SEMBLANZA DE UNA MUJER HERMOSA, Autor: Joaquín Pérez (Jocke)

 

 

                                                                                                  A mi madre.

 

Porfiria Sánchez Blancas nació un día de invierno en La Aurora, Estado de México. Para ser exactos, vino al mundo el 26 de febrero de 1932, cuando en esa zona de Cuautitlán -nombre náhuatl que significa “tu casa entre los árboles”-, funcionaba aún la Fábrica de Fibras Duras y Similares de la República Mexicana que, según se sabe, fue fundada en 1910 por un grupo de ingleses.

El área albergó durante muchos años a las familias de los obreros que ahí trabajaban y Porfiria vivió en ese lugar hasta que cumplió seis años, cuando su padre, José Sánchez, murió. José fue soldado del ejército de Porfirio Díaz y quizá por ello le puso Porfiria.

Su madre, Félix Blancas (Felicitas para los amigos), emigró como muchos a buscar suerte a la gran Ciudad de México. Era el sueño más recurrente por entonces. Aunque, hoy en día, toda esa región forma parte de la gran metrópoli. En aquellos tiempos, viajar a la ciudad representaba una buena excursión. Todavía existían los árboles, los ríos, la vegetación que separaba a la famosa urbe de los palacios de esos pueblos originarios del municipio.

Como la mayoría de las mujeres pobres de la época, sobre todo de las comunidades indígenas y campesinas del país, le tocó sobrevivir en duras condiciones. Al lado de su madre, y con el apoyo de la parentela más cercana, empezó la travesía por la Ciudad de México. Recuerda a su Tía Ventura y su Tío Braulio, quienes las recibieron en la colonia Obrera donde vivió hasta que terminó el tercer año de primaria, el máximo grado que alcanzaría en su niñez. Leer y escribir era una pequeña meta que entonces adquiría un valor enorme y en cierto modo era un privilegio para los más favorecidos en la escala social, ya que, aunque estaban en marcha muchos de los cambios que trajo la Revolución, éstos tardaron en consolidarse.

Porfiria mezcló tristezas y alegrías con el trabajo, unas veces en la Ciudad de México, otras en Cuautitlán, hasta que alcanzó algo de estabilidad en 1943, a la edad “madura“ de 11 años. Entonces consiguió trabajo en la fábrica de zacate La Blanca en Tlanepantla, otro municipio cercano a la Ciudad de México.

La estabilidad duró un año, ya que pronto, siguiendo a su madre que trabajaba en la limpieza, emigró otra vez a la gran ciudad. Cuando tenía entre 12 y 13 años, sirvió en una casa de la calle de Ámsterdam (en realidad avenida), cerca del Parque México. Una casa muy especial, frecuentada por el General Lázaro Cárdenas. El inmueble era administrado por dos hermanas, Gloria, que trabajaba en la policía y Graciela. Según me cuenta, los encuentros dejaban mucha basura. Colillas de cigarros Carmencitas y latas de angulas eran lo ordinario.

También combinó su trabajo como cuidadora de niños en una casa de la colonia Roma, donde vivió un ingeniero de apellido Medellín, así como en la casa del dentista Eduardo Morgenster.

El trabajo ha sido su motor. Otra de las actividades que realizó fue despachar pan en la panadería La Reforma que estaba ubicada en la colonia Guerrero. Según su gusto ahí se fabricaron los mejores cocoles y las más sabrosas teleras (panes muy tradicionales en México).

Junto al trabajo, el baile ha sido su mejor distracción y pasatiempo. Tuvo la suerte de bailar con Dámaso Pérez Prado, el rey del mambo, ya que era cliente asidua del salón Los Ángeles, lugar donde a veces acudió vestida de hombre para acompañar a sus amigas. Uno de los lugares que más recuerda por su afición al baile fue San Antonio Tultitlán, donde cada 13 de junio se celebra al patrono del lugar San Antonio de Padua, el “Santo de los novios”, festejo que, según la tradición, dura tres días.

