EN EL AIRE VERDE, Autora: Ana Sánchez Huéscar

 

 

La mujer que sufre

tiene el mundo entre las manos

pero no consigue darle forma.

El murmullo del barro

la cubre mansamente

y un lago se le derrama

en el aire verde.

 

Alumbra a sus hijos

y dentro de la sangre

brotan de nuevo

sus ojos de niña,

pestañas de cielo

sublimes en la luz.

Ve crecer una rosa,

es más, ella es la rosa,

es el tallo y sus espinas,

y mucho más,

es la raíz que bebe

esencias de nube

y amamanta el origen

del agua.

 

Es la mujer que

amará a otra mujer,

en silencio.

Que amará a otro hombre,

en silencio.

Y permanecerá quieta,

acurrucada en el recodo

de un pasadizo,

y el amor tomará

la forma lisa del silencio

en el aire verde.

 

¿Quién le ha robado

a la tierra su nombre?

¿Qué verdad despoja

de libertad a la belleza?

 

La mujer que sufre

vuelve del trabajo,

de la universidad,

de una fiesta,

y resulta violada

antes de llegar a casa.

Si la atenaza el miedo

y no se resiste,

si la desgarran por dentro,

tendrá que justificar

cada día

que la herida sangra,

que ella es la víctima,

que mueren las hadas

de los suburbios

cuando es de noche.

Cuando es de día.

 

Un abismo

puebla su boca

de hueco vacío

de nada

de ruido que sopla

y levanta palabras

y llena de rabia

la yerma cadencia

y es todo impotencia

y grita y grita

 sus quejas

que son diluidas

en el aire verde.

 

La mujer que sufre

soporta palizas

cuando sus labios

son demasiado rojos;

se siente anulada

porque es invisible

y un infierno lento

le traspasa el cuerpo

cada vez que intenta

cambiar lo establecido.

Ella anhela vivir

con todas sus fuerzas

en un bosque

donde la reina de los justos

sea una gacela libre.

 

Algunas veces

nota en su vientre

un susurro líquido

que calma la herida.

Una esperanza le huele

a jabón en el cuello

con la pureza

evanescente

de lo efímero.

Pero, qué pronto se

resquebraja el sueño…

la luz fragmentada

no se sostiene

cuando alguien la hiere.

 

La mujer que sufre

recorre el camino

que la separa de sí misma,

lleva una vida rasgando

sus rodillas de ninfa perdida

en lo oscuro del tiempo,

y tiembla y vomita

los excesos del amor

mientras duerme encogida

y transparente.

 

Desea que la acaricie

la música infinita del viento.

 

Una mujer

es un océano.

 

Es

 

una flor amarilla

en el aire verde.

 

Ana Sánchez Huéscar

 

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