HAZAÑAS BÉLICAS, Autora: Pilar García Gómez

 

I

Ha comenzado a nevar.

Me lavo los dientes, la cara, los brazos, el cuello, las orejas. Vuelvo a la habitación, recorro el pasillo, llego a la cocina. Me tomo un café. Abro el correo, nada digno de mención. Salgo a la calle. La nieve no cuaja. Muchas huellas de pies, montones de pisadas. Demasiadas. Además, la calle devora todo lo que entra en ella.

Dicen que habrá una guerra. Dicen que los invasores son una multitud. Dicen que la invasión está próxima. Dicen que nos van a aniquilar.

Me río.

Que se preparen, sean los que sean; tanto si son cientos, como si son millares. Si quieren guerra, la tendrán.

Entro en casa. Echo todos los cerrojos. Recorro las habitaciones asegurando ventanas y persianas. Vuelvo a mirar el correo por si se me ha pasado algo. Me acerco a la cocina. Matilde no está, pero sí la taza vacía de mi café.

—Matildeeeee. Matildeeeee. Ven, corre, nos tenemos que preparar. El ataque es inminente.

II

Continúa nevando.

—Pero ¿qué dices, Marcial? ¿Ya estamos otra vez con la tontería?

—Que no es tontería, Matilde. Mira, asómate. La nieve que cubre el césped está plagada de huellas.

Corro la cortina una pizca, lo suficiente para que mi mujer vea nuestro jardín sin que se note desde fuera. Está lleno de pisadas. Muchos pies. Parecen de perro, de gato, de niño, de adulto, de pájaro; pero yo sé que son del ejército camuflado tras distintos tipos de huella. Sigue nevando. Comienza a cuajar, pero no lo suficiente para que se deshagan las pisadas.

—¿Ves? Te dije que teníamos que poner una valla.

—Pues seríamos los únicos de la vecindad.

—Y qué más da, por lo menos estaríamos protegidos.

—Anda, que si de verdad hubiera una guerra, nos iba a proteger mucho una valla. ¿Te has tomado hoy la pastilla?

—Pues claro, Matilde. ¿Qué tiene, eso, que ver?

Matilde me deja solo. Es una inconsciente. Se marcha a recoger la cocina, como si no pasara nada.

En cualquier caso, como buen marido, soy yo quien la tiene que proteger. Y como militar veterano y experto es lo que voy a hacer. Ella lo único que haría sería estorbar.

Abro una rendija en la cortina y asomo solo un ojo. Uno solo. Ahora nieva más fuerte, como con rabia, como si el tiempo quisiera ponérselo difícil al invasor. Todo está blanco. Los copos han aumentado de tamaño, parecen plumas de cacatúa revoloteando. Tupen el aire e impiden ver, con claridad, la calle que transcurre más allá del jardín. ¿Será nieve? ¿Serán plumas? ¿O será algún producto que lanza el enemigo para burlar la vigilancia? No me extrañaría.

 La nevada solo permite vislumbrar un desfile de sombras avanzando en formación por las aceras con bultos en la espalda y armas de asalto entre las manos, también jeeps militares y carros de combate discurriendo lentamente por la calzada; todos en la misma dirección adentrándose hacia el centro del pueblo. La calle los devora, los engulle sin que nadie haga nada por detenerlos, la blancura los hace desaparecer según se alejan, pero van llegando muchos más. O, si no, llegarán.

Dicen que son tantos que nos van a invadir. Dicen que no va a quedar nadie para contarlo. En lo que a mí respecta, no lo voy a permitir.

La maldita taquicardia estalla en mi pecho y me empuja con violencia hacia el sótano.

Me visto a toda prisa el uniforme de combate que guardo en un armario desde mi jubilación, me pongo las botas, el casco, me ajusto la cartuchera  y cojo el fusil. Subo corriendo al salón. Abro una mínima rendija en la ventana y me preparo asomando solo el cañón.