Por novios nunca sufrió. Muchas de las cartas que intercambió con sus pretendientes fueron escritas por quien sería su esposo y compañero de vida. Él se las redactaba, porque “tenía muy bonita letra” y compartía con ella el sentido del humor. Se conocieron en la fábrica Redes S.A.

Se llamaba Joaquín, trabajaba como técnico en la caldera y le apodaban “Satanás”, quizá por su instinto anticlerical. Él la cortejó por mucho tiempo hasta que logró que lo aceptara. Las normas y convenciones los hicieron casarse por la Iglesia Católica. Porfiria recuerda que cuando el sacerdote intentó hacer que “Satanás se confesara”, él sólo le dijo: “Cuáles pecados, si no he matado, ni he robado. Quien tiene andado el camino, andado lo tiene”.

El cura se disgustó, pero las argucias diplomáticas de familiares y amigos, así como una generosa limosna, resolvieron el agravio. De esta manera los caminos andados se juntaron en uno solo que duró varios años y dio sus frutos. Fue la violencia endémica de la ciudad la que cortó de tajo el desarrollo de esta singular pareja, a mitad de la década de los setenta. Ella enviudó. No obstante, durante los años que vivieron juntos, y bajo la consigna de “donde come uno, comen dos”, la suma llegó hasta seis, formaron una gran familia.

Porfiria no es de muchas palabras, cumple a cabalidad su trabajo y lo que considera sus responsabilidades. Su tez clara conserva los rasgos mezclados de su origen indígena. Su cabello quebrado, negro en su juventud, ahora blanco, brilla radiante y grueso. No es alta, ni baja, esbelta o corpulenta, sólo confluye en ella el justo medio que reivindica su figura.

Con esa convicción clara que obtuvo de la experiencia, desempeñó cinco años como tesorera del sindicato de la empresa donde laboró y nunca faltó un solo peso. Cumplió con detenimiento sus obligaciones de trabajadora. Hizo guardia en las huelgas que fueron convocadas, marchó en favor de los derechos de ella y sus compañeros trabajadores. Participó activamente de las reivindicaciones laborales, pero al mismo tiempo, nunca fue enemiga de la empresa que la contrató, ni de la labor que ahí realizó.

Por el contrario, siempre desempeñó con destreza y calidad su trabajo como profesional. Aprendió de los cursos y las experiencias, tanto de personas nacionales como extranjeras, con estudios y sin ellos. Su desempeño fue de tal calidad que, una vez jubilada, la empresa la contrató como “maestra” para capacitar al personal nuevo. Actividad que desempeñó durante algún tiempo.

Sin embargo, con más de sesenta años cumplidos decidió que todavía era buen tiempo para culminar la educación primaria. Meta que cumplió y que pensó ampliar a la educación secundaria, pero una nueva tragedia de violencia le arrebató a uno de sus hijos y con ella se esfumaron las ganas de seguir sus estudios. Desde entonces, hasta la fecha, su objetivo ha sido ser feliz e intentar apoyar el desarrollo de sus cercanos.

Porfiria es una mujer tranquila, callada y muy tenaz. Desde pequeña aprendió que como mujer no podría hacer su voluntad sin contar primero con la independencia económica. Una vez que alcanzó este objetivo esencial, se transformó en una mujer administradora y ahorradora que fue logrando cada una de las cosas que se propuso.

Tuvo un compañero de vida, seis hijos, viajó por donde quiso. Construyó su vida paso a paso. Ha sido generosa con sus hijos y nietos a quienes sigue ayudando hasta la fecha. A sus 87 años camina erguida y con la mente intacta. La última vez que nos vimos por navidad me dijo riendo: “No está mal para una humilde obrera”.

A Porfiria yo la llamo “cabecita loca”. Mujer hermosa que tengo la fortuna de tener por madre.

Joaquín Pérez (Jocke).

Madrid, febrero de 2019.

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