, hasta Manhattan —¿a quién no le gustan los contratiempos?—; luego, una vez instalado, caminaron los días con parsimonia: las citas teatrales, cumplidas, las comidas de ventanales amplios y asientos de poliéster, en su punto, y los paseos con guías bilingües, mitad experiencia plena, mitad frío glacial; las noches visitaban el cansancio vestidas de edredón estampado y lecturas caídas sobre la alfombra nada más iniciarlas; dos días antes de acabar la estancia, sin saber muy bien cómo, llegué hasta el bar donde dicen que Dylan Thomas escribía acerca de la embriaguez como forma poética; todo pura casualidad, todo puro azar, como la tormenta de nieve, Filadelfia, el Madison Square Garden, los días, las noches, el puente de Brooklyn y Central Park.

¿Verdad?, ¿ficción?

La poesía de Thomas se nutre de copos de nieve y ventiscas, todo ello destilado en el alambique de la palabra hasta convertirlo en sangre y borbollones de whisky, alcohol que se desliza gota a gota por las venas; la poesía de Thomas vuela rimando sueños confusos de muerte y tiempos de amores lentos; la poesía de Thomas camina arrastrándose por debajo de la calle 14 en dirección a las orillas del Hudson donde, probablemente, vomitará música; la poesía de Thomas se olvidó del recorrido temporal y perfecto de los trenes ingleses para relampaguear tonante entre los andenes sucios del metro neoyorkino…

No hay mayor ficción que la verdad de la Poesía.

Recuerdo el interior de la taberna, las sillas colocadas como si allí todo fuera orden y no tuviera acomodo ningún desarreglo ligado al alcohol, la barra de madera, barnizada, limpia y pulida, y la burda lámina reproduciendo la célebre fotografía de Dylan de pie, bebiendo, al lado de uno de los taburetes; también, en una pared lateral, un reloj que parecía medir los tiempos que se escapan por las alcantarillas, y, detrás del mostrador, un camarero grueso con camisa blanca que miraba como si mi presencia no procediera en aquel lugar, como si allí ya no cupieran la poesía ni el tiempo de los poetas, como si Dylan Thomas hubiera sido el último mortal con derecho a beber y versificar:

Yo, nacido de carne y fantasma, no era ni

Fantasma ni hombre, sino espíritu mortal.

 Que los contrarios se miren de frente en el interior de la Poesía es casi un lugar común, que eso ocurra en los poemas del poeta galés parece una obligación: Eros y Tánatos pugnan por hacerse con un único espejo; Luz y Oscuridad se desean buenos días y buenas noches respectivamente sin llegar a encontrarse nunca; Ver modela arcillas imperfectas con pupilas perfectas, Cegar arroja pegotes informes sobre la abertura tierna del ojo; y Soledad y Aislamiento se retan agresivas sin preguntarse nunca si acaso no son idéntica condena.

Dylan Thomas poetiza desde la paradoja, inmerso totalmente en ella, y lo hace de la misma forma que el resto de los mortales vivimos alternando amor y odio, de la misma forma que intentamos conciliar lo imposible: vida y muerte.

Un tiempo en la carne y en el hueso

Es húmedo y seco; lo vital y lo difunto

Se mueven como dos fantasmas ante la mirada.

Hoy, pasados cerca de diez años, durante el día —esto es la Ficción—, cuando visto de normal y cotidiano, sé que no estuve allí, pero, al anochecer —la Verdad—, cuando se abren las puertas del delirio y empuja con fuerza la frustración, recuerdo que el reloj de la Taberna del Caballo Blanco, allí donde Dylan Thomas pudo escribir Amor, mi destino fue afortunado, marcaba la hora de la Poesía, ni un minuto más ni un minuto menos:

No temas al mundo en actividad, mortal mío,

No temas la insípida, sintética sangre,

Ni el corazón en los metálicos nervios,

No temas la andadura, la molienda seminal,

El gatillo y la guadaña, la cuchilla nupcial

Ni el pedernal en la maza del amante.

Manuel Cardeñas Aguirre, 11 de abril de 2019

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