—Matildeeeee. ¿Qué haces? Aléjate de las ventanas. Baja al sótano y enciérrate allí.

—Basta ya, Marcial. Tómate la pastilla y tranquilízate.

—Vaya, por fin apareces y, como siempre, llevándome la contraria. Pero ¿por qué hablas, ahora, por teléfono? ¿No tienes un momento mejor? Cuelga y baja al sótano. Date prisa, que ya están cerca.

—¡Ay, Dios mío! ¿Qué haces con la escopeta de perdigones? Mira Marcial, al final  vamos a tener un disgusto. ¿Por qué no te sientas un rato, te preparo una tila y esperamos que deje de nevar? Luego salimos a la calle para que veas que no pasa nada. Cariño, que es tu imaginación…

—Qué imaginación ni qué ocho cuartos. Míralos, están ahí. No me digas que no los ves —ahueco un poco la cortina y muestro a mi esposa el ejército invasor: los soldados distribuyéndose por la zona; unos rápidamente, algunos con más lentitud o cautela parapetándose tras los árboles, otros marchando a  cuatro patas  para esconderse tras los matorrales y los demás lanzando proyectiles a diestra y siniestra provocando explosiones en la nieve, volviendo el aire blanco, espeso, impenetrable—. ¿No ves que ya están atacando? ¿No ves cómo avanzan?

—Que no, mi vida. Son las ocho y media de la mañana. Todos los coches que ves  son de la gente que acude a su trabajo, autobuses, motos y viandantes. Y los que están armando tanto jaleo son los niños del barrio que, de camino al colegio, han montado una batalla campal, pero con bolas de nieve, tonto. Esa es la única guerra que hay.

III

Ha dejado de nevar.

Echo un último vistazo por la ventana. La nieve ya ha cuajado. Hay mucha nieve, montones, montañas. No queda nadie a la vista. Ni un alma. Las pisadas se han cubierto, ya no hay huellas. El suelo parece una sábana blanca desierta y silenciosa.

Me huele mal. Me huele a estrategia. Me huele a trampa.

No me lo pienso más. Acciono el gatillo. Disparo para sacarlos de su escondrijo. Apunto a los árboles, a los matorrales, a todos los bultos que alcanzo a ver.

Espero acodado junto a la ventana, con mi fusil preparado, por si acaso el enemigo inicia otra incursión.

No he tenido más remedio que reducir a Matilde. Ha sido inevitable. No sé qué le pasa últimamente, pero no es capaz de ver la realidad.

La mantengo a salvo maniatada y amordazada en una silla a mi lado; haciendo aspavientos con la cabeza para llamar mi atención, pero yo no me arredro por mucha pena que me dé. Mi obligación es protegerla y plantar cara al invasor.

Sigo oteando el frente. Sigo vigilando.

De repente suena una sirena que viene de lejos. Su canto se acerca sonando cada vez más fuerte, con estridencia, y aparece por la calle lanzando ráfagas amarillas  que tiñen el manto blanco. El coche se para y aparca a la entrada de mi jardín. Reconozco el vehículo. De él se apean dos soldados con el uniforme tan blanco como la nieve que van pisando. Son de los nuestros, no hay peligro. Intuyo que el ejército ha acabado con los invasores o los habrá hecho huir.

Llaman al timbre. Abro.

—A sus órdenes mi teniente —se cuadra uno de ellos—. Tenemos orden del coronel de escoltarle ante su presencia.

—De acuerdo caballeros, pues no le hagamos esperar. En cuanto suelte a mi esposa; la pobrecilla se ha puesto tan nerviosa durante el ataque que la he tenido que atar para que me dejara proceder a la defensa.

Doy un beso a Matilde.

—Adiós cariño, no me esperes para comer.

Pilar García Gómez

2 Comentarios

  1. Claro, conciso y real como la vida misma, pero hay que ver que mal estamos. Bien por la autora del relato y esperemos poder leer más en breve pues son entretenidos y amenos

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