EL PRESENTE DEL FUTURO. Isidoro López Braña

 

    Mis ropas captarán cada una de mis constantes vitales y el sistema sabrá cómo me siento y cuáles son mis más íntimos deseos. Cuando el sistema me despierte, a través del androide, me dará los buenos días y mis pensamientos serán dirigidos hacia un día de primavera. En ese día de primavera caminaré por un sendero que bordeará un río de aguas claras y que en su fluir emitirá un ruido armonioso. A mi derecha florecerán rosas, alelís, y todo tipo de flores con todo el arco iris de colores. Más allá, los árboles mecerán sus ramas con el viento suave que al rozarlas emitirá un sonido apaciguador. El sistema decidirá que ahora deberé tomar los alimentos que me permitirán un día activo sin que se alteren mis valores analíticos. El androide me ayudará a levantarme y me sentará en la silla deslizable que evitará los movimientos bruscos que pudieran dañar mis envejecidos huesos. Al tiempo me someterá a una serie de ejercicios que mantendrán el contenido adecuado de calcio de mis huesos y mis músculos en un tono adecuado.

    ―Hoy la temperatura exterior es de cuarenta y cinco grados centígrados y el aire transporta en suspensión partículas que dañarían sus pulmones. Los filtros permiten que esas partículas no penetren en la casa y la temperatura interior es de veintidós grados. ¿Le apetece que le lea las noticias más relevantes del día?

    ―Léemelas ―responderé a la voz seductora, tierna y femenina.

    El androide las leerá escogiendo las que no me incomoden ni me alteren, y siguiendo mis preferencias que conocerá a partir de mis vivencias pasadas. Hoy, como todos los días las noticias serán excelentes, sin conflictos y gobernará, como siempre, mi ideología.

    ―No, eso te haría daño.

   El sistema sabrá que en ese momento he pensado que lo que me apetecería sería tener ante mí un robot sexual de formas generosas en vez del pulpo con ruedas que tendré delante y que encima pretenderá limpiarme el culo.

    Para tranquilizarme sonará una suave música electrónica.

    ―Te leeré una de las novelas de tu juventud que tanto te gustan.

    Al mismo tiempo en mi mente se formarán las imágenes y se solidificarán las palabras que el androide irá leyendo. Y me refugiaré en emociones que serán hojas marchitas y secas de otros espacios olvidados.

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    No sé qué pasa. Hasta hace una hora mi presente transcurría inalterable y como me lo imaginé cuarenta años atrás. El sistema falla y no controla nada. El androide está muerto y no funciona nada de lo que va con electricidad, de hecho no tengo ni luz. ¡El frigorífico! Bueno espero que aguante hasta que vuelva la luz que seguro no tardará. Es la primera vez que todo se queda colgado. Hoy puedo aprovechar y hacer lo que el sistema me prohíbe. Primero voy a levantarme de la silla, irme a la calle y correr todos los riesgos que de estar activo el sistema me recordaría. Abro la puerta de la casa y uno tras otro los recuerdos de estos últimos años se quedan dentro al tiempo que cierro la puerta.

    No he sido yo sólo el que ha tenido esa idea. ¿Cuánto tiempo hace que no pisaba el suelo de esta ciudad? ¿Cuánto tiempo hace que no paseaba por estas calles luminosas cuya temperatura no es ni de lejos de cuarenta y cinco grados? Por los gestos todos andan tan despistados como yo, pero todos babeamos como niños pequeños.

    ―Hola vecino ―me saluda la vecina y por primera vez en mucho tiempo recibo un beso húmedo en la mejilla.

    ―Hacía tiempo que no nos veíamos ―respondo al mismo tiempo que me sorprendo al oír mi voz. Me resulta extraño oír mi voz para decir lo que pienso.

    Nos agarramos del brazo y emprendemos un paseo alegre por unas calles que no son tan siniestras ni tan tétricas como no las retrataba el sistema.

    ―Buenos días.

    ―Buenos días.

    ―Buenos días.

   El saludo se extiende entre todos los que nos hemos atrevido a salir de nuestro refugio. ¿Cuánto tiempo llevamos encerrados en un mundo ficticio creado por el sistema al que nosotros mismos le dimos el poder?

   De pronto recuerdo un día de mi juventud en que también una máquina falló, pero ahora no es sólo una máquina. Son todas y por primera vez en muchos años todos nos sentimos libres, aunque en realidad sepamos que no lo somos, que es una ilusión, pero ¡bendita ilusión!

    De pronto la electricidad se recupera y una niebla espesa, que se pega a la piel y a la garganta y que no nos permite ver ni nuestras propias manos, se extiende por la ciudad. Sentimos en nuestra cabeza que el sistema vuelve a la vida y nos insta a volver a casa. Nos avisa que una tormenta solar ha sido la responsable de la anomalía, pero que dentro de poco todas las líneas y las máquinas dependientes de él estarán operativas.

    En mi interior toma forma la idea de que el responsable de la niebla es el sistema, aunque esté al conocer mis pensamientos lo desmiente y nos advierte a los que aún no seguimos sus instrucciones que la niebla contiene partículas contaminantes altamente tóxicas.

   Sigo agarrado a la mano de mi vecina. Nos miramos y sonreímos. Los dos nos despojamos de nuestros vestidos que controlan todas nuestras constantes vitales. Desnudos nos perdemos en la niebla.

